CAPÍTULO 33 #4
En el caso de apetecerle, Dariy podría deshacerse de los inexpertos jovencitos que lo sujetaban como un niño su juguete preferido; si su condición sobrenatural no le había otorgado una fuerza extrema, la poseería de todos modos gracias a su complexión física.
Aunque eran más o menos igual de altos y Edward le superaba en anchura y desarrollo muscular, era fácil sentirse pequeño e insignificante a su lado, no tanto por su presencia, sino por su serenidad.
Edward estaría siempre en desventaja respecto a él porque no podía controlar sus emociones.
Dariy, en cambio, gobernaba sobre ellas sin recurrir a tiránicos sometimientos.
Era monarca pacífico en el reino de sus pensamientos.
—En comisaría habrá de responder a unas cuantas preguntas —le informó en tanto que salían de la mansión—, pero quiero la exclusiva, Vranitsky. Quiero que me diga por qué mató a cada una de las víctimas.
Dariy no apartó la vista del frente. Tuvo la sensación de que se orientaba con facilidad pasillo a través porque tenía memorizado el mapa del mundo.
—A Jane Mansfield porque descubrió mi secreto.
Había estado pegando la oreja a la puerta equivocada cuando se me ocurrió hablar de mí mismo —empezó a enumerar con voz neutra—.
Al señor Paulson porque pidió la mano de Lenore esa misma noche y el barón Fellowes se la entregó sin consultar, y esto habría desembocado en una situación injusta e irreversible para ella.
Al doctor Barnes porque su buen amigo Winthrop estaba metiendo las narices en una investigación que no le concernía.
Se me ocurrió que sería más contundente, así como compasivo con él, hacerle una pequeña advertencia a través de su compañero de gremio en vez de matarlo directamente.
Y al señor Bainbridge porque alejar a Isobel de su hermana pequeña se había convertido en su única misión en la vida.
—Entonces ni una sola motivación coincidía con la anterior —murmuró Edward.
Dariy le lanzó una mirada burlona.
—Seguro que ha oído hablar del carácter caprichoso de los... seres como yo. Y cuando el hambre aprieta, inspector Whishaw, es difícil contenerse.
Con el estómago revuelto por la confesión, Edward bajó las escaleras hacia la acera y alzó la vista al cielo despejado. El sol permanecía más o menos eclipsado por un cúmulo de nubes blancas, pero de todos modos derramaba su luz apagada sobre el moderno empedrado.
Viendo que los agentes demoraban en seguirlo, Edward les lanzó una mirada seria y los apremió. Ellos tuvieron que tirar con todas sus fuerzas para convencer a Dariy de abandonar el refugio de la oscuridad: le vio agachar la cabeza y encogerse sobre sí mismo para bajar la escalinata a toda prisa.
No comprendió el porqué de sus reticencias hasta que le oyó gimotear débilmente a medio camino.
Edward se giró con toda la intención de aplicarle un castigo físico si se resistía, y cuál no fue su sorpresa al fijarse en que temblaba con violencia. Un humo grisáceo con olor a chamuscado manaba de su cuerpo, como si acabara de emerger de la sauna. O, más bien, de una fuente de lava.
Dariy elevó la barbilla para que Edward descubriera con horror las quemaduras que le habían desfigurado la cara en cuestión de segundos.
—¡Santo Dios! —gritó Aldridge.
Soltó de inmediato al marqués y retrocedió, espantado. Collins hizo lo mismo y huyó hacia el lateral cubriéndose la boca. Era tan aprensivo que sufrió graves arcadas.
Edward se quedó rígido en el sitio.
Así que el enemigo de Dariy era la claridad del día. Por lo que veía, no era un peligro menor para él. De seguro no lo mataría, pero lo debilitaba tanto que no podía ni ponerse a resguardo. Estaba en una situación de vulnerabilidad total.
Aunque horrorizaba presenciar semejante tortura y él mismo sufrió en sus carnes el dolor de las quemaduras, no hizo nada por prestarle su ayuda.
Pensaba en los días que Lenore había pasado postrada en una cama, en la posibilidad de que muriera a los tiernos diecinueve años por el capricho de Vranitsky de exponerla a su letalidad.
Pensaba en las víctimas que había tratado personalmente con regularidad, el bondadoso doctor Barnes y el no menos agradable Percival, y la impotencia no hacía sino agudizar su deseo de verlo sufrir.
Nunca había encontrado paz o placer en la venganza, pero Edward era paladín de los rencores que jamás se apagaban.
Contemplar aquel espectáculo de carne quemada le produjo una satisfacción incomparable.
Así fue como descubrió que todo dolor que pudiera infligirle al responsable del dolor de Lenore le sabría a poco.
Dariy no pudo soportar más el influjo del sol y, temblando, cayó sobre las rodillas.
Fue a apoyar las manos sobre la acera, pero tenía las palmas surcadas de pompas purulentas y al final solo se derrumbó hacia delante.
La luz había menguado su tamaño y se asemejaba ahora a un niño famélico con los muslos igual de anchos que las pantorrillas.
Aun de perfil y con el pelo cubriéndole lo que quedaba de sus hermosas facciones, se intuía el aspecto cadavérico de un rostro que momentos antes había carecido de rival.
No era un hombre ya, parecía una calavera.
Edward no podía apartar la mirada de él del mismo modo que no podría haber dejado de admirar los destrozos de un accidente, salvo que en este caso no lo motivaba el morbo, sino el deseo de averiguar hasta dónde llegaba la tortura.
Al final, si el sol lo mataba, no podrían atribuirle a él la responsabilidad.