CAPÍTULO 33 #2
A veces pensaba que el verdadero propósito de la policía era defender el orden jerárquico a toda costa, no aplicar leyes iguales para todos.
Edward había estudiado y desempeñado su trabajo bajo las mismas condiciones que Mandeville, pero era algo menos obediente y, sobre todo, impartir justicia se había convertido en su prioridad.
Así pues, regresó a su carruaje y pidió que pusieran rumbo a la calle Rosslyn Hill, donde estaba la comisaría de referencia de Hampstead Heath.
Si tenía que mentir y sobornar al prójimo para esposar esa misma madrugada al marqués de Volteran, lo haría.
Y si aquella era su última misión con la placa de la Policía Metropolitana en el bolsillo, si luego lo inhabilitaban y procesaban por haber obrado por cuenta propia, al menos podría decir que había hecho lo correcto: actuar en los intereses de la sociedad y vengar a Lenore Nightingale.
En la comisaría de Rosslyn Hill encontró exactamente lo que había ido buscando: un par de agentes jóvenes que todavía se dejaban impresionar por los rangos superiores, en especial si el inspector adjunto en cuestión venía de la comisaría que había estudiado los crímenes de Jack el Destripador.
El agente Collins y el agente Aldridge habían sido víctima de los abusos de autoridad que tan normalizados estaban en las comisarías.
Por ser recién llegados a la Policía Metropolitana, sus compañeros veteranos les habían endilgado la guardia nocturna.
Edward apareció allí con una sonrisa carismática, se presentó dando sendos apretones de manos y a continuación explicó que el estudio de un caso con repercusión en toda la capital le había llevado a Hampstead Heath.
Como el responsable vivía alejado del distrito H.
y se trataba, además, de un individuo demasiado importante para movilizar a la división de Whitechapel hasta la otra punta de la ciudad —con el riesgo de que se corriera la voz—, habían mandado a Edward a solicitar la ayuda de los profesionales de Rosslyn Hill.
Los agentes se lo creyeron sin dudar, orgullosos en parte de que se requiriera su actuación.
Con una disposición ciega, de seguro motivada por el aburrimiento de servir en un barrio donde nunca ocurría nada, se apresuraron a armarse con sus garrotes.
Lo siguieron a pie hasta la mansión gótica donde Theresa le había indicado que vivía el sospechoso.
Por supuesto, los jóvenes agentes habían oído hablar de Vranitsky y, al igual que Edward, opinaban que era un tipo excéntrico con rutinas sospechosas.
Si era cierto que solo salía de noche, lo encontraría allí dentro, a salvo de las primeras luces del alba.
La claridad que precedía a la mañana había empezado a revelar la forma de las cosas cuando Edward llamó a la puerta con los puños.
Lo hizo una, dos y hasta tres veces, con más y más impaciencia, hasta que comprendió que el acusado no se lo pondría fácil.
Aquella no era la clase de puerta que pudiera tirarse abajo a base de empellones; por suerte, Edward había acudido preparado y un tiro certero hizo que la cerradura cediera.
Entrar a la mansión lo transportó a otro tiempo.
El propietario había mantenido la casa tal y como la habían abandonado sus primeros habitantes.
Tenía aspecto de castillo medieval y, a la vez, de catedral gótica.
Si no hubiera sido por los candelabros situados en puntos estratégicos del pasillo, casi se diría que prendidos para indicar a los intrusos el camino hasta el matadero, las sombras lo habrían devorado todo.
Edward estaba acostumbrado a moverse por los callejones a los que no había llegado el alumbrado público o que funcionaba en función de sus caprichos.
Sabía, también, que había varios tipos de oscuridad, y que aquella en la que se refugiaban los criminales era particularmente tenebrosa.
Pero las tinieblas por las que tuvo que conducir a los intimidados Collins y Aldridge eran de otra índole; de otro mundo, incluso.
No resultaban aterradoras por su relación con la criminalidad, sino por su carácter sobrenatural.
Caminando por aquella negrura abisal se sintió flotando en un agujero del espacio donde no había ni estrellas ni oxígeno, solo la amenaza de la nada.
Sus pasos lo guiaron hasta el comedor. Obedeciendo el diseño gótico, se trataba de un espacio amplio y con techos altos.
Una larga mesa rectangular estrechaba el centro.
Dos sillas tapizadas en terciopelo verde oscuro la encabezaban, una de ellas vacía, otra ocupada por una presencia monumental pese a su aspecto demacrado.
Sin la gabardina y los guantes parecía otro, pensó Edward con el aliento contenido.
Con el disfraz de caballero podía disimular su letalidad, domarla para parecer solo intimidante —como todo noble de altura moral— en lugar de peligroso.
En mangas de camisa, casi derrumbado sobre la mesa y con el cabello liso cubriéndole el rostro no resultaba menos inquietante.
Vio en él un desvalimiento del que convenía resguardarse: el de una bestia herida y enjaulada que atacaría en un momento imprevisto.
Inmóvil bajo el umbral, Edward inspiró hondo.
El desprecio le había torcido la boca en una mueca.
No había esperado que el solo hecho de hallarse en su presencia lo llenara de odio. Ni siquiera había tenido tiempo de imaginarlo entre sábanas con Lenore: lo había visto y una recóndita parte de sí, sin necesidad de argumentaciones, lo había declarado su enemigo.
—¿Por qué no toma asiento, inspector Whishaw? —oyó que le decía.
Edward se estiró como si le hubiera dirigido una acusación injusta. Se había pronunciado en un murmullo débil y, aun así, podría habérsele oído hasta debajo de la tierra. Todo en él poseía una proyección que trascendía las leyes de la física, como si fuera Dios mismo.
Pero no se dejó amilanar por ello. Ignorando que dejaba a su espalda la conmoción de los agentes, que no osaron avanzar un paso más, se acomodó en la silla del otro extremo de la mesa y clavó en él su mirada juiciosa.
Esperó a que Dariy volviera a hablar. Parecía saber de sobra por qué estaba Edward allí, qué era lo que quería.
Por curioso que sonara, el inspector no había esperado otra reacción.
Ni siquiera le había visto el rostro de cerca aún y, sin embargo, sentía que lo conocía.
Lo miraba y veía una criatura consumida por la condena de la soledad, hastiada de un sufrimiento colectivo al que de seguro juraba ser inmune pero que por desgracia hacía mella en él.
De seguro poseería la clase de sensibilidad que convenía anestesiar en el nombre de la supervivencia.
Todos estos rasgos había que tener para impresionar a Lenore durante el tiempo suficiente para ganarse sus afectos.
Aunque Edward había sido advertido de su condición sobrenatural, en ningún momento había concebido a Dariy Vranitsky como el ángel predicador de una religión satánica.
Desde que supo que Lenore lo amaba, no había dejado de pensar en él como el juguete roto de un dios caprichoso que un buen día se cansó de experimentar con su alma y lo abandonó a su suerte.
Solo una criatura que había hecho las paces con el dolor y con la muerte habría conseguido captar la atención de la pequeña Noor, que todo cuanto había querido desde la niñez había sido hallar respuestas.
Aquel monstruo era su enciclopedia y su esperanza.
A Edward no le sorprendía albergar tantas certezas sobre un desconocido. Estaba conectado con él a través de ella. Sabía quién era Lenore y, por ende, podía descifrar fácilmente el cómo y el porqué de sus amores.
—¿No piensa decir nada? —ladró Edward cuando el silencio se le hizo insoportable.
Cerró los puños sobre la superficie de la mesa—.
O hacer, si a esas vamos. ¿No cree que debería estar ahora mismo en otra parte?
¿Que debería haber estado allí desde el principio; desde el desmayo que tuvo que presenciar?
—No puedo —respondió sin levantar la vista de la mesa.
—¿No puede? —Soltó una carcajada fría—. Cualquiera pensaría que, si se tiene la valentía de dormir con una mujer respetable, se tiene asimismo para velarla en su enfermedad.
Su amante, señor Vranitsky, se halla a las puertas de la muerte...
, y me consta que es usted el único responsable.
Si su afecto no era lo bastante sincero para acompañarla en un momento difícil por simple generosidad, al menos debería haberlo hecho en deferencia a los que son los sentimientos de la joven.
Dariy levantó la vista por fin. La mesa los mantenía ridículamente alejados, como alejados estaban los dos cónyuges de un matrimonio concertado o dos enemigos con pistolas al amanecer, pero aun así Edward pudo distinguir sus rasgos.
Los celos le dejaron sin respiración. Incluso sin entender cuáles eran los encantos físicos del hombre, pues a fin de cuentas dependía de la opinión femenina sobre los mismos para formarse la suya propia, tuvo que reconocer que su rival era de una majestuosidad incontestable.
Su rostro parecía copiado de uno de esos retratos de monarcas extranjeros que aun siendo de la raza nativa poseían un aire exótico.
—¿Es ese el crimen por el que ha venido a detenerme, inspector? ¿No hacerle compañía a la señorita Nightingale?
Edward se tensó. Había vuelto a pronunciar su ocupación. ¿Le conocía porque Lenore lo había mencionado? ¿En qué términos, cuándo y a propósito de qué?
Esta vez sí los imaginó tendidos el uno junto al otro en una cama lujosa, contándose confidencias entre risas. A lo mejor le había hablado a Dariy de su amigo de la infancia después de aceptar un beso suyo. Quizá mientras él todavía estaba dentro de su cuerpo.
De solo pensarlo le invadió una rabia ciega.