CAPÍTULO 31 #4
—Hay una diferencia entre amar a alguien por lo que es y amarlo por lo que te ofrece. Los dos nos queremos porque nos conocemos..., pero jamás podremos entregarnos lo que necesitamos para ser felices juntos.
—Lo único que yo necesito es que te entregues tú.
—Y he ahí el problema.
—No lo entiendo. ¿Es porque no me quieres? De ser así, Lenore, dímelo. Lo aceptaré y seguiré adelante.
Los suaves párpados de la joven temblaron por el esfuerzo de abrir los ojos. Luchó contra la condición terminal de la enfermedad y venció, porque siempre vencía. Ella estaba por encima del bien y el mal. Lo demostró una vez más clavando en él una mirada vidriosa pero asombrosamente lúcida.
—¿Cómo no voy a quererte? —se le quebró la voz.
Alargó una mano débil hacia su rostro y le acarició la mandíbula antes de ceder al cansancio dejándola caer—.
Puede que seas la única razón de carne y hueso que me ata a este mundo.
Por desgracia, eso no me convierte en la mujer indicada.
Mi libertad, mi miedo a fracasar y mi falta de compromiso con lo que no sea el conocimiento te harían sufrir.
—¿Y no piensas que pudiera soportarlo? ¿Tan débil me crees?
—Te creo maravillosamente humano. Posesivo con tus posesiones. Vulnerable a tus vulnerabilidades. Eres tan solo un hombre, Edward —murmuró, y en esa sencilla palabra recogió por qué lo amaba y por qué, a la vez, no era suficiente.
Él estuvo a punto de gruñir.
¿Y qué era ella sino maravillosamente humana también?
¿Qué era ella sino una mujer? ¿Quién la había convencido de que era otra cosa, algo intangible, superior y, por ello, condenado a la eterna soledad?
Calló, sin embargo, porque no podía fingirse ignorante de la dicotomía que planteaba.
No podía pretender no entenderla cuando había convivido con ella toda su infancia y los primeros años de la edad adulta.
Incluso cuando era niña y la muerte aún no la perseguía en las pesadillas, antes de que la melancolía se adueñara de su corazón, los vecinos ya andaban susurrando por lo bajini que algo había de oscuro en Lenore Nightingale.
No las tinieblas de la maldad, sino de lo insondable.
El propio Edward solía quedarse mirándola mientras jugaba en silencio, a solas consigo, o cuando leía en voz alta un libro que habían comprado a medias con los peniques que encontraban por la calle.
La observaba entre fascinado e intimidado, como solo se miraban los códigos que pertenecían a otro tiempo.
Él era demasiado mundano para descifrarla.
Dios era testigo de que lo había intentado y todavía entonces no podía entender el trasfondo de sus aspiraciones, su tendencia a la obsesión insana.
No podía entender por qué se ensimismaba mirando por la ventana, por qué lloraba sin darse cuenta, por qué no podía ser más optimista, por qué creía que el amor había llegado a su vida para maldecirla.
Pero quería hacerlo. Quería llegar hasta la fibra más recóndita de su ser, la que le explicaría su origen, su verdadera naturaleza.
—No hablemos de eso ahora. Lo primero y más importante es curarte.
Más adelante nos sentaremos frente a frente, tú y yo, y no saldremos a ver la luz del sol hasta que hayamos resuelto nuestras diferencias...
para bien o para mal. No puedes decirme que me quieres y esperar que no insista, Lenore. Mientras me ames, no vas a abandonarme.
Ella hizo un esfuerzo monumental por girar la cabeza hacia él.
Una gota de sudor frío le corrió por la sien.
—Me partiría el corazón dejar este mundo sabiendo que me odias, sobre todo conociendo las tendencias rencorosas de tu espíritu, tan anclado al pasado, al honor y a la convención, pero...
tampoco me perdonaría que pasaras el resto de tus días creyendo que perdiste a la única mujer que podría haberte hecho feliz.
Hay otro hombre, Edward —confesó, casi sin voz por el sobreesfuerzo.
Se le habían vuelto a cerrar los ojos—. Él y yo hemos compartido intimidades.
Edward no pudo recuperarse enseguida de la confesión, si bien la había sospechado y hasta previsto considerando el compromiso con la sinceridad que guiaba a Lenore a los más altos precipicios.
Ella nunca se habría reservado la clase de información que le convendría callar por respeto hacia sí misma si opinaba que la mentira heriría a terceros.
—¿Hasta dónde has llegado con él? —se oyó preguntar.
—Hasta el final.
Edward agachó la cabeza, incapaz de sostener el peso de su cuerpo. Se protegió del rostro de Lenore pegando la barbilla al pecho para no apiadarse de su estado y así dejar fluir las violentas emociones que le sacudieron.
Con la mano libre se aferró rabiosamente a las sábanas, desahogando un grito de celos, pero la que sostenía el pulso de Lenore siguió donde estaba.
—¿Por qué has decidido contármelo? ¿Así es como pretendes desencantarme? ¿Espantarme? ¿O es porque crees que morirás, como si yo fuera a permitir tal cosa, que vas a ofrecerme una disculpa?
—¿Disculparme...? No... No. Para mí no fue un delito ni una equivocación; tampoco un acto indecoroso inducido por sus malas artes o por el deseo de destruirme, de lo que te esforzarás por tacharlo para restarme responsabilidad. Te lo confieso, Edward, en deferencia al hombre que eres.
—¿Y qué hombre se supone que soy, Lenore?
—Uno que valora la honestidad sobre todas las cosas.
Te hablo con franqueza para que así puedas seguir adelante con el cuadro preciso de quién fui, no con los fragmentos que tan solo me engrandecen.
Porque sé que no me querrás ahora que lo sabes —añadió.
Sudaba copiosamente y la respiración se le había agitado, no por la emoción, sino por el esfuerzo—, y deseo librarte de la carga de llorar mi ausencia.
Edward apretó los dientes.
Para ella no había sido un delito ni una equivocación.
Le aterraba preguntar qué había significado, entonces.
Seguramente un acto de amor. La conclusión inevitable de una pasión por largo tiempo sostenida.
Una unión que había estimado necesaria, pues deseaba fundirse con ese otro hombre y Lenore no se había negado nunca un deseo...
salvo los que podían relacionarse con él, con Edward.
Sabía que se había encontrado con el otro hombre después de yacer juntos la noche de la muerte de Barnes.
No supo si le resultaba más doloroso que hubiera ido tras el desconocido sabiendo ya cómo era y se sentía su amor o si habría encontrado más insoportable que le hubiera entregado a él su inocencia.
Le alivió que no pudiera verlo llorar de rabia. Desoyendo las indicaciones del doctor Winthrop, pues poco o nada le importaba ya más allá de represaliar sus sentimientos heridos, pegó los labios al oído de Lenore.
—Sabiendo, como sé, cuánto te duele no estar en posesión de todas las verdades, me vas a tener que permitir que me regocije diciéndote que te equivocas.
Y te equivocas porque no, no he dejado de quererte.
Y ni mucho menos cesaré en mi empeño de hacerte mía por más demencial, incongruente y peligroso que sea tu comportamiento.
No es del dolor que puedan causarme tus deseos aquello de lo que debes preocuparte, sino de las distancias que yo sería capaz de salvar por los míos, que resulta que llevan tu nombre.
Mi amor es más poderoso que tus impulsos de destrucción. Harías bien en recordarlo.
Ella no se movió. Siguió respirando con los pulmones encharcados de Dios sabía qué sustancia. Él, comprendiendo que no diría nada más, se levantó del asiento y la miró con gravedad desde su altura.
Era muy consciente de que si salía por la puerta podría no volver a verla nunca. Pero si no salía y empezaba a planear la manera de emboscar al hombre misterioso, al asesino de Lenore, tampoco existiría la posibilidad de salvarla.
Y es que, si existía una criatura inmortal, debía estar en sus manos y no en otras el poder de curarla.
Antes de marcharse, se inclinó una última vez sobre ella y la besó en los labios entreabiertos.
Aun débil, Lenore movió la boca contra la de él para corresponder su despedida, o quizá para advertirle de que un simple beso podría contagiarle su agonía.
Fuera cual fuese su intención, en ese impulso natural por devolverle su cariño, Edward vio renacer su esperanza.
Con ello reafirmó también sus propias palabras.
No, nada había más poderoso que su amor por ella.