CAPÍTULO 31 #2
—No espero que un burguesito de su calibre lo entienda, pero hay a quienes no nos mueve el dinero, sino el sentido de la justicia. La vida de una señoritinga, para colmo futura esposa de un sucio yardero, no vale más que la de un deshollinador.
Aquella fue la gota que colmó el vaso. El cúmulo de nervios, impotencia y desesperación que había estado alimentando a lo largo de los días se impuso a la razón y le soltó al médico un puñetazo que lo habría dejado tiritando si no le hubiera igualado en estatura y fortaleza de carácter.
Para su sorpresa, Winthrop soltó una carcajada demente. Frotándose la mejilla afectada, le lanzó una mirada divertida al inspector. Edward no tuvo tiempo de defenderse del puñetazo que le borró el sentido común de un plumazo.
Había estudiado las bases del boxeo reglado de Queensberry, y cuando se había movido en círculos de esgrima, también había probado el savate francés.
Pero, por lo visto, Winthrop se había curtido en espacios mucho menos preocupados por la técnica y más centrados en matar al contrincante con el menor número de golpes posible.
Edward retrocedió varios pasos, aturdido. Todavía no se había recuperado e iba a abalanzarse sobre el doctor, esta vez haciendo acopio del odio que había sentido creyendo que era el enamorado de Lenore para dejarlo inválido.
Isobel se interpuso entre los dos con expresión sombría.
—¡Basta! ¡Parece mentira que sean ustedes dos caballeros, y, para colmo, con nobles dedicaciones!
¿No ha consagrado usted la vida a curar enfermos?
¿Cómo justifica ser quien los mande de cabeza a una camilla?
Y tú, Edward, se supone que proteges al pueblo.
¡No estaría de más que lo demostraras! ¡Sobre todo en esta coyuntura tan difícil!
—Mis disculpas, señora Bainbridge. —Winthrop hizo una reverencia burlona—. Es solo que me ha dado la impresión de que se me estaba impidiendo salir de aquí y me he puesto un poco nervioso.
—No le voy a forzar a continuar el tratamiento si no es su deseo, doctor, pero sí le rogaría que mandara a un sustituto para velar por mi hermana.
Y no estaría de más que me explicara a qué ha querido referirse con su desafortunado comentario —añadió en tensión.
Se estaba controlando para no prodigarle el mismo trato que Edward—.
Eso de que «Lenore se lo ha ganado a pulso».
—Verá, señora. La jovencita estaba jugando con unas muestras de fluidos altamente tóxicos cuando la sorprendí en el laboratorio del doctor Nightingale.
Me ofreció formar parte de su investigación, así que comprobé de primera mano que la bacteria que la ha contagiado no es moco de pavo.
¿Qué símil puedo hacer para que me entienda una dama de tan elevada cultura como usted?
Ah, sí... —Chasqueó los dedos—. La señorita Nightingale voló demasiado cerca del sol y se quemó.
—¿Y por qué no se ha quemado usted? —le ladró Edward.
—Porque yo suelo tomar las precauciones necesarias, inspector. Llámelo deseo de conservación, si le place. —Su expresión adquirió un aire tenebroso—. Sabe Dios que, de eso, la señorita Nightingale no goza en abundancia.
—¡Lárguese! —rugió Humbert. Todos los presentes se quedaron de una sola pieza, más aún al girarse a mirarlo y descubrir que había enrojecido hasta las orejas.
Le había señalado la puerta al doctor con una mano que, de haber dirigido contra él, le habría causado lesiones irreversibles—.
¡Bajo mi techo no va a andar difamando a mi nieta!
El doctor le sostuvo la mirada al propietario de la casa con un rastro de socarronería del todo inadmisible dadas las circunstancias.
En apariencia encantado con el modo en que se habían desarrollado los acontecimientos, le dedicó un asentimiento que pretendía ser una reverencia burlona.
Luego echó un vistazo al resto de los presentes y sonrió para su coleto.
—No se lo tome tan a pecho, barón, pues esta cualidad de la señorita Nightingale es intrínseca a las clases altas.
Ninguno de ustedes sobreviviría ni cinco minutos en el mundo real.
Ella por lo menos era consciente de las limitaciones de sus privilegios.
—Se dio la vuelta y echó a andar con elegancia hacia la salida.
Todos se habían quedado helados con el uso del pretérito. Lenore era —. Muy buenas tardes.
Edward y Humbert le vieron partir con impotencia, el primero apretando los puños y el segundo haciendo acopio de sus buenos modales para no salir detrás de él como un vulgar matón.
Hasta que el mayordomo no cerró la puerta y se disculpó en nombre del visitante con una reverencia aprensiva, nadie osó mover un músculo.
—Con su permiso, relevaré a la baronesa durante la próxima hora —anunció Edward al cabo de un largo silencio.
Humbert se había quedado mirando hacia la puerta con un desvalimiento impropio de su carácter. El diagnóstico de Winthrop le había envejecido las facciones, de por sí endurecidas por la preocupación. Apenas atinó a darle su beneplácito con un cabeceo distante. Parecía estar vivo solo a medias.
Edward intercambió una mirada rápida con la no menos afectada Isobel. Esperó a que la nieta se acercara a consolar al pariente para subir las escaleras al dormitorio.
Nada más empujar la puerta de la habitación enrarecida por la enfermedad, se topó con una escena sobrecogedora que solo podía describirse como la antesala de la muerte.
Theresa estaba sentada lejos de la cama de Lenore, una de las primeras medidas cautelares impuestas por el médico, pero orientaba hacia ella el cuerpo y las manos unidas en un rezo.
En el escalofriante silencio del dormitorio, el eco de las oraciones de la baronesa adquiría un deje siniestro.
No se consideraba un hombre particularmente espiritual, pero sabía que tenían que agotar hasta el último recurso para invocar la mejoría. Odió interrumpir, pues, tocando con los nudillos.
Theresa esperó a haber terminado la última vuelta al rosario y se enderezó para sonreírle con moderación.
—Edward, querido.
—Milady —la saludó afectuosamente.
—He oído gritos. ¿Qué ha ocurrido?
—Nada que sea más importante que esto. Gracias por cuidarla.
—Oh, no digas idioteces. Es mi familia, al fin y al cabo —un suspiro le relajó la tensión de los hombros.
Se recostó contra el respaldo revelando el cansancio de los últimos días.
Miraba a Lenore con afecto resignado—, y lo cierto es que tengo experiencia cuidando de los enfermos.
—Alzó la vista hacia él con expresión triste—.
Pasé gran parte de mi infancia arrodillada a los pies de la cama de mi madre.
En aquel entonces no sabía qué enfermedad padecía, ¿sabes?
Mi padre ganaba lo justo para mantenernos, pero durante mucho tiempo no pudimos permitirnos una consulta médica que arrojara luz a la cuestión.
El caso es que madre adolecía de una especie de manía que, cuando no le inducía delirios y alucinaciones, la atacaba con una tristeza insondable que la postraba en el dormitorio.
Los paños fríos y los baños servían de poco en su caso.
Creo que la habrían cuidado de maravilla en un hospital, pero el precio era inasequible para nuestros bolsillos...
En fin. —Se enderezó y probó a naturalizar la situación con una sonrisa—.
Gracias a Dios que las condiciones de Lenore son óptimas y tiene acceso a cuidados médicos constantes.
El cariño de su familia tampoco está de más.
—Desde luego —murmuró Edward con la mirada fija en la enferma. Si no se concentraba con intención en el vaivén de su pecho y afinaba el oído, no parecía que estuviera respirando—. No deberíamos darlo por sentado.
—No, no deberíamos.
—¿Le importaría dejarme a solas con ella? Le tomaré el relevo durante una hora, no más. Me requieren en comisaría desde hace días. No puedo seguir ignorando mis deberes.
Theresa suspiró.
—¿Cómo te voy a decir que no, muchacho?
Le costó levantarse del sillón y no ceder al placer de crujirse la espalda, lo que habría sido de pésima educación. Debía llevar entre cuatro y seis horas en la misma postura. La devoción de Theresa por Lenore apaciguó la ira que el desdén del doctor Winthrop le había dejado.
«Al menos queda gente buena. Ese tipejo es un pervertido moral.»
Pensando en pervertidos morales afloró la duda que lo había estado persiguiendo.
—Una pregunta, milady. Por casualidad no conocería usted al caballero del gabán de cuero que se presentó en el funeral de Percival con una flor de acónito...
Theresa ni siquiera tuvo que hacer memoria. Se le iluminó la expresión.
—¡Claro que sí! Es nuestro vecino, el marqués de Volteran. Su nombre es Dariy Vranitsky. Trabaja aquí, en la capital, como ministro plenipotenciario de su majestad el rey Carol I de Rumanía.
Un desagradable pitido le atravesó el oído.
«Marqués y, para colmo, alto cargo diplomático», pensó con rabia y espanto. Scotland Yard jamás conseguiría detener ni mucho menos procesar a un hombre de su alcurnia.
Otra voz más pesimista aún se superpuso al primer pensamiento.
«Scotland Yard jamás conseguiría detenerlo porque es un monstruo inmortal.»
Theresa le estrechó el brazo al pasar por su lado y tuvo la imprudencia de cerrar la puerta. O quizá solo habría sido una imprudencia si Lenore hubiera estado en condiciones de comportarse de un modo indecoroso.
No era el caso.
Por reciente que hubiera sido, en semejantes circunstancias Edward no podía pensar en la tórrida noche que compartieron.
La amenaza de la muerte alejaba los momentos de alegría y complicidad hasta tal punto que parecían pertenecer a otra vida...
Claro que las crudas revelaciones de los últimos días habían desdibujado el júbilo de la intimidad.