Immortalis CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

Lenore volvió en sí con la sensación de haber emergido de aguas tranquilas.

Le habría gustado acordarse de su propio nacimiento.

Estaba segura de que su regreso a la vida, porque sin duda había estado en los páramos de la muerte, había sido una experiencia muy similar a la del alumbramiento.

No tenía la boca pastosa, ni la cabeza embotada, ni dolor en las articulaciones que no había estirado en días.

Aquello no era el torpe despertar de una siesta tardía, y entonces comprendió que no había sobrevivido por capricho del azar o gracias a la medicina.

Había magia involucrada.

O quizá el hijo de la muerte, su único mediador, había intercedido por ella para salvarla.

—Dariy —fue lo primero que dijo al despertar.

Coleccionaba imágenes borrosas del período de infección. Recordaba que el pecho se le había bloqueado y la fiebre la había dejado tiritando.

Cabía esperar que tras un contagio de estas características manifestara secuelas aun durante la recuperación, pero se sentía viva y con una energía inusitada.

Trató de hacer memoria por si acaso le habían transmitido alguna información importante a lo largo de la convalecencia.

Solo recordaba ráfagas de su conversación con el doctor Winthrop.

Se le había olvidado el motivo de que el médico dejara el instrumental a un lado y se inclinara a escucharla, pero sí podía evocar con meridiana claridad la expresión solemne con la que había atendido sus... ¿reproches? ¿Peticiones?

¿De qué podría haber hablado con el médico que le hubiera inspirado a mirarla de esa manera?

¿Y dónde estaba Edward? ¿Por qué no lo encontró a su lado?

—¡Dios mío, Noor!

Lenore se sobresaltó. Su hermana se había despertado al poco de que lo hiciera ella, como si estuvieran conectadas a un nivel extrasensorial.

A juzgar por su postura, habría pasado días arrodillada junto a la cama, durmiendo con los brazos cruzados sobre la colcha y la cabeza justo encima.

Despeinada, pálida y con los ojos vidriosos, lejos de parecer una enferma, estaba incluso más bella si cabía.

Era en la adversidad cuando Isobel florecía y exhibía su exuberante fortaleza de carácter.

Fue Lenore la que extendió los brazos para invitarla a acurrucarse. Un gimoteo entre histérico y aliviado brotó de los labios de Isobel. Temblorosa y entumecida por el dolor muscular, tardó más de lo que le habría gustado en cobijarse en su abrazo.

Lenore sonrió como una madre afectuosa y le acarició los mechones negros que se le habían soltado del recogido. La primogénita temblaba por el sobreesfuerzo de mantener el llanto a raya, pero la debilidad terminó venciéndola y rompió a llorar aferrada a ella con desesperación.

—Por un instante pensé que no vivirías —sollozaba con un hilo de voz—. Que me habías dejado sola.

Lenore se conmovió hasta las lágrimas.

Hacía años que no veía ese lado vulnerable de Isobel, empecinada como estaba en erguirse por encima —o al menos a la altura— de toda coyuntura.

Solo había llorado así en una ocasión previa, y a escondidas de la familia: cuando falleció su madre.

Para cuando la enfermedad arrastró al doctor Nightingale y, a posteriori, la fatalidad la dejó viuda, Isobel ya había sido vaciada de emoción.

O eso había creído Lenore.

Una parte de sí observaba con incredulidad su acceso emocional, del que la había creído incapaz hasta ese momento. Se tuvo que tragar el nudo de la garganta y seguir frotándole la espalda.

¿Ella, abandonar a su hermana? Qué tontería, pensó.

Incluso si eran distintas como el día y la noche y la mayor parte del tiempo no se entendían, y aunque los roles de perseguidora y perseguida, de policía y ladrona, hubieran intentado desvirtuar la pureza de su vínculo, Isobel había sido y continuaría siendo de por vida la razón de que Lenore saliera adelante.

Muchos creían que su vocación la había salvado, pero no era cierto. El amor incondicional de Isobel fue lo que la convenció de superar la melancolía, y podría haberla vuelto a persuadir de sobrevivir días atrás si en pleno estado febril no hubiese perdido la conciencia.

—No te mentiré diciendo que yo también lo creía, porque algo me decía que superaría la enfermedad —admitió con serenidad.

Alejó a Isobel por los hombros muy despacio, sin llegar a separarla del todo—, pero no sabía cómo.

Sigo sin saberlo. Si tú no te has apartado de mi lado en estos días, has debido de presenciar el milagro...

o a quien lo hiciera posible. —Hizo una pausa para recomponerse tras el momento de debilidad—. Fue Dariy, ¿verdad?

Isobel fue quien terminó de retirarse del todo para mirarla con gesto sombrío. Así fue como Lenore comprendió que, sin haberle mencionado el nombre del homo immortalis , su hermana había terminado averiguándolo.

¿O lo habría leído en el cuaderno de notas de su padre?

—Acabas de esquivar la muerte por los pelos, ¿y ya estás pensando en él?

No, Lenore —anunció con voz queda. Se estaba esforzando para que no se le escapara el genio—, no solo no has sobrevivido por su gracia e intervención, sino que no tuvo la gentileza de hacerte una visita ninguno de los tres críticos días.

Y es cada vez más evidente que es el responsable de tu situación.

Lenore sacudió la cabeza con dulzura.

—Dariy nunca ha pretendido hacerme daño. —La tomó de las manos y se las estrechó—. Te ruego que no arremetas contra él, especialmente en el nombre de mi bienestar. Sabes bien quién y cómo soy, y que tiendo a meterme de muy buena gana en situaciones que me sobrepasan.

—No lo protejas —le advirtió Isobel con una mirada de acero—. También sé muy bien quién es él. O, mejor dicho, qué es.

Por supuesto. Su hermana estaba allí cuando Lenore merodeaba por el sótano del doctor.

El corazón se le aceleró.

—No habrás contado su secreto, ¿verdad?

Isobel seguía apretando los labios con impotencia. No pudo sostener la angustia de la pequeña, tampoco la propia culpabilidad, y agachó la cabeza.

—Creía que era el asesino de Percy —se justificó con un murmullo. Le temblaba la voz—. Y aunque no lo hubiera sido, Lenore, a punto ha estado de cavar tu tumba. Pensaba que lo tenía merecido.

Sintió el injusto impulso de zarandearla por los hombros, pero el sentido común la contuvo a tiempo.

Su marido había sido una de las víctimas, por el amor de Dios.

Por supuesto que tenía derecho a revelar la condición sobrehumana de Dariy, a contactar a la Policía Metropolitana e incluso a tomar represalias por su cuenta.

Isobel solo era mujer del mismo modo que Edward solo era un hombre.

No podía exigirles la incondicionalidad y la fascinación que sentía ella por lo inescrutable, y sí compadecerse de sus razonables temores.

Inspiró hondo para serenarse y, sin soltar la mano de su hermana, preguntó con suavidad:

—¿Qué has hecho?

Ella la miró con los ojos cuajados de lágrimas.

—Informé a Edward de todo cuanto sabía, los hechos fehacientes, mis sospechas y teorías, y...

—Se mordió el labio—. Debo admitir que lo hice aun estando al tanto de tus sentimientos hacia él.

Era consciente de que te decepcionaría, de que podrías llegar a odiarme por lo que entenderías como una traición, pero eran tu estado mental y tu futuro lo que estaba en juego.

Sé que lo que hizo padre con esa criatura no es de Dios —continuó.

Había estallado en llanto, y Lenore casi lo hizo también—.

Me estremezco si pienso en las aberraciones que describió con total impunidad sobre quien entonces era todavía inocente...

, que no humano, porque nadie que se precie de llamarse como tal se vengaría de la maldad de un solo hombre arrastrando a otros tantos libres de culpa consigo.

Eso pensaba... —su voz se fue apagando—, pero me equivocaba.

—¿Qué quieres decir?

Isobel la miró a los ojos.

—Sé que el señor Vranitsky no es responsable de mi viudedad, y aunque creo que toda criatura anormal que pueda suponer una amenaza para nuestra raza debe ser... —vaciló— apartada de la sociedad, temo por lo que haya sido de él a causa de mi testimonio.

Lenore la agarró de los hombros.

—¿Qué ha pasado, Bells?

—La Policía Metropolitana lo arrestó esta madrugada.

Lo retienen en el calabozo de la comisaría de Rosslyn Hill a la espera de que anochezca para trasladarlo a un lugar más seguro para la ciudadanía.

Edward vino a verte fuera de sí una vez consumada la detención y me trasladó la noticia.

Por lo que sé, también el doctor Winthrop se ha involucrado... ¿A dónde vas?

Lenore se había levantado de un brinco de la cama. Se dirigió con paso militar al guardarropa y sacó unas prendas al azar que fue arrojando sobre la cama.

—Tú lo has dicho. A Rosslyn Hill. Ayúdame —le pidió mientras se sacaba el camisón de un movimiento—.

Supongo que los criados se han deshecho de todos mis vestidos negros por miedo a que hubiera fluidos contagiosos.

Suerte que la comisaría queda a un paseo a pie y serán pocos los que juzguen que me haya pasado tan rápido al medio luto.

—¿Has perdido el juicio? Lenore, ¿es que no entiendes que ese hombre... esa criatura... va a suponer tu sentencia de muerte? ¡La policía te pondrá en su punto de mira si te resistes a colaborar y, para colmo, delatas dónde están tus lealtades con...!

La pequeña la calló arrojándole una mirada determinada.

—Estás muy equivocada, Isobel. No soy la víctima de la situación.

Nunca lo he sido. De hecho, soy la única razón por la que Dariy se ha visto privado de su libertad.

Puedes ayudarme para que vaya lo antes posible e intente hacer justicia o puedes guardar silencio, pero no conseguirás detenerme por más que te empeñes.

Dudaba que Isobel hubiera enmudecido porque encontrara lógico o siquiera respetable su planteamiento. Por desgracia, no tenía tiempo para sentarse a convencerla. Y, además, sabía que era de entrada una causa perdida.