CAPÍTULO 32
—¿Cómo se encuentra?
Tan embotada que no se sentía humana, Isobel siguió el sonido de la voz con la mirada. Aterrizó en la expresión fúnebre de su abuelo. Se había detenido bajo el umbral del dormitorio y desde allí observaba con tristeza aprensiva el estado de Lenore.
Se habían cumplido cinco horas desde la última valoración del doctor Winthrop, como asimismo sus tenebrosos pronósticos.
La pequeña Nightingale aún respiraba, pero ¿a qué precio?
Isobel, que había sido quien la había estado velando tras la precipitada salida de Edward, podía dar fe de que estaba sufriendo una tortura inimaginable.
Se ahogaba en su propia flema, los moratones de origen desconocido no habían hecho sino proliferar y se revolvía sin fuerzas mientras murmuraba palabras sin sentido.
En lugar de contestar verbalmente, sacudió la cabeza.
Humbert agachó la barbilla para ocultar un síntoma de debilidad, pero no engañaba a su nieta.
Tanto ella como su esposa sabían que bajo la fachada de aristócrata se escondía un hombre sensible que había dedicado toda su vida adulta a cuidar de su familia.
A veces acertaba. Otras, se ganaba a pulso la exasperación y hasta el distanciamiento de sus parientes, como le sucediera con su única hija unos meses antes de desposarse con el doctor.
Pero nunca se le había podido negar que le movieran las mejores intenciones; de ahí que la difunta Mary Elizabeth terminara perdonando el clasismo de su padre y el mismo día de su boda lo acogiera de nuevo en su corazón.
De ella debía acordarse cuando orientaba el rostro hacia la postrada Lenore.
Humbert estaba devastado; a una sola pérdida más de perder el último resquicio de fe al que se había estado aferrando en los últimos tiempos.
Isobel no olvidaba que su abuelo también había perdido a Gulliver, ese yerno «muy por debajo de su Mary Elizabeth» que había aprendido a adorar con esfuerzo y empeño.
Y tan solo unos años antes había enterrado a su única hija, a la que, a diferencia de lo que sucedía con Isobel, siempre amó demasiado como para guardarle rencor por casarse por debajo de sus posibilidades.
Nunca pudo negarle nada. La felicidad, lo que menos.
—No te separes de ella —le pidió con voz estrangulada—. Si sucediera lo que tanto tememos a lo largo de la noche, por favor, no dudes en venir a buscarme. Estaré despierto.
Acto seguido se despidió por lo que restaba de día.
Momentos más tarde desaparecía en dirección a sus aposentos, donde de seguro pasaría la noche sentado en el borde de la cama con la mirada perdida en un punto de la pared.
Se demostraba de nuevo de quién había heredado Lenore su insoportable fobia a la muerte.
Ella también se había escondido, bajo la cama y en el despacho del doctor respectivamente, para no enfrentarse a las pérdidas de Gulliver y Mary Elizabeth.
Si sabía que podía desaparecer del lecho del dolor porque alguien la relevaba, porque alguien se ofrecía a velar al enfermo en su nombre, o no lo daba a conocer o no le importaba que otra persona, siempre su hermana mayor, cargara la cruz.
Isobel se quedó mirando el vacío de la puerta con el corazón en un puño.
Humbert la había dejado entrecerrada, apenas una rendija abierta, con la intención de otorgarle intimidad por si quisiera despedirse de su hermana inconsciente, pero una parte de ella lo sintió como una forma de contenerla; de encerrarla entre las cuatro paredes para vigilar a la doliente tanto si quería como si no.
Tanto si estaba preparada para la última consecuencia como si no.
Sabía cuáles eran sus responsabilidades como mujer.
Se las habían enseñado siendo muy joven y había tenido la oportunidad de llevarlas a la práctica durante su breve matrimonio.
No le reprocharía jamás a su abuelo, pues, que no hubiera tomado el relevo a los pies de su cama en ninguna instancia, pero lo cierto era que empezaba a costarle perdonarlo por tratarla como a una criada. Como a una enfermera.
En los últimos días, la familia Loxley y amistades se habían volcado de tal forma en el cuidado de Lenore que Isobel comenzaba a dudar de su propia tragedia.
No era posible que hubiera enviudado por obra de un crimen inefablemente siniestro y todo el mundo lo hubiera olvidado de un día para otro.
Le costaba recordar si había recibido o no el pésame de sus parientes antes del oportuno desmayo de Lenore: a partir de entonces había sido como si la señora Bainbridge no existiera.
Ni siquiera la cálida y atenta Theresa se había molestado en ponerle una mano en el hombro y consolarla porque las calamidades se le presentaran en parejas.
Nadie se había acercado a preguntarle si necesitaba desvanecerse para llorar sus desdichas en otra habitación.
A nadie se le había ocurrido pensar que sus modales y su capacidad para estar a la altura en toda circunstancia eran una fachada, y que por experta que fuera en el arte del enmascaramiento, el personaje de señora bien todavía no la había devorado.
Porque quería pensar que la insensibilidad ajena se debía al elevado concepto en el que la tenían, y no a que se sintieran en el derecho de abusar de su nobleza.
Isobel siempre se había mostrado solícita y compuesta, tanto durante el padecimiento de su madre como de su padre, sin olvidar el largo y oscuro período que se prolongó la melancolía de Lenore.
Todas las mañanas sin faltar una se levantó, se vistió, comió aun bregando con las náuseas y se dispuso a afrontar la pesadilla de una vida truncada por la muerte y la soledad sin rechistar.
Ahora se estaba dando cuenta del flaco favor que se había hecho a sí misma, pues si algo había que la sociedad no disculpaba, era un dramático cambio de carácter.
A Isobel ya nunca se le concedería un momento de debilidad.
«Basta —se ordenó—. No te permitas pensamientos que luego no podrás perdonarte.»
Su hermana estaba agonizando, por el amor de Dios, y Percy ya había recibido el último sacramento.
Claro que su parentela había preferido volcarse en el problema que aún tenía solución en lugar de regodearse en las penas inútiles de una viuda.
Pero los cuidados de Lenore la habían estado obligando a quedarse a solas con sus pensamientos, y cuanto más se esforzaba por justificar la indiferencia de los Loxley, más razones encontraba para guardarles rencor.
¿Acaso no era compatible preocuparse por una y otra hermana?
Todos, desde Humbert hasta Edward, habían exhibido compasión a lo largo de los años; al menos con Lenore.
Debían saber de sobra que era una crueldad condenar a una mujer que acababa de enviudar a asistir en primera línea a la agonía de su hermana.
Cuando caía en este bucle de reproches —que jamás verbalizaría, pero que poco a poco mellaban su corazón—, se forzaba a detenerlo con una sencilla pregunta: ¿qué demonios había esperado, si esa había sido la tónica familiar desde que tenía uso de razón?
No importaba que Lenore fuera quien desobedecía de manera flagrante las órdenes de su abuelo, se escapara de casa sin aportar explicaciones o desapareciera de una fiesta organizada en su honor.
Al final, la pequeña era el ojito derecho de su abuelo y la hija que Theresa nunca había tenido.
A Isobel no le habrían perdonado ni en mil años que sometiera al aristócrata a semejantes humillaciones.
Ni siquiera le habían disculpado aún que se desposara con Percy, por el que no habían derramado una sola lágrima.
Pero al que menos le disculparía el egoísmo de pensar solo en Lenore era Edward.
Había tenido el infortunio de oír algunos fragmentos de la conversación entre los dos, sucedida unas horas atrás, e Isobel no había dado crédito.
El inspector era uno de los investigadores encargados de encontrar al asesino del marido de su supuesta amiga de la infancia, el que en infinidad de ocasiones le había abierto las puertas de su casa.
Además, contaba con una pista relevante gracias a ella.
Y, sin embargo, no solo estaba dejando pasar los días con el riesgo que existía de que otra mujer pasara por el indecible sufrimiento que había arruinado la vida de Isobel, sino que priorizaba montarle una escena de celos a la pobre enferma.
Isobel se obligó a volver en sí con una profunda inspiración.
Agachó la vista hacia su hermana y la rabia mermó hasta casi desaparecer.
Ojalá pudiera ser el antídoto de su dolencia como ella era antídoto de los celos y rencores de Isobel. Porque ni el resentimiento acumulado ni el orgullo herido podrían aspirar jamás a desbancar o corromper el amor que sentía por Lenore.
Porque no era culpa suya.
La pequeña jamás se había esforzado para que la amaran con ciega devoción.
Lenore estaba en el mundo, y eso era todo.
Eso bastaba para inspirar recelos y amores a partes iguales.
Nunca le había rogado a nadie que le perdonara sus defectos, nunca había obedecido una sola orden con la que no hubiera estado de acuerdo, nunca se había reservado una opinión en beneficio de la convivencia.
Había quien la rechazaba por rendir culto al criterio propio, incluso si de este modo caía en la desfachatez, y por no sacrificar su libertad bajo ningún concepto.
Pero incluso los que la odiaban se sentían atraídos por su naturalidad.
Lenore tenía sueños y se movilizaba con determinación hacia ellos. Temía el dolor tanto como cualquiera, mas no permitía que se interpusiera en su camino.