Immortalis CAPÍTULO 32 #2
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CAPÍTULO 32 #2

Isobel se limpió las lágrimas de la cara con un manotazo nervioso, horrorizada de pensar que pudieran verla en pleno arrebato sentimental.

Porque a ella sí le importaba todo lo que le era ajeno.

Era lo contrario a la pequeña. A veces pensaba que su nacimiento había sido fruto de un ensayo fallido —o, al menos, inconcluso— del ideal de hija y mujer con el que sus padres soñaron.

Su mediocridad habría pasado desapercibida de no haber sido por la llegada de Lenore, quien cumplió y perfeccionó las exigencias de dicho ideal en su grado más óptimo.

O tal vez la clave estuviera en que había rebasado sus expectativas.

Al final, Lenore no era una mujer, a saber, un individuo creado para un propósito doméstico; un ser enfermo de limitaciones desde su origen y por definición.

Lenore era una persona en toda la extensión de la palabra.

Algo vivo y desbordado de oportunidades.

¿Tenía derecho, pues, a poner el grito en el cielo?

La indignación nacía de la sensación de haber recibido un trato injusto.

Si la propia Isobel reconocía la superioridad de su hermana en todos los ámbitos, ¿cuál era el agravio?

¿No estaban ambas siendo estimadas en función de su valor correspondiente?

Había cumplido veintidós años el pasado verano. Ya no era joven como para consentirse el ingenuo pensamiento de que en la vida no existían las jerarquías, porque las había. En la calle y también en los afectos.

—No puedes morir, Noor —murmuró ella. Aunque se despreció por su egoísmo, no pudo evitar expresarlo—. Eres lo único bueno que hay en mí.

«Eso no es cierto», le pareció que decía la voz de su marido.

Cuántas veces no la habría consolado a este respecto.

La única persona que había preferido a Isobel sobre la hermana pequeña, que incluso había osado negar el poder de atracción de Lenore y puso sobre sus hombros —no sobre los de la melancolía, no sobre los de la orfandad— la responsabilidad de sus actos, había sido Percy.

Que el único ser viviente que podría haber curado su profundo desprecio hacia sí misma hubiera muerto significaba que ya no tenía salvación.

Y no era eso lo que le importaba, aun así, sino que fuera Lenore quien no la tuviera.

Tenía las rodillas amoratadas de haber reproducido la misma posición Dios sabía cuántas veces durante casi cuatro días. Pero una vez más, Isobel se arrodilló a un lado de la cama y juntó las manos para formular sus oraciones.

Le latía el corazón muy deprisa. Sentía que lo que pronunciaran sus labios y con cuánto fervor lo hicieran podría marcar la diferencia entre la vida y la muerte.

Así de cerca creía estar del Todopoderoso cuando se entregaba al credo.

La fe se manifestaba en su cuerpo a través del pulso acelerado, la presión en el pecho y la ligereza de los miembros.

El aire a su alrededor se volvía más denso, como si el Señor mismo se inclinara sobre ella y la protegiera con su sombra, y un frío que calaba los huesos se aposentaba en la estancia, recordándole cuán viva estaba.

Dios era sobre todo amor, pero tenía sentido que advirtiera de su llegada, de su atenta escucha, bajando la temperatura.

Nada había más puro e incorruptible que el aire gélido del invierno.

—Dios mío —musitó con los ojos cerrados.

Apoyó la frente contra las manos entrelazadas—, te imploro que le otorgues una segunda oportunidad a mi hermana.

Juro aquí y ahora hacer lo que tú comandes, ser predicadora de tu palabra y esclava de tus ordenanzas por toda la eternidad.

Haré lo que sea a cambio de tu milagro, Señor. Lo que sea.

—Se lo estás pidiendo al dios equivocado —respondió una voz abisal.

A pesar del tono socarrón, que definitivamente lo convertía en un simple mortal, Isobel se estremeció igual que si la hubiera amenazado de muerte.

No tuvo que buscar para hallar al responsable de su sobresalto.

Aunque el comentario provenía de una figura masculina y la condición intrínseca del ser humano era no poder estar en todos lados a la vez, él en concreto ocupaba la totalidad del dormitorio.

Su presencia era líquida en lugar de sólida, y el mundo parecía el recipiente en el que se derramaba para cubrir a los incautos hasta el cuello.

Había contagiado la atmósfera de un aire viciado y siniestro, creando la clase de ambiente irrespirable que solo podía encontrarse en los fumaderos de opio de Limehouse.

El solo hecho de que hubiera un desconocido en la habitación de Lenore debería haber bastado para alterarla, pero cierto era que no intuyó en él la intención de atacar.

Estaba sentado en el único sillón orejero con las piernas cruzadas y los codos sobre los reposabrazos.

La mano alzada, enguantada en terciopelo escarlata, frotaba con aire pensativo el índice contra el pulgar, como si meditara una oferta en silencio.

No la había amenazado, no, pero la primera reacción de Isobel fue colocarse ante la cama con los brazos extendidos para proteger, aun de manera ingenua, la integridad de Lenore.

—¿Quién es usted?

Qué pregunta tan estúpida, se dijo. La consoló saber que cualquier cosa que pudiera haber dicho habría sido igual de inapropiada.

Para su sorpresa, él contestó haciendo alarde de una elegancia y distinción que en otras circunstancias habría encontrado fascinante.

—¿Quién soy? Puedo decirte que no soy tu Señor cristiano.

—Se palmeó el regazo para alisar las arrugas del exquisito pantalón y luego se irguió cuan alto era para sonreírle ladino—, pero si te aseguro que está en mis capacidades complacer tu deseo, ¿me ofrecerías a cambio de un milagro lo mismo que le has propuesto a Él?

Isobel arrugó el ceño, a caballo entre el espanto y la curiosidad.

Se puso a pensar a toda velocidad.

Podría salir corriendo y ponerse a resguardo, pero entonces dejaría a Lenore a su merced. Solo ella podría defenderlas a ambas con decencia y tesón si lograba armarse con el candelabro de oro macizo del aparador.

No podía cundir el pánico, aun así. Nadie en la casa debía enterarse de que había allí un hombre peligroso y con la habilidad de infiltrarse en viviendas ajenas sin ser visto.

Porque era peligroso . De eso no le cupo la menor duda, como tampoco de que ni su apariencia ni la energía que le cubría la piel plateada como el musgo forraba las piedras casaban con las esperadas en un ladrón del tres al cuarto.

¿Qué clase de maleante llevaría los dedos adornados de anillos con piedras preciosas y un chaleco brocado sobre una camisa de seda escarlata?

El conjunto de sus prendas, sobre todo la manga abullonada, respetaba el recuerdo de otra era.

Procuró bloquear el avance del desconocido moviéndose lateralmente hacia él.

Frenó en seco al ver que ponía los ojos en blanco.

—Haz el favor de apartarte de la cama, Isobel.

No tengo el menor interés en perjudicar a tu hermana...

a no ser que continúes con esa actitud obtusa del todo indigna de ti.

Créeme. —Abrió las manos a ambos lados de las caderas y agachó la barbilla para mirarla con sorna, una expresión que la desorientó por su familiaridad.

¿Acaso lo había visto antes? ¿Corría peligro o no?

¿Iba a hacerle daño o no? ¿Qué estaba pasando?

—. Aquí donde se me ve, propenso a las visitas sorpresa a horas intempestivas, soy un tipo increíblemente razonable. Incluso un caballero.

Un mal presentimiento la embargó. Se cubrió el vientre con la palma, un gesto inconsciente de pura vulnerabilidad que a él no le pasó desapercibido. No le gustó sentir el peso de su mirada ahí, en una zona sensible para una mujer, y la apartó enseguida.

—¿Cómo sabe usted mi nombre?

La pregunta le ensanchó la sonrisa, como si hubiera servido al deleite personal de una broma privada.

—No te equivocas cuando dices que sé tu nombre; tu verdadero nombre..., pero esa debería ser la menor de tus preocupaciones. No es lo más íntimo que tengo aprendido de ti.

El comentario a todas luces insinuante la descolocó por un momento.

¿La había estado vigilando? Porque era cierto que a veces se sentía observada.

Cuando esta sensación persecutoria se intensificaba hasta lo insostenible, lo asociaba a un delirio común.

Otras veces se convencía de que era ella misma quien, de tanto vigilar sus propias sonrisas e intervenciones para luego compararlas con su rígido ideal de compostura, se había construido una sombra que le pisaba los talones.

Pero en todo caso, esa sombra era una réplica de sí misma, una suerte de reflejo distorsionado, que no un hombre de carne y hueso.

Uno que sabía su nombre y quién sabía qué más.

Resuelto el misterio de sus intenciones, el desconocido avanzó un paso hacia la luz para revelarle lo demás; lo que era visible.

La primera y única reacción posible de Isobel fue retroceder con espanto.

Dos mechones de cabello negro enmarcaban un rostro ceniciento que, alumbrado por lamparillas de aceite, no parecía revestido de piel, sino tallado en alabastro.

En las facciones esculpidas sobre piedra de luna destacaban un par de ojos almendrados azules como cielo de verano.

Su brillo febril, extraordinariamente vivo, constituía un foco de calor y un alivio frente a la dolorosa inhumanidad de su belleza.