CAPÍTULO 33
—De ninguna manera, Whishaw.
Así había zanjado el inspector jefe Donovan Mandeville la petición desesperada de Edward.
Considerando que era de por sí un hueso duro de roer, no había sido difícil imaginar cómo reaccionaría al planteamiento de una detención que tendría repercusiones políticas.
Pero aun sabiendo que estaba provocándolo con su insolencia, había seguido intentando persuadirlo.
Procurando, no obstante, reservarse el detalle de que Dariy Vranitsky no era humano.
Su jefe lo había mirado como si hubiera perdido el juicio por plantarse a las puertas de su casa cuando nadie a excepción de un insensato estaría despierto.
Si se le ocurría arrancar a hablar sobre criaturas del folclore rumano, Mandeville sería muy capaz de mandar llamar a un exorcista.
—Señor, insisto en que cuento con pruebas concluyentes que lo vinculan a las víctimas. Tenemos el testimonio de la señora Bainbridge, así como la confesión indirecta de la señorita Nightingale, y...
—Un tanto sospechoso que todo quede en familia, ¿no le parece?
—refutó el inspector jefe, ceñudo. Mientras, en un movimiento más impaciente que pudoroso, se cerraba el escote cruzado de la bata de fumar sobre el pecho.
El frío apretaba las horas previas al amanecer, pero incluso aterido, con los cabellos canosos despeinados y de mal humor porque lo hubieran arrancado de la cama, Mandeville poseía una presencia incontestable—.
Con el debido respeto, pues sé de su aprecio hacia ambas señoritas, no creo que sus testimonios sean fiables.
La señora Bainbridge acaba de perder a su marido de un modo absurdamente trágico, y para colmo atestiguó el crimen con sus propios ojos.
Eso trastornaría la mente de cualquier criatura sensible...
¡Qué demonios! —prorrumpió con vehemencia—.
¡Trastornaría la mía también! Y en cuanto a la señorita Nightingale...
Según se dice en algunos círculos, ha heredado las excentricidades de su padre.
—El doctor Gulliver Nightingale era un genio, señor.
—Y, como todos los genios, compensaba su agudeza con un grave defecto de carácter.
¿O es que acaso la gente miente cuando dice que la señorita Nightingale —hizo un aspaviento rápido para acabar cuanto antes— nunca ha sido muy estable que digamos?
Porque yo la vi pasearse por un depósito de cadáveres y contemplar las tripas abiertas de Paulson como si fuera una tarde de lunes.
Que siente fascinación por lo sórdido no es ningún secreto.
Edward tuvo que hacer un esfuerzo hercúleo por no abalanzarse sobre él y estrangularlo hasta la muerte. Si se hubiera dejado arrastrar por sus pasiones, solo le habría demostrado que Lenore no era la única enajenada.
—Señor —lo intentó una vez más, procurando parecer fiable—, me consta que el marqués de Volteran ha tenido un affaire con la señorita Nightingale, quien resulta que puede relacionarse en tiempo, espacio y, en algunos casos, por vínculo estrecho con todas las víctimas.
Estoy convencido de que Volteran ha cometido los cuatro asesinatos como demostración de poder para tenerla en la palma de su mano...
y, en parte, también guiado por los celos.
Mandeville suspiró y miró a Edward con gesto compasivo. Supo que iba a hablarle con toda franqueza por el modo informal en que se recostó contra el marco de la puerta, cuyo picaporte no había querido soltar hasta ese momento para darle a entender que no tenía todo el día.
—¿Y no será que quiere verlo entre rejas por ese crimen contra su honor, y no por los delitos de sangre que, por razones absolutamente peregrinas —recalcó con una ceja enarcada—, insiste en achacarle?
No es ningún secreto que siente debilidad por la señorita Nightingale.
—Salió descalzo al porche para ponerle una mano amable en el hombro—.
Puedo entenderle y perdonarle estas envidias y orgullos de los que todos somos víctima al menos una vez en la vida, Whishaw, pues al fin y al cabo solo somos hombres...
, pero no me pida que actúe en el nombre de sus tiernos sentimientos valiéndome de mi posición en el cuerpo.
—¡Maldita sea, Mandeville! ¡Escúcheme! —exclamó él, ya fuera de sí—.
¡Le estoy dando un sospechoso con móvil y oportunidad para resolver los crímenes que han sacudido la sociedad!
Buscábamos un asesino con un perfil distinto de los pobres diablos que acostumbran a desfilar por la comisaría, ¿no es así?
A un hombre de clase media-alta con rasgos de locura moral o monomanía homicida, acceso a la cultura y formación suficiente para desempeñarse como un cirujano.
¿En serio piensa que las bases de mi acusación son «absolutamente peregrinas»?
Según se dice, Volteran vive aislado en su mansión y solo sale de noche, cuando da la casualidad de que ocurrieron todos y cada uno de los asesinatos.
Su posición social le habría permitido entrar en casas respetables, como la del señor Paulson o el señor Bainbridge, sin necesidad de forzar cerraduras o servirse de amenazas.
Proviene de Rumanía —continuó, envalentonado—, donde nació la leyenda del vampiro...
—¿Qué diablos dice ahora de vampiros, hombre de Dios?
—... no me extrañaría que, como coleccionista de antigüedades y apasionado del folclore que parece ser, hubiera querido referenciar su adorado misticismo regional a través de sus crímenes.
Y por si eso fuera poco, en su jardín tiene plantas de flores de acónito, de las que se extrae la raíz que envenenó a Paulson.
Lo he confirmado después de darme un paseo por Hampstead Heath.
Mandeville no reaccionó como le habría gustado.
—¿Un paseo? ¿Ha estado rondando la mansión del marqués?
—Puso los ojos como platos—. ¿Acaso ha perdido el juicio?
¡Incluso si fuera el responsable, estaría poniéndose en peligro!
¡O, peor, en evidencia! Pero ¡como no lo es, se va a llevar una sanción por andar husmeando!
—Se obligó a serenarse con una profunda inspiración y regresó al cálido refugio del recibidor con gesto decepcionado.
Iba a despacharlo, comprendió Edward. Había perdido su oportunidad—.
La descripción del asesino podría encajar con el marqués, pero igual que podría encajar con usted, Whishaw.
También habría podido entrar al salón de Paulson, Bainbridge y Barnes llamando a su puerta con una sonrisa y una botella de vino sin abrir, acostumbra a patrullar la zona de Whitechapel donde se encontró el cuerpo de Jane Mansfield y, gracias a su padre, conoce los mitos literarios que merece la pena divulgar, incluidos los que describen festines de sangre.
Además: se ha escaqueado de unas cuantas guardias últimamente.
Sin ir muy lejos, estaba en paradero desconocido cuando se encontró el cadáver del señor Barnes, y tengo entendido que discutió con la señorita Nightingale después de verla bailar con Paulson.
Oportunidades no le han faltado, y en cuanto al móvil, podría ser el mismo del que acusa al marqués.
—¿Qué quiere decirme con eso? ¿Que me entregue a Scotland Yard?
Mandeville entrecerró los ojos y se adhirió al estricto trato formal para zanjar la cuestión.
—Que se deje de idioteces, Whishaw, porque ese zapato le vale a todo el mundo. Sus hipótesis suenan tan descabelladas como lo es su señalamiento contra Volteran.
—Pareciera que el aristócrata le pagase las facturas, Mandeville —masculló con desdén.
—Es un miembro de la nobleza rumana, con la que resulta que la corona inglesa mantiene relaciones diplomáticas —recalcó el inspector, mirándolo ahora con severidad—, y, para más inri, forma parte del selecto círculo de ministros en los que confía su majestad.
Si quiere encerrar a un tipo de su relevancia política, Whishaw, va a tener que encontrar pruebas irrefutables, y con prueba irrefutable me refiero a cazarlo en flagrante delito.
No ya con el cuchillo en la mano, sino con el cuchillo insertado en carne blanda.
No pienso enemistar a Inglaterra con el rey de Rumanía porque a Dariy Vranitsky le gusten la jardinería y la señorita Nightingale. ¡A mí también me gustan, maldita sea!
Dicho aquello, le deseó las buenas noches con el ceño todavía fruncido y le cerró la puerta en las narices.
Edward se quedó varado a las puertas de la casa unos minutos más, procurando que la ira de la humillación no le nublara el juicio mientras estudiaba su siguiente paso.
La discusión había sido tan acalorada que la señora Mandeville se había despertado y había bajado al recibidor para confrontar a su marido al respecto.
Pudo oír a través de la puerta que el inspector la tranquilizaba con palabras de afecto e improvisaba una mentira.
Tanto le preocupaba que se popularizase la teoría que señalaba a Vranitsky como sospechoso que no se lo planteó ni a su propia esposa, quien por ley conyugal y por amor a su marido debía guardar cada uno de sus secretos.
Edward había previsto aquel desenlace. No era la primera vez que se descartaba un sospechoso de orígenes nobles o simple y llanamente próspero con el pretexto de que Scotland Yard estaría metiéndose en camisa de once varas.
Ese era el problema fundamental de trabajar para una institución al servicio de la corona.
Los principios clasistas que constituían los cimientos de la sociedad, así como la tendencia al encubrimiento en beneficio de la reputación nobiliaria, debían ser replicados por la policía, que no era sino la marioneta de los parlamentarios.
La actitud conservadora de Mandeville era un reflejo de la situación política. Había que ceñirse a la pirámide social. La prioridad no era evitar que se cometieran delitos de sangre contra prostitutas del East End y miembros menores de la burguesía, sino que esto salpicara a la aristocracia.