CAPÍTULO 31 #3
Ahora sabía que Lenore no lo amaba o que, en el caso de hacerlo, no era el único hombre en su corazón.
Y sabía algo aún más terrible, algo que le acongojaba pensar: que, en el fondo, la pequeña nunca había terminado de superar sus pulsiones de muerte.
Que incluso la habían estado seduciendo a espaldas del resto desde el fallecimiento de su padre.
Por insensible y poco fiable que fuera, si el doctor Winthrop aseguraba que Lenore se había arrojado a una investigación arriesgada sin tomar precauciones, Edward lo creía.
Y lo que era más: estaba convencido de que ella sabía a la perfección qué medidas debía tener presentes —pues al fin y al cabo era una profesional de la medicina— y las había ignorado en favor de un desenlace irreversible.
Edward arrastró la silla más cerca de Lenore y tomó asiento con el cuerpo dolorido. Soportar tamaño grado de tensión durante tanto tiempo era inhumano. Se notaba las articulaciones desengrasadas, el cuello a punto de estallar de la presión. La cabeza le pesaba el doble. Le ardían los ojos.
Pero lo peor era la desesperanza que se había adueñado de su espíritu.
Tomó la mano de Lenore, pesada e inerte como la de un muerto.
Un acceso de lágrimas que no permitiría fluir volvió a nublarle la vista.
La joven ya no ardía por causa de la fiebre como los días anteriores.
Estaba helada y había palidecido ostensiblemente.
No conseguía diferenciar su aspecto del que presentaban los finados del depósito.
Pero no importaba que no pudiera abrir los ojos y que solo recuperara la conciencia para delirar. Edward se negaba a aceptar que la enfermedad se la estaba llevando.
Carraspeó para aflojar el nudo en la garganta. Luchó contra la debilidad entrelazando los dedos con los suyos e inclinó el rostro hacia Lenore.
—¿Recuerdas cuando descubrimos que el jardín del señor Sedwick tenía fresas silvestres y te empecinaste en que fuéramos a probarlas?
Por supuesto, tú eras más legal que yo y me propusiste que llamáramos a su puerta con sonrisas angelicales y lo convenciéramos de que nos merecíamos un festín.
Yo acabé persuadiéndote de darle un giro dramático y más travieso a la aventura y, morral al hombro, trepamos por el muro nada más caer la tarde.
Resulta que no tenía fresas, pero sí encontramos orugas, babosas y mariquitas.
Nunca he vuelto a ver orugas tan grandes, ¿sabes?
No desde entonces. A lo mejor se debe a que todo se me antojaba extraordinario porque les llegábamos a los adultos a la altura de las caderas; porque éramos impresionables e inocentes, o, en mi caso, porque estaba tan bien acompañado que me sentía Jack con las habichuelas mágicas.
Contigo, hasta la casa del señor Sedwick parecía un castillo de gigantes.
Habría jurado que sus gallinas ponían huevos de oro.
—Le temblaron los labios al sonreír—. Te acuerdas del cuento, ¿verdad?
»Ya de niña estabas decidida a convertirte en el paladín de la salud, pero no solo de la raza humana.
Yo estaba allí cuando tomaste a tu primer paciente.
Apuesto a que en los últimos años has pensado alguna que otra vez en Puck, el gato tuerto con la cola torcida que deambulaba por el barrio.
A mí no se me olvida cuando te presentaste a las puertas de mi casa con una solemnidad casi cómica y me encomendaste una tarea particularmente complicada, como siempre fiándote a ciegas de mi fuerza y mi habilidad: tenía que ayudarte a atrapar vivo a Puck, que acababa de romperse una pata y, según tú, andaba en urgente necesidad de tratamiento.
Estuvimos una tarde entera persiguiéndolo calle arriba, calle abajo, y eso que en el momento solo nos sacaba una patita de ventaja.
Pero como nunca te rindes y ninguna fuerza del universo osaría jamás decepcionarte, ni mucho menos yo, terminaste saliéndote con la tuya.
Esa misma noche estabas envolviéndole el codo inútil con una venda que te valió una discusión con el doctor Nightingale.
“A veces hay que dejar que la selección natural se haga cargo de los animales callejeros, Lenore.” El comentario te horrorizó...
Me lo citaste palabra por palabra con lágrimas de impotencia en los ojos, y me acuerdo con detalle porque esa fue una de las veces que te abracé.
»Por suerte, esta no fue la última vez que Puck me puso en bandeja una excusa perfecta para acercarme a ti.
Cuando murió de una paliza a manos del señor York y lo encontramos tirado en la acera, rompiste a llorar como nunca.
Era tu primer contacto con la muerte, a fin de cuentas, y tú le habías dado nombre a la criatura.
Lo querías... Qué compasiva fuiste. Seguramente te identificabas con su destino: ambos erais escarmentados a menudo por merodear por donde no debíais.
»A propósito de eso, ¿te acuerdas de cuando viniste a verme y mi madre te dijo que yo no estaba, pero tú no la creíste y trepaste para colarte por la ventana de mi dormitorio?
Me encontraste aguantándome las lágrimas, con el rostro colorado por los golpes y las manos llenas de magulladuras.
No hiciste ninguna pregunta, porque ya entonces me conocías mejor que yo a mí mismo.
Sabías que mi orgullo infantil no soportaría que me obligaras a decir en voz alta que me quemaba el desprecio de mi padre.
En completo silencio, buscaste por toda la habitación una tela absorbente, la impregnaste del agua de la palangana y te dedicaste a secarme las heridas con una paciencia y dedicación que solo me acongojó más.
Ahí ya eras —tuvo que hacer una pausa para que no le temblara la voz— la persona que yo más quería en este mundo.
»Pensarás que vivo de los recuerdos, que estoy anclado a un pasado que no volverá.
Soy consciente de que ya no somos los mismos, Noor.
Hemos crecido y la vida nos ha exprimido la inocencia y la piedad a base de golpes.
Para desgracia de mi espíritu aventurero, de ese afán por hacer justicia del que tanto me vanagloriaba, el odio de mi padre terminó pudriéndome.
En tu caso, las pérdidas han sido tan devastadoras que ahora temes entregarte con la valentía de antaño, porque sabes que el amor no siempre nos es devuelto; de hecho, termina criando malvas bajo tierra.
Pero tú y yo ya habíamos cambiado y teníamos miedo cuando nos despedimos en la estación de tren que me llevaría a Oxford, ¿o vas a decirme que no?
Arrancaste a enumerar tus exigencias, que no fueron pocas: querías que mis cartas versaran sobre determinadas materias, puesto que había ciertos conocimientos que no podrías obtener si no era asomándote discretamente al temario de un universitario.
Querías que entablara nuevas amistades, cuanto más brillantes, mejor, para luego presentártelas, pero tenía prohibido quererlas más que a ti.
Me ordenaste que probara cuantos deportes ofertase la universidad, de preferencia el remo y la equitación: habías empezado a leer acerca de los beneficios del ejercicio para la prevención de enfermedades y me querías enérgico y lozano.
Todo esto lo dijiste con la vista clavada en las puntas de mis zapatos.
Tartamudeaste tres veces en total. Tres.
Las conté porque tú nunca, jamás, tartamudeas.
Es más, a veces pareciera que Dios sentenciara a través de ti.
Luego me entregaste tu ejemplar de David Copperfield .
Sería “mi rehén” hasta que volviera, porque nos querías a ambos de vuelta, a la novela de Dickens y a tu amigo Edward.
»Supongo que te decepcioné regresando convertido en otra persona... o esa fue la impresión que te di, porque te aseguro que tanto el que se fue como el que llamó a tu puerta un tiempo después te querían de la misma manera: incondicionalmente y para siempre.
»Me he estado preguntando este último año si te diste cuenta del detalle del libro.
En cuanto finalizaron mis estudios, corrí con las maletas aún sin deshacer hasta tu casa.
Llevaba apretado contra el costado a David Copperfield .
Te había desgastado las esquinas y emborronado el texto del lomo de tanto uso al que lo había sometido: me lo llevaba a todas partes como si fueras tú.
A lo mejor por eso nunca volviste a abrirlo y lo abandonaste a su suerte en la balda más alta de la estantería, porque no podías soportar en qué estado te lo devolví.
Pero si lo hubieras abierto, habrías encontrado una flor seca en las últimas páginas de la historia, ahí donde el protagonista declaraba su amor a Agnes Wickfield.
No sabía de qué otra manera decírtelo sin exponerme a un rechazo insoportable, así que fui sutil.
Romántico, habrían dicho mis hermanas. Cobarde, según mi padre...
—«Me fui lejos, querida Agnes, amándote» —citó Lenore. Edward levantó la cabeza con los ojos muy abiertos. Ella aún los tenía cerrados, así como los labios agrietados por la deshidratación, pero se le curvaban en una sonrisa nostálgica—. «Estuve lejos amándote. Regresé a casa amándote.»
—Eso es —balbuceó él. Se inclinó más sobre ella y le apretó la mano—.
Sospechaba que habías entendido mis sentimientos con el gesto y por ese motivo empezaste a rehuirme.
Pero, al final, resulta que no soy tan falto de valentía como mi padre me cree.
Me gusta pensar que simplemente sé cuándo dejar de insistir... , lo que no significa que me rinda.
—Deberías.
Edward acercó el oído a su rostro.
—¿Cómo?
—Deberías rendirte —repitió con la voz enronquecida—. No soy buena para ti, Edward. Nunca lo seré. No lo suficiente.
Él exhaló una especie de risa incrédula.
—¿De qué estás hablando? Por supuesto que lo eres. ¿Por qué, si no, me habría enamorado de ti?
Ella tuvo que esperar a haber tragado saliva para responder.