Immortalis CAPÍTULO 33 #3
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CAPÍTULO 33 #3

—Desde luego que merecería pasar el resto de sus días entre rejas por abusar de la confianza de una mujer inocente; por aprovecharse de la fragilidad de su estado mental para inducirla a echar por la borda su honra y sus oportunidades de futuro, ya que me ha parecido entender que no pretende hacerse cargo de ella...

, pero por ser un canalla aún no se va a la cárcel, Vranitsky.

Asesinar a cuatro víctimas, en cambio, se paga con la horca.

Dariy sonrió como si encontrara divertida la idea de morir con la soga al cuello. Edward creyó entender por qué. Su condición inmortal serviría de escudo contra toda sentencia de muerte.

Había preferido centrarse en los hechos objetivos del asunto, los que no por acogerse al sentido común o ser más mundanos eran menos escalofriantes —Vranitsky había matado, Vranitsky le había robado el amor de Lenore—, pero tarde o temprano habría de enfrentarse a la realidad que desafiaba verdades universales.

Dariy no estaba vivo.

—Debería pagarse con la horca, también, que se describiera el estado mental de Lenore como frágil cuando es la única entre todos nosotros a la que no enajenan los celos, el ego y el codicioso deseo de poseer lo que debería quererse libre —continuó con la mirada fija en su oponente—; la única que sabe amar las cosas por lo que son, no por su potencial o por la idea imprecisa, absurdamente equívoca y por eso mismo amoral que uno proyecta sobre ellas.

Edward interpretó que juzgaba su manera de ver y querer a Lenore y lo odió más si cabía.

—Para apreciarla tanto como parece, no le he visto recorrer Londres en busca de un médico que pueda curarla.

Asumo que si no la ha visitado para presentar sus respetos es porque le pesaba más la posibilidad de tropezar con un agente de la ley que el no volver a verla consciente.

—Edward echó todo el peso sobre las manos para inclinarse hacia delante, como si así pudiera intimidarlo—.

Si tan solo hubiera sido usted un caballero, Vranitsky, si hubiese sido digno de ella cortejándola como Dios manda, estando ahí donde se le hubiera requerido, yo no habría podido oponerme.

—¿Ahora también se miente a sí mismo? Debe de ser terrible tener que vivir aparentando una altura moral a la que ni los mismos santos pueden aspirar, inspector Whishaw. Los dos sabemos que, si pudiera, me mataría, pero como no puede, va a detenerme para al menos apartarme de su vista.

«¿De la mía o de la de Lenore?», podría haber preguntado si no hubiera sabido la respuesta.

—No ha negado su implicación en los asesinatos.

—No, no la he negado —contestó sin inmutarse.

—Tampoco ha negado mi primera acusación: no pretende ni ha pretendido nunca hacerse cargo de Lenore poniendo un anillo en su dedo.

—Jamás he pretendido permanecer a su lado, no. Es usted un pozo de sabiduría inagotable.

Si bien aquello debería haberle aliviado, pues lo desmarcaba como rival, Edward se ofendió en el nombre de la joven.

—Ni ha pretendido conocerla, por lo que he observado en su valoración de las circunstancias.

Lenore es temeraria y firme en sus determinaciones, sí, pero no ajena a los celos ni al ego y, como el resto de nosotros, cae en la trampa de amar las cosas y a los demás con la esperanza de que o bien le revelen una verdad universal o bien la experiencia le resulte transformadora.

¿De veras cree que ella le ama de corazón?

Se ha aferrado al concepto que usted abarca porque representa el destino al que la condujeron las últimas palabras de su padre, y probablemente le ha entregado su cuerpo porque...

—la voz se le entrecortó, atravesada por el dolor de la revelación— porque su deseo nunca ha dejado de ser reunirse con sus padres y veía en su carne la vía ideal de extinción.

Cuando uno ama de verdad, busca la mutua supervivencia porque la vida se le enciende, señor Vranitsky, no sucumbe a ideas de autodestrucción.

Dariy le sostenía la mirada en la distancia.

—Siempre he encontrado fascinante la habilidad para contradecirse de los mortales. Si tan convencido está de que no soy bueno para ella, inspector Whishaw, ¿por qué ha irrumpido reprochándome que no le hiciera una visita, que no pidiera su mano?

—Porque estoy seguro de que a ella le habría gustado verle durante su convalecencia y no hay anhelo de Lenore que yo no me esfuerce por satisfacer.

Por desgracia, usted, en todo su esplendor egoísta, ha abusado de la curiosidad de una mujer vulnerable para nada.

La ha enviado de vuelta a la melancolía por capricho.

Y tenía que saberlo —recalcó—. Usted tenía que saber que estaba relacionándose con una joven abrumada por la pérdida.

Una que habría hecho cualquier cosa para darle una respuesta o explicación a su dolor.

—¿Y usted no se ha servido lo que ha querido, acaso?

Edward se irguió con una larga inspiración.

—Yo nunca he pretendido ser una etapa breve en su vida. Y si me he equivocado a lo largo del camino, estaré ahí, en el futuro, para recibir sus recriminaciones y redimirla como me exija.

Quería decirle mucho más. Hundirlo en reproches cargados de despecho femenino, los que Lenore no le dirigiría ni siquiera si llegara a saber que Dariy nunca había pretendido estar con ella.

Habría pasado el resto de sus días allí sentado, alternando protestas con preguntas cuya respuesta le partiría el corazón: cómo había llegado él a la señorita Nightingale, por qué no se había buscado otra víctima, en qué momento se había desarrollado su romance, e incluso si creía que alguna vez ella lo olvidaría o Edward tendría que vivir bajo su prolongada sombra durante el resto de sus días.

Pero no volvió a abrir la boca porque los agentes seguían allí, contemplando la escena, y porque no había ido a detenerlo por razones personales.

Dariy tampoco habló. Dejó correr un silencio cómodo. El que solía instalarse, cómplice, entre dos viejos amigos. No lo rompió hasta que él y no Edward hubo tomado una decisión.

—Es un alivio saber que la dejo en buenas manos. —Se puso en pie muy despacio, más para evitar que chirriasen las patas de la silla que porque quisiera seguir prorrogando el momento. Le ofreció las muñecas en un gesto humilde—. Haga lo que tenga que hacer.

Edward no se movió del sitio.

Había lidiado con unos cuantos ladrones y asesinos, la mayoría de poca monta, a lo largo de su carrera policial, pero ninguno se había condenado a sí mismo con apatía.

Parecía que hubiera asimilado el alcance de su propia maldad hasta tal punto que ya ni recordaba sus crímenes, y de ahí que pudiera hablar de su futuro encierro con impunidad e indiferencia.

Fueron Collins y Aldridge quienes, en un despliegue de valentía que en otro momento el inspector les habría aplaudido, cruzaron el comedor para esposar al ser inmortal.

Ser inmortal, recordó Edward.

Si Isobel no se equivocaba y nadie había perdido el juicio después de tanta muerte y tragedia, Dariy Vranitsky era miembro único de una raza sobrenatural y altamente peligrosa.

Porque si en algo se parecía a las criaturas hambrientas de sangre sobre las que había leído, su carácter sería traicionero y convendría no fiarse de su en teoría apacible rendición.

Sin embargo, por más que vigilaba con escrúpulo su expresión solemne, no intuía en él ni el regocijo del plan secreto que pronto pondría en marcha ni la sed de venganza. Aunque le hubiera llevado la contraria durante la conversación, estaba de acuerdo con que lo prendieran.

Edward se levantó en cuanto los agentes pasaron por su lado con el marqués apresado.