CAPÍTULO 34 #2
Debía dar gracias al cielo, aun así —o a la naturaleza generosa de su hermana—, porque cejara en su empeño y la dejara ser reclinándose en el rincón del dormitorio.
Mientras se vestía, observó con el rabillo del ojo que la mayor tomaba asiento en el sillón, pálida como la tiza, y se cubría la cara con manos temblorosas.
Estuvo a punto de parar lo que estaba haciendo y pretendía hacer para arrodillarse ante ella y preguntarle si había ocurrido algo más.
Una parte de sí sospechaba que ni siquiera haber visto a su hermana pequeña a las puertas de la muerte podría haber derrumbado así a la segura de sí misma Isobel.
O quizá no, y simplemente había llegado al límite de su tolerancia.
No hacía ni una semana de la muerte de su marido; pocos meses del fallecimiento del doctor Nightingale, que, buen padre o no, buen hombre o no, seguía siendo su familia.
Isobel estaba librando batallas personales.
Lenore no sabía cómo hacerle ver que no tenía que apropiarse también las preocupaciones ajenas, ni mucho menos las suyas, que se adentraban en un terreno peligroso y desconocido que escapaba a su control.
Un vestido de muselina celeste más tarde, se arrodilló ante Isobel y la tomó de las manos.
Esperó a que ella le devolviera la mirada con los ojos llorosos para sonreírle.
—Gracias por velar por mí, Bells —le dijo. La emoción le entrecortó el aliento—. Sé que no siempre soy razonable...
—No lo eres nunca, de hecho —suspiró con resignación.
La sonrisa de Lenore adquirió un matiz nostálgico.
—Pero quiero que sepas que, por distraída que sea, tu afecto no me pasa desapercibido y nunca lo doy por sentado.
Sé, también, que tu preocupación nace de la mejor de las intenciones y que tiene una razón de ser muy comprensible; al final, una vez, no hace mucho tiempo, te necesité terriblemente.
Pero he cumplido diecinueve años. No soy una niña.
Y aunque no comulgues con mis motivaciones y prioridades, has de dejarme ser por la simple razón de que no soy tu responsabilidad.
Quiero que seas libre de mí, Bells. —Le estrechó la mano con cariño—.
Solo creceremos juntas y en armonía si aprendemos a respetar nuestros mutuos criterios por diferentes que sean; si nos zafamos de la idea equívoca de que debemos vigilarnos como si fuéramos malhechoras.
Ser diametralmente opuestas no significa que una esté en lo cierto y otra viva en el error.
Tenemos que comprendernos y amarnos sin pretender corregir nuestros mutuos defectos.
Había asumido su culpa porque no era ciega a sus equivocaciones.
Había sido dura e injusta con Isobel en el pasado.
Había pretendido que se interesara en sus mismas aficiones, que sacrificara un futuro matrimonial y una ajetreada vida en los salones con tal de permanecer junto a ella practicando disoluciones en el laboratorio, y como no había logrado persuadirla, la había desechado sin miramientos.
Se arrepentía de haber sido la causante de la brecha entre las dos y sabía que no podía solucionarla con una conversación precipitada, pero haber mirado a los ojos a la muerte la había despertado.
Se emplearía a fondo en su relación cuando hubiera resuelto los problemas vigentes. Por el momento, con dejar a Isobel a salvo en casa, serena y reflexionando, se daría por satisfecha.
Sin esperar una respuesta de su hermana, se incorporó y la despidió con una sonrisa esperanzada que sospechaba inapropiada para la coyuntura.
Salió de la casa con prisas, pero procurando no emitir sonido.
Imaginaba que Humbert y Theresa estarían en el dormitorio, hablando a puerta cerrada, o a lo mejor por fin habrían podido poner sus cuerpos a descansar.
Se sintió miserable por celebrar que no se diera un encuentro en las escaleras. Sabía que sus parientes ansiaban verla sana y consciente, pero también que le habrían impedido avanzar un paso más con el razonable pretexto de que no debía hacer sobreesfuerzos.
Como si el hecho de que hubiera sobrevivido no indicara de por sí que el reposo no había cambiado las tornas en su favor, sino un verdadero milagro.
Pensó con una sonrisa inquieta en lo ajena que siempre había sido la ciudad a la magia de las criaturas. Los barones en concreto tenían a Dariy Vranitsky a un número de distancia y no se habían percatado de que era un portal entre la vida y la muerte.
La sonrisa se le borró de la cara nada más salir a la intemperie y confirmar que el sol, enmarcado en el horizonte oeste, se deshacía en una bola de fuego.
Isobel había mencionado que lo habían arrancado de su casa durante la madrugada, pero ¿qué madrugada?
¿La que aún gobernaban las tinieblas o en la que dominaba la claridad?
Se estremeció de pensar que pudieran haberlo arrastrado calle abajo a pleno sol.
Apretó el paso para llegar cuanto antes; para llegar, a poder ser, con un día de antelación.
Y es que, si de ella hubiera dependido, se habría movido como el rayo para estar a su lado cuando aún era el pasado.
La lámpara azul de la Policía Metropolitana advertía de la función del edificio, cuyo sobrio ladrillo rojo destacaba frente a las viviendas adyacentes. Lenore empujó las pesadas puertas de madera sin dilación.
Nada más entrar, notó que la comisaría estaba peculiarmente vacía.
Tan solo la recibieron las miradas alarmadas de un par de jóvenes agentes.
Sus rostros eran la viva imagen de la culpabilidad.
Entendió, pues, que estaban reteniendo a Dariy allí en contra del deseo de su superior, quien de seguro no habría sido avisado de la detención.
—Señorita —balbuceó el más alto, un muchacho con el flequillo castaño y los ojos saltones—, no puede estar aquí.
—Por supuesto que puedo estar aquí. Las comisarías están al servicio de todo aquel que desee interponer una denuncia, y eso es lo que voy a hacer yo una vez se me conceda acceso a los calabozos. Tengo entendido que retienen al marqués de Volteran.
Los agentes intercambiaron una mirada incómoda. El más robusto, un rubio con gesto receloso, se adelantó un paso con el pulgar colgando de la cinturilla del pantalón.
—Me temo que no va a ser posible. No se permiten visitas.
Lenore soltó una carcajada que los descolocó a ambos.
—¿Saben quién sí me permitirá una visita?
El inspector jefe George Ulster. Resulta que vive a un par de manzanas, en el propio Hampstead Heath.
Por tarde que sea, apuesto a que me abre la puerta si le advierto de que sus dos aprendices de policía han dado un pequeño coup d’état en su preciada comisaría.
Como coreografiados, ambos palidecieron.
—Whishaw no está aquí —oyó que le decía el alto a su compañero en voz baja—. No tendremos que dar explicaciones si la entrevista de la señorita es breve.
—Pues en el caso de tener que darlas, serás tú el responsable —gruñó el otro—, porque yo no pienso prostituir mi beneplácito.
El agente castaño se estremeció, pero agachó la cabeza en señal de asentimiento.
Momentos más tarde, le hacía un gesto desganado a Lenore para que le acompañara pasillo a través.
Con el corazón en un puño por lo que pudiera encontrarse, lo siguió fijándose en el pésimo estado de las puertas de los calabozos, a cuál más agrietada por la humedad.
Al menos la luz exterior no incidía de forma directa gracias a las paredes de ladrillo enlucido y la ausencia de ventanas, lo que significaba que Dariy estaba a salvo.
El agente se detuvo ante la última celda y gesticuló con la cabeza.
—Solo diez minutos, señorita, o ambos nos las veremos en un severo aprieto.
O bien no se había acostumbrado todavía a los procedimientos policiales o bien Dariy le aterrorizaba, porque en vez de quedarse vigilando muy de cerca, como habría correspondido, rehízo sus pasos hasta desaparecer por el pasillo.
No subió las escaleras, o de lo contrario Lenore lo habría oído.
En el fondo agradeció que le diera intimidad.
Lenore se agarró a los barrotes del ventanuco de la puerta y se asomó. Si no hubiera sido por el titilar de un par de lamparillas, no habría localizado a la figura derrumbada sobre el único mobiliario, un banco de hierro fijo a la pared.
—Dariy —lo llamó con voz queda.
Él reaccionó con un respingo sutil y alzó la cabeza con vacilación.
Debía estar muy débil. No la había intuido a través de los sentidos antes de su llegada.
—Lenore... —musitó con una voz que no era suya.
Debía, también, tener las cuerdas vocales abrasadas.
Si el sol lo había dejado aún peor que como ella lo había encontrado, no quería ni imaginarse el diagnóstico que habría arrojado el doctor Winthrop. De seguro habría perdido el habla, el equilibrio y la conciencia durante las primeras horas.
Por suerte, ahora podía levantarse. Lo hizo con prudencia, a sabiendas de su propia debilidad, y se arrastró hacia la puerta agarrándose un brazo hasta que de pronto cambió de opinión.
—Preferiría que no me vieras así —confesó con la cabeza aún gacha, no por la vergüenza, sino como medida preventiva.
Lenore esbozó una sonrisa que pretendía ser jocosa, pero estaba alterada. Se le habían puesto blancos los nudillos de tanto aferrarse a los barrotes.
—¿Ahora le preocupa su imagen, señor Vranitsky? —ironizó con un esfuerzo de humor—. A pesar de sus batas de seda importada y sus impecables guantes de cuero, nunca le había tomado por un caballero presumido...
—Podría asustarte.
—¿Vuelves a subestimarme? ¿Acaso no he demostrado ya que no soy impresionable?
Debió convencerlo, porque tras un segundo de resistencia en el que Lenore olvidó respirar, retomó el camino. Rodeó los barrotes con esos mismos guantes, cubriendo los dedos calientes de Lenore, y alzó la vista hacia ella.
Dudaba que se hubiera visto en un espejo, pero tenía que saber muy bien qué efectos producía el contacto directo con el sol, pues no había exagerado.