CAPÍTULO 32 #4
«Yo podría tener un interés especial en acabar contigo», pensó con rabia.
El corazón se le encogió al ver una sonrisa divertida pintada en su rostro, como si le hubiera parecido hilarante su vehemente declaración. ¿Sería posible que hubiera leído sus pensamientos? ¿Tanto poder ostentaba? ¿Significaba eso que era indestructible?
Indestructible o no, cruel o no, asesino o no, sentía que era su única baza.
—Lo prometo —le dijo con voz solemne—. Seré una tumba.
Aquella sonrisa falta de escrúpulos que tanto le había repugnado adquirió un tinte más humano. Su gesto vulnerable la descolocó. Le pareció que en él había la ternura contenida de los que amaban sin esperanza, y que por lo menos tenía corazón para conmoverse con el altruismo de otros.
—Estaba seguro de que entrarías en razón. —Se tomó una libertad que ella, aturdida, no pudo negarle: cubrirle la mejilla con la palma—. Siempre has sabido hacer lo correcto.
El impulso de cerrar los ojos y rendirse a su caricia casi fue superior a ella. Demostró una vez más que él estaba en lo cierto sobreponiéndose a su debilidad e irguiéndose con dignidad. Lo despreció girándole la cara y murmuró, temblando:
—Le rogaría, señor, que no me volviera a tocar.
La criatura se rio con dulzura, como si su rechazo no fuera más que una formalidad propia de mujeres decorosas, ni por asomo un rechazo irrefutable.
Renunció al placer de seguir avergonzándola limitándose a suspirar —«Las jóvenes y su mojigatería», parecía decir— y la esquivó para prestarle por fin atención a la enferma.
Nada más verlo a tan solo una inclinación de tocar a Lenore, Isobel experimentó un acceso de miedo que podría haberla matado.
Estuvo a punto de arrojarse sobre él para separarlos, y no porque estuviese convencida de que le haría daño, sino porque la sola imagen la destrozaba: la hermosa criatura y su hermana...
Reconoció el nudo de la garganta como un síntoma de celos destructivos y, confundida por su propia reacción, se quedó donde estaba con expresión desvalida.
Él tuvo que presentir sus sensaciones, porque le lanzó una mirada ardiente que le robó el aliento, como si quisiera apaciguarla con la promesa de que solo estaba allí por ella. De que solo existía por ella.
Con la respiración todavía suspendida, Isobel siguió cada uno de sus movimientos.
El desconocido se llevó la mano al bolsillo cosido al chaleco ajustado y extrajo un frasco del tamaño y el grosor de un meñique.
La forma le sonaba familiar; tenía que ser una pipeta o alguno de los numerosos objetos de laboratorio que usaba su padre.
—¡Espere! —balbuceó Isobel. No supo qué pensar de que él, inalcanzable y dispensado de toda obediencia como parecía (y de seguro era), se detuviera sin rechistar—. ¿Cómo sé que no la matará eso que pretende administrarle?
—No lo sabes —respondió con sencillez—, así que habrás de confiar en mí.
—En el miserable que me lo arrebató todo —masculló con la voz atascada.
—Nunca te arrebataría a tu hermana. Ella es un enemigo que tienes que vencer tú —la sorprendió diciendo con las cejas enarcadas; la estaba retando—.
La cuestión es, Isobel, que incluso en el remoto caso de que la matara, le estaría haciendo un favor.
Los tratamientos médicos contemporáneos no han servido ni servirán para devolverla a la vida.
Solo puede curarla un tipo de tecnología al que únicamente yo tengo acceso.
Si lo uso, es en contra de mis propios principios, y solo con la esperanza de que perdones mis crímenes.
—¿De que le perdone? —repitió, esta vez sin recelo, solo pura perplejidad—. ¿Por qué querría usted que yo le perdonara?
—¿Quieres que la salve o quieres que la enfermedad siga su curso natural?
Isobel tragó saliva.
—Por favor —acabó murmurando.
Él hizo una brevísima reverencia. Destapó el frasco y lo inclinó sobre la boca cuarteada y entreabierta de Lenore. Dentro contenía un líquido escarlata que, de no haber sido por la falta total de densidad, habría parecido sangre. Se derramó a las puertas de su aliento como agua fresca.
—Si me ha mentido... —musitó Isobel.
Había empezado a sudar de los nervios, y solo Dios sabía cómo no se había abandonado aún al llanto desconsolado. No recordaba haber vivido antes una tensión semejante.
La criatura guardó la pipeta en el bolsillo y la enfrentó con una expresión casi afectuosa.
—No desesperes, querida. No pasará mucho tiempo hasta que aprendas a completar tus amenazas.
Entonces serás indestructible, pues todo el poder de este mundo y de los que están por llegar será tuyo.
—Rehízo su camino hacia donde ella se había quedado inmóvil, temblando por la fuerte impresión de la visita—.
Por cierto... Me ha gustado la expresión que has usado antes.
Serás una tumba —citó con placer. Le halagó la elección de palabras con un elegante asentimiento.
Antes de desvanecerse llevándose su mirada cargada de significados ocultos consigo, añadió—: Con un poco de suerte, serás aquella a la que yo vaya a descansar.