Immortalis CAPÍTULO 34 #4
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CAPÍTULO 34 #4

—Tu capricho me salvó la vida —le corrigió—. Me diste un propósito cuando mi padre murió, ¿comprendes? Tu sola existencia prueba la realidad de los milagros, y eso era lo que yo necesitaba. Un milagro.

Cuando Dariy volvió a sonreír, sus labios ya habían empezado a recuperar la forma. Recorrió la suave curvatura de la mandíbula de Lenore con los dedos, mirándola con los ojos de siempre. Había cosas sencillamente inalterables y su mirada era una de ellas.

—¿Cómo puede algo tan vivo amar algo que está muerto? —murmuró, abstraído—. Me perdonaste los crímenes antes de saber que no eran míos.

Lenore cerró los ojos para entregarse a la caricia.

—Porque lo que siempre he sabido es que algo tan bello no puede ser nocivo.

—Al revés, Noor. Más que ningún otro don, la belleza plantea exigencias dolorosas.

Era la primera vez que la llamaba así. Quizá la última.

Algo dentro de ella le decía que a eso tendría que aferrarse el resto de sus días para recordarlo; a ese momento, a esas primeras y últimas palabras sinceras.

No le guardaría nunca rencor por haberse refugiado detrás de una pirámide de mentiras que le impediría acercarse a él.

Sabía que había realidades más grandes que ella y que esas realidades debían ser protegidas a cualquier precio.

Dariy y sus secretos lo eran. Más grandes que ella, más fuertes, más trascendentes.

Y no volvería a verlo, estaba segura.

Tarde o temprano, y sobre todo ahora que ya tenía pruebas de que Lenore se había repuesto, obraría su magia y desaparecería de Londres. Quizá desaparecería también del siglo XIX para disfrutar de las comodidades de algún futuro próximo, o para asistir horrorizado a ese apocalipsis previsto.

Pero a su lado ya no tenía lugar. Nunca lo había tenido.

Cuando Lenore abrió los ojos, descubrió que Dariy le estaba ofreciendo la piedra de luna.

—La olvidaste la otra noche y quiero que la guardes.

—¿Para que me guíe hacia ti?

Él sacudió la cabeza con gesto serio.

—Para que me recuerdes. Ahora que sé que existes, Lenore, siento que soy en parte mortal: moriré a través de tu olvido. Y dolerá —le prometió en voz baja—. Ya puedo anticiparlo.

Lenore aceptó la piedra y se la guardó en el bolsillo del vestido sin apartar la vista de él. Una parte de sí estaba inmersa en el dolor de la despedida, pero otra era muy consciente del fascinante milagro de su curación. Estaba recuperando los rasgos que tanto quería.

—Tu inmortalidad estará siempre a salvo conmigo.

—Soy un hombre afortunado, entonces.

Lenore le sonrió.

—¿No decías que no eras un hombre, sino un monstruo?

—Sí, pero tú decías que sentir amor y ser querido es lo que diferencia a los humanos de las bestias. Quizá, y a pesar de todo, soy un hombre. —Se encogió de hombros con una humildad conmovedora—. Un hombre cuyo cuerpo no puede morir, pero hombre a fin de cuentas.

—Pero que el hombre no pueda morir no significa que deba sufrir —señaló ella con un guiño cómplice—.

Lo siento, señor Vranitsky, pero mi alma de médico ya no puede seguir soportando la visión de esas quemaduras sin tratar.

Sé que va usted a curarse solo, pero de todos modos necesito ayudarle.

Iré en busca de una solución salina y gasas.

Aunque saltaba a la vista que no quería que le dejara solo, Dariy no se opuso a que desapareciera brevemente.

Tenía que haber advertido que a Lenore la estaban superando las emociones de la despedida, del hecho de que su unión hubiera estado condenada al fracaso y a la extinción antes incluso de consumarse, y le había concedido de buena gana unos momentos para reponerse.

Los necesitaba, esa era la verdad. Necesitó esos momentos para pegar la espalda a la pared irregular y húmeda del pasillo y abrazarse los hombros.

Necesitó cerrar los ojos con fuerza y soportar la oleada de angustia y pena como quien resistía una furiosa ventisca.

Si no le cedieron las rodillas fue porque se había propuesto permanecer compuesta hasta que todo hubiera acabado.

Solo cuando Dariy hubiera dejado de ser un hombre, una experiencia de carne y hueso, para convertirse en un recuerdo lejano, cedería con gusto a la autocompasión.

Se irguió inspirando hondo y caminó con seguridad hacia la sala principal de la comisaría para exigir los cuidados médicos que se le habían escamoteado al indefenso convicto.

Apostaba a que el doctor Winthrop, aun sin comprender del todo la razón de la supervivencia de Dariy, habría tenido la gentileza de dejar el bien surtido botiquín al alcance de su próxima visita.

Por traicionero que fuese, su juramento hipocrático abarcaba todas las edades, clases sociales y, en este caso, también razas.

No llegó a avanzar o expresar sus exigencias, sin embargo. Ya no eran dos agentes los que defendían el baluarte, sino tres, y fue la mirada grave del tercero la que la localizó antes.

Sus ojos verdes como flechas venenosas aterrizaron por casualidad sobre Lenore. Cuando ella ya se había estremecido por el odio que destilaban, la mirada de él reconoció de quién se trataba, quién era la esperanzada señorita de azul, y el desprecio se disolvió sustituido por la alegría.

—Lenore —jadeó Edward, sin voz—. Has vuelto.