Immortalis CAPÍTULO 34 #3
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CAPÍTULO 34 #3

Lenore tuvo que hacer de tripas corazón para no romper a llorar.

De su bella cara solo quedaba el recuerdo, si acaso la insinuación de los rasgos.

Las quemaduras de la zona mandibular eran tan agresivas que habían aflorado los músculos maxilofaciales.

Como una calavera, había perdido la punta de la nariz y el párpado de un ojo.

Lo que antes era piel se había convertido ahora en una pavesa de papel con los bordes aún ribeteados de fuego.

Casi todo el pelo se le había caído. Del cráneo salpicado de rosetones escarlata apenas brotaban un par de mechones deslucidos.

Lenore alargó una mano temblorosa hacia él. Temiendo hacerle daño, reprodujo el simulacro de una caricia en las zonas menos afectadas.

—¿Cómo se te ha ocurrido? —gimoteó ella—. Podrías haber evitado que te llevaran preso, por Dios. Se supone que duplicas las fuerzas del ser humano más fuerte, o al menos tienes el don de la persuasión. ¿Por qué no te defendiste cuando fueron a detenerte? ¿Por qué no los atacaste?

—No me habrías perdonado que perjudicara al inspector Whishaw.

Lenore odió no poder llevarle la contraria.

—¡Podrías haberte escondido, maldita sea!

—La cobardía no es mi estilo.

—¿Y la huida tampoco? Algo tan sencillo como desaparecer unos meses en otra ciudad... De seguro has recurrido a esa alternativa en otras ocasiones.

—Lo cierto es que nunca me he visto en una situación parecida. Y antes de marcharme necesitaba asegurarme de que el futuro no me había engañado y sobrevivías al contagio.

La ternura la instó a callar un momento y lamentar que los barrotes los separaran.

—No viniste a verme un solo día —le dijo sin acritud.

Cuanto más lo miraba a los ojos, menos le costaba ver al Dariy Vranitsky que la había fascinado cuando aún era un misterio asociado a la noche, antes incluso de revelar su rostro. Seguía ahí, desafiando los devenires de una lesión mortal regenerándose por segundos.

—Habría sido tu sentencia de muerte. Lo último que necesitabas era seguir exponiéndote a la bacteria. Juraría que te desmayaste en el cementerio porque se me ocurrió acercarme. Eso tuvo que ser lo que selló definitivamente el diagnóstico de muerte.

—Te dije que no me importaba morir.

—Y ahora te has dado cuenta de cuánto te equivocabas, ¿verdad? —preguntó con una ligera esperanza.

Lenore se mordió el labio.

Quería decirle que sí; lo que fuera que necesitase oír para sentirse aliviado, para dejar de sufrir por el ardor de las quemaduras y la humillación, pero la cruda verdad era que no estaba segura de haber aprendido la lección.

—¿No eres tú a quien he de agradecer mi supervivencia? —inquirió en su lugar.

—No. —Al intentar sonreír, sus labios formaron una mueca que quizá otro habría encontrado abominable, pero que a ella la colmó de cariño—. Es evidente que alguien más vela por ti, Lenore. Por suerte para los dos, es la clase de criatura que puede permitirse contradecir al destino.

—¿Y es esa criatura, asimismo, la que puede asesinar a cuatro personas inocentes y convencerte de atribuirte la responsabilidad?

—Hizo una pausa necesaria—. Mi hermana me ha asegurado que no fuiste tú quien mató a su marido, y no es el tipo de mujer que hace afirmaciones a la ligera.

Si lo dice, debe ser porque está convencida.

Porque tiene pruebas. —Volvió a dejar correr un silencio—.

Hay más, ¿no es cierto? Hay más aparte de ti.

Dariy no contestó, pero tampoco se apartó de la puerta. Dejó de cubrir los dedos de Lenore y le acarició la barbilla con el guante.

Divinos guantes que le habían salvado las manos.

—Es la primera vez que te veo vestida de un color que no es el negro.

Su cambio de tema no había sido el más sutil, pero Lenore le dio el gusto de no insistir. Aunque le temblaba el cuerpo entero y sus ánimos no eran los óptimos, hizo el esfuerzo de alejarse de las rejas para exhibir el vestido con una torpe reverencia.

—¿Te gusta?

—Ahora pareces tan joven como eres.

—¿Y eso es positivo?

Dariy suspiró.

—Confieso que tu edad me ha pasado desapercibida desde el principio.

Me distraían tu seguridad al hablar y al moverte, tu ambición; la facilidad hasta cierto punto temeraria que tienes para mostrarte vulnerable sin caer en el sentimentalismo.

Esas son virtudes que uno solo cultiva en los reinos de la adversidad, cuando lleva miles de años exponiéndose a los reveses de la vida con los brazos abiertos...

Pero los olvidos que, como el mío, nacen de la ceguera de la fascinación, no tienen perdón alguno.

La prueba de tus diecinueve años siempre ha estado ahí, ante mis ojos.

Exhibes la curiosidad y la valentía propias de la juventud que tienen algo de imprudencia y algo de ingenuidad. Aún eres una niña, Lenore.

—¿Qué tonterías dices? —se extrañó—. ¡Si ya debería llevar un año casada!

—En estos tiempos que te ha tocado nacer se supone que eres toda una mujer, sí...

, pero se equivocan. Aún eres una niña —repitió, más despacio—, y ese ha sido, además del origen de todos tus problemas, el motivo por el que no puedes solventarlos.

Tienes la edad de las preguntas, no de las respuestas, y vas a sufrir lo indecible en el proceso de encontrarlas.

Lenore se quedó callada antes de permitirse, por primera vez en años, un momento de autocompasión.

—¿Más de lo que ya he sufrido? —musitó.

Dariy le sostuvo la mirada con una sombra de arrepentimiento.

—Nunca debí permitir que el deseo de vengarme de tu padre te pusiera en el punto de mira.

Sobre todo porque hacerte daño dejó de ser mi propósito en cuanto hablaste conmigo la primera vez.

Tu franqueza me conmovió, esa es la verdad.

Lo que ha venido sucediendo después ha sido antinatural, y todos pagaremos por mi absurdo desafío.

Es mi naturaleza atormentar a las almas débiles, sí, pero la tuya es, además de frágil, inmensamente valiente.

Mi caprichosa venganza podría haberte costado la vida.

Lenore sacudió la cabeza y cubrió la mano de Dariy para contener su caricia.