Immortalis CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

Dos días habían transcurrido desde el desmayo de Lenore.

Dos días en los que ni Edward, ni Isobel ni la familia Loxley se habían movido de su lado, desoyendo las órdenes explícitas del doctor Winthrop.

Aún estaba por verse si su enfermedad podía contagiarse por vía aérea, pero, por lo pronto, parentela, amigos y servicio de la casa de Hampstead Heath tenían terminantemente prohibido entrar en contacto con los fluidos de Lenore.

Su estado físico había degenerado con alarmante precocidad.

El médico había hecho visitas regulares a horas intempestivas, las que le quedaban libres después de atender su puesto en el hospital, para barajar diagnósticos y extraer muestras para comparar con «una compleja bacteria que andaba estudiando por su cuenta».

Basándose en el hecho de que Lenore no hubiera vuelto a recuperar la conciencia y compartiese el cuadro clínico, había aventurado que podría haber contraído la enfermedad que se llevó al doctor Nightingale.

A lo largo de este par de jornadas críticas, Edward había recibido avisos por parte de sus compañeros de la comisaría.

Luego, una amenaza con todas las de ley: si no regresaba cuanto antes y se ponía a trabajar, se las vería con Mandeville en persona, y entonces descubriría cómo y por qué había llegado a lo más alto pese a presentarse como un tipo dicharachero.

Edward había replicado a estas advertencias, a cuál más impaciente, con una breve carta que de seguro le habría arqueado la ceja a su superior.

En ella se había comprometido a volver en cuanto Lenore exhibiera un solo signo de recuperación.

Esta vez no había recalcado que se tratara de su prometida, puesto que no estaba seguro ni de que su propuesta siguiera en pie ni de que a la joven le interesara en lo más remoto, pero sí se había mostrado tajante.

Mandeville había contestado a su provocación con dos líneas de gran elocuencia.

Le permito el atrevimiento porque el asesino no ha vuelto a actuar, Whishaw.

Pero demórese un día más en volver y descubrirá que su escritorio ha sido ocupado por un joven imberbe al que aún no se le ha apagado la luz de los ojos.

Por desgracia, ese tercer y último amanecer de gracia había llegado y Lenore seguía postrada en la cama.

Isobel y Theresa trabajaban de sol a sol a la manera de las feligresas —murmurando rosarios— para acelerar su recuperación.

La primera llevaba cuarenta y ocho horas sin pegar ojo, y la segunda estaba además contactando a todos los referentes médicos de Londres y sus alrededores en busca de una opinión clínica algo menos pesimista que la de Winthrop.

No se podía decir que el especialista no se hubiera volcado con ella al principio, pero la paciente empeoraba a un ritmo vertiginoso que agotaría la esperanza del más optimista.

Al cabo de un primer día de dedicación absoluta, Reuben había establecido que se hallaba en la antesala de la muerte y había pretendido marcharse al hospital sin mayor dilación.

No había logrado desembarazarse de su obligación tan fácilmente. El barón Fellowes le había instado a permanecer a un lado de su cama, examinándola de todas las formas en que pudiera y debiera ser examinada, por si acaso se le hubiera olvidado anotar un ligero síntoma de mejora.

Cuando llegó la tarde del día tres, el doctor Winthrop salía del dormitorio de Lenore tras una última y concienzuda revisión.

Bajó al salón principal para encontrarse con los familiares, ante los que se presentó limpiándose las manos con un paño húmedo.

Una vez terminó de asearse, y en lugar de preguntarle a un criado dónde depositarla, arrojó la tela con desdén en el lugar que le pareció oportuno: sobre un jarrón importado de China que no cayó a la alfombra de milagro.

—¿Y bien? —lo apremió Humbert al ver que, en vez de pronunciarse, se detenía a admirar uno de los cuadros del pasillo.

La colección de arte del aristócrata no debía de impresionarlo, porque torció la boca con desagrado. Tardó en mirar al barón, y cuando lo hizo se ocupó de traslucir su irritación.

—Tal y como advertí tras el primer reconocimiento —recalcó—, ha contraído la misma enfermedad que su difunto padre.

Es decir, su difunto yerno —se corrigió con un aspaviento impaciente—.

Las manchas cerúleas no han tardado en manifestarse.

Era cuestión de tiempo que la bacteria desplegara el resto de sus trucos.

—¿Cuál es el tratamiento? —quiso saber Edward.

Era el único que se había atrevido a preguntarlo porque era el único que no había visto languidecer sin remedio posible al doctor Nightingale. Isobel y el barón, que sí habían observado su padecimiento de principio a fin, habían palidecido con el diagnóstico.

Winthrop le transmitió con una mirada incrédula lo que pensaba sobre su ingenuidad.

—Desde el fallecimiento del doctor apenas se han cumplido cinco o seis semanas, inspector. De seguro sabe que es tiempo insuficiente para elaborar un antídoto.

—¿Qué quiere decir con eso?

—Quiero decir que la paciente se halla en estado crítico.

Y voy a decir otra cosa —añadió en voz alta.

Miró a Humbert, a Isobel y a Edward respectivamente para asegurarse de que quedaba claro—.

No soy un médico particular, dama y caballeros.

Soy el profesional de un hospital público y coopero de manera puntual con expertos forenses porque estoy al servicio de la comunidad.

De cara a las revisiones de la paciente y sugerencias sobre su tratamiento, les animo a buscar otro especialista.

Sin pena ni gloria, Winthrop pasó por el lado de Humbert y del inspector con toda la intención de abandonar a Lenore a su suerte.

Edward no pudo permitirlo y lo agarró del brazo.

—Seguro que se puede hacer algo. Cuando el doctor Nightingale enfermó, aún se desconocía la dolencia exacta. Ahora que se tienen más referencias, quizá puede probar con... —El desconocimiento le obligó a interrumpirse—. Debe de haber alguna forma de proceder.

Winthrop posó primero la mirada en la mano que le agarraba el antebrazo y después dirigió su ceja enarcada al inspector adjunto.

El médico tenía una mirada directa, casi grosera, pero por eso mismo terriblemente franca. Tan franca que el miedo estuvo a punto de impedirle devolvérsela.

No soportaba ver escrito en aquel rostro impávido el futuro truncado de Lenore.

—Dieta reconstituyente de leche fresca y carnes rojas, reposo absoluto en un entorno fresco y seco, inhalaciones de alquitrán o trementina, bálsamo de yodo y, quizá, algún baño frío para salvar un pico de fiebre —citó en tono monótono—.

El pronóstico, no obstante, sigue siendo desafortunado.

—Se deshizo del agarre desesperado de Edward y le dirigió una venia desganada—. Mis condolencias.

El médico no llegó a reemprender el camino al recibidor. Guiado por otro impulso superior a sus fuerzas, Edward volvió a detenerlo, esta vez sujetándolo del hombro con firmeza.

—No puede marcharse así, sin más —masculló entre dientes—. ¿Qué clase de médico es usted, que se rinde con tanta facilidad?

Winthrop lanzó una mirada de hastío al techo.

—Oiga... Lo siento en el alma por su queridísima señorita Nightingale, pero hay un hospital atestado de niños tuberculosos e impedidos esperando mi regreso. Igual que esta es su prioridad, la mía está en otra parte.

—Dudo que esos niños salieran adelante incluso si gozaran de su inestimable dedicación. Por lo que tengo entendido, la tuberculosis tiene tan poco remedio como la enfermedad de Gulliver. —Añadió una amenaza velada—: Se le requiere al pie de la cama de Lenore, doctor.

El médico puso los ojos en blanco, un gesto que reavivó su vieja antipatía.

«Este miserable no tiene corazón», pensó, rabioso.

—Lenore, amigo mío —contestó con retintín—, tiene los días contados.

No voy a quedarme aplicando paños fríos a una damita que se ha ganado a pulso su situación actual por meter las narices donde no la llaman sin las pertinentes precauciones.

Resulta que hay quienes enferman por mala suerte o capricho de otros; inhalan vapores en fábricas de jabón o sufren mutilaciones por cortesía de máquinas textiles que no están en edad (ni tienen la habilidad) de dirigir.

Resulta, también, que al menos estas criaturas inspiran mi compasión.

Pero ¿qué digo? —se rio entre dientes—. ¡Si esto a usted le importa un rábano!

Déjenme explicarlo en términos monetarios, que de seguro entenderán mejor.

La economía del reino depende de que salve la vida de estas infancias, porque ¿qué niño menor de diez años le desatascará la chimenea o trabajará dieciocho horas en la fábrica a la que encarga usted sus lujosos capotes de lana sino alguno de mis jóvenes pacientes?

—apostilló, y acto seguido extendió los brazos—.

¡Si lo hago por ustedes, mis queridos amigos del beau monde !

Aunque su tono era burlón, la dureza de su crítica no le pasó desapercibida.

Por desgracia, Winthrop no se equivocaba. Todo lo que no fuera salvar a Lenore le importaba un rábano.

Edward lo agarró por la pechera de la camisa y lo sacudió con virulencia.

—Escúcheme, matasanos del tres al cuarto.

No va a poner usted un pie en la calle mientras Lenore corra peligro de muerte, ¿me oye?

Si lo que teme es que no podamos igualar el salario que le pagan en Great Ormond Street, le aseguro aquí y ahora que se lo duplicaremos y hasta triplicaremos si obra un milagro.

El doctor Winthrop ni se había inmutado con su expresión de violencia.

Esbozó una sonrisa desdeñosa que dejaba muy clara su posición: si no le devolvía el ataque a Edward, era no ya en deferencia a la dama presente o a la buena educación, sino porque prefería atender a un solo moribundo en vez de a dos.