CAPÍTULO 32 #3
Isobel nunca se habría imaginado temiendo a un hombre por su atractivo, pero quizá se debiera a que había estado ciega al verdadero encanto y no lo había conocido en su más siniestro esplendor hasta esa noche.
Y es que ante sí tenía la cara por la que un hombre acudiría a formar filas y una mujer se arruinaría la vida en el nombre de la impudicia.
A la vez que temor por las desgracias que podría causar valiéndose de su magnetismo, Isobel sintió una profunda compasión por él.
Una belleza semejante, única en su clase, debía ser la condena de la soledad.
Aunque fuera para posicionarlo muy por encima de los meros mortales, Dios —o el mismísimo demonio— lo había separado del resto. Y ella sabía lo que era estar solo.
Pero entre el cúmulo de emociones que le despertó al revelarse como era, una prevaleció sobre las demás: el terror de ver cumplido un relato apocalíptico.
Nunca le había visto el rostro al hombre de sus fantasías, pero no le cupo la menor duda de que era él.
Había salvado la barrera del sueño para emigrar a un mundo donde la unión entre ambos fuera posible, y tras una larga búsqueda la había encontrado.
Comprendió que estaba ante uno de esos momentos cruciales e inescapables en la vida de una mujer. Sabía que no podía huir de él como sabía que aun así tenía que intentarlo.
Y eso no era todo. Presentía la misma atmósfera tenebrosa que días atrás la había convencido de que no estaba a solas con el cadáver de Percy. El asesino todavía deambulaba por el escenario del crimen cuando ella se limpiaba la sangre de su marido con los guantes.
Isobel había percibido su presencia igual que la percibía ahora.
Abrumada, se protegió abrazándose los hombros y tartamudeó sin aliento:
—Váyase de aquí. —El miedo la hizo repetirlo más alto—. ¡Váyase de aquí!
Él ladeó la cabeza como un cachorro cuando no entendía una orden.
—Pensaba que querías salvar a tu hermana.
—Así es —confirmó con voz temblorosa—. Y también estoy bastante convencida de que mis objetivos distan mucho de los suyos. Márchese antes de que...
—¿De que...? —la instó a continuar. Entrelazó las manos a la espalda y se acercó aún más, aunque no para vulnerar el espacio que ella protegía con desesperación.
Empezó a rondarla como un experto en peritaje contemplaba una obra de arte—.
¿De qué? Vamos, compláceme, Isobel. Siento curiosidad por conocer el alcance de tu venganza.
—No vuelva a pronunciar mi nombre. —Lo atravesó con una mirada cargada de odio—. Usted no es más que un sucio asesino.
No sabía qué había esperado obtener por su parte con la acusación, que algunos habrían entendido como un chiste sin gracia y otros como su sentencia de muerte.
Al final, no le había visto en su casa de St. John’s Wood como lo estaba viendo ahora y, aun si se lo hubiera cruzado, no había presenciado el crimen en sí mismo.
Pero él ni siquiera trató de defenderse. En un gesto de sinceridad con el que pretendía honrar tanto su propia inteligencia como respetar la de Isobel, asintió de manera informal.
—Acepto lo de asesino. Ante todo, me enorgullezco de conducirme por el mundo con honradez y autoconciencia.
¿Esa palabra se estila en estos tiempos?
¿«Autoconciencia»? El caso es que lo de «sucio» tiene para mí algunos visos de desmesura.
Incluso si no te convence el resultado, querida, creo que es bastante obvio que me tomo mi tiempo para acicalarme.
La ironía con la que hablaba le puso el vello de punta.
—Si con tanta honradez se conduce usted, tendría la vergüenza de entregarse a las autoridades —escupió con desdén.
Él ni se inmutó.
—He venido a hacerte un favor, Isobel. Te pido que no intentes intercambiar nuestros papeles adoptando el rol de faro en la oscuridad. Hoy se trata de ti y de tus deseos —añadió con dulzura.
—De mí y mis deseos... De mí y mis... —Isobel empezó a temblar, presa del ataque de nervios—. ¡Usted mató a mi marido! ¿Qué deseos estaba respetando entonces?
Él se fingió sorprendido, o eso eligió ella pensar: le sería más fácil de digerir que falseara el asombro a que de verdad le extrañara su apasionada defensa del difunto.
—Los más íntimos que posees, querida, pero ya los descubrirás por ti misma cuando llegue el momento.
Tómate el tiempo que necesites para conocerte —le concedió con magnanimidad—.
Claro que, la verdad sea dicha, más allá de que la muerte de tu marido debiera servir a una causa mayor, también hubo involucrada una pizca de interés personal.
—Una pizca de interés personal —jadeó.
—No estaba en mis planes —admitió a regañadientes—, pero tuve que acelerar la programación.
—Acelerar la... programación —seguía repitiendo, la boca impregnada de incredulidad. Una parte de sí estaba convencida de que soñaba—. Está usted hablando de una vida humana.
—¿Vida humana? A mí eso me parecen palabras mayores para describir a según qué sujetos. Siempre he opinado que los hombres que les levantan la mano a sus esposas pertenecen más bien a la subespecie animal.
Isobel cerró las manos en dos puños. Estaba tan aturdida y saturada de indignación que se le pasó por alto la mención del incidente.
Pero su cuerpo sabía algo que a su raciocinio se le escapaba, y se estremeció de gusto porque cuadrara una segunda pieza: la presencia que le pareció advertir en la antesala de la vivienda familiar justo antes de abrirle la puerta a Percy.
—¿Y qué opinión tiene de los que matan por interés personal? ¿Los asesinos no pertenecen a la subespecie animal?
—En absoluto. Opino que lo único de animal que tiene una criatura con el valor de arrebatar la vida a otra es su afinado instinto y su afán de supervivencia.
Verás... —le lanzó una mirada casi coqueta—, soy un fiel seguidor de la ley del más fuerte.
Quizá su mismísimo promotor. Pero reconozco que defiendo estos principios por conveniencia.
Claro que a lo mejor pensaría distinto si me hubiera cruzado ya con mi depredador natural.
—Le hizo una caída de ojos—. No se ha dado aún la contingencia.
Isobel se llenó de tanta rabia que la desbordó.
—Si quiere matarme, máteme ya, pero no me haga soportar sus infames confesiones por mucho más tiempo. Preferiría morir con la inocencia intacta.
La impresión la hizo callar. Él la había tomado de la mandíbula para mantener el rostro alzado en su dirección, como si supiera que mirarlo a los ojos obraría en ella el mismo adormecimiento que un hechizo de hipnosis.
La leve caricia templó sus ánimos, pero no por mucho tiempo.
El corazón amenazó con salírsele del pecho cuando él acercó sus labios curvados en una levísima sonrisa.
Pretendía transmitir la mofa y el desenfado que la habían ofendido durante la presentación, pero ahora una emoción ancestral enturbiaba su expresión, torciéndola hacia el anhelo.
Incluso sus ojos se habían oscurecido. Ahora eran azul medianoche.
—Una mujer que tiene sueños como los tuyos ni guarda la inocencia intacta ni podrá recuperarla jamás, Elisabeta —le dijo con otra voz—, y matarte no puede quedar más lejos de mis deseos.
La sola idea de hacerte daño —continuó al tiempo que le cruzaba el pulgar por la mejilla.
Terminó la caricia en la comisura de sus labios entreabiertos— me enajena de rabia.
Isobel no había oído ninguna historia popular sobre hombres de devastadora hermosura que se colaban en vivienda ajena para forzar a la primera señorita que encontraban, pero ¿qué otra cosa habría cabido pensar que se proponía?
Solo lo que se le ocurrió a Isobel en un arrebato de locura: que aquella criatura, a la vez que se regodeaba en su maldad, la conocía de otro tiempo, y a ella le había encomendado la imposible tarea de preservar los vestigios de corazón que le quedaban.
Percy le había enseñado a reconocer el amor en los ojos de un hombre.
Y aunque lo que el desconocido le transmitía con su mirada no era el afecto del que Isobel había sido receptora en su vida conyugal —ni nada de la misma familia, ni nada del mismo mundo—, sintió que la abrumaba la incapacidad de corresponderlo como la había abrumado en su matrimonio.
El desconocido se moría de la ansiedad por memorizarla. El respeto que sentía hacia su imagen y su sola presencia era tan sagrado que había podido vencer el impulso de matarla, presente entre los dos como el aire o la respiración.
—¿Quién diablos eres tú? —dijo ella con un hilo de voz.
Ahora estaba verdaderamente asustada.
Él sonrió muy despacio.
—Esta vez has invocado a la divinidad adecuada. Qué rápido aprendes... Eres tan brillante —murmuró, y agregó una serie de palabras en un idioma que no reconoció, pero le sonó familiar.
Le habría gustado ofenderse por su sarcasmo, pero nada distinto del orgullo y la fascinación ribeteaba sus palabras.
Así de fácil parecía conmoverlo.
El sonido de una tos violenta la distrajo.
Enseguida se quiso abofetear por haber olvidado, aunque fuera por un segundo, que su hermana seguía allí, cada vez más lejos del alcance de los vivos.
Isobel se deshizo del contacto del desconocido y se arriesgó a darle la espalda para postrarse de nuevo junto a Lenore.
Se había manchado el camisón de sangre al toser, y aunque no era una experta en medicina, asumió que era la peor señal de todas.
Sin mirarlo de forma directa, supo que él seguía allí. Se armó de valor con una inspiración y lo miró a los ojos a través de las sombras.
—Ha dicho que puede curarla, ¿no es así?
—Bajo tres condiciones.
—¿Qué condiciones?
—Las que has impuesto tú. Si no recuerdo mal, consistían en hacer lo que yo comande, ser predicadora de mi palabra y esclava de mis ordenanzas por toda la eternidad...
Solo que en lugar de predicar mi palabra, habrías de comprometerte a no desvelar ni mi existencia ni mis crímenes ante terceros.
En especial, ante terceros que pudieran tener un interés especial en acabar conmigo.