Immortalis CAPÍTULO 30 #3
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CAPÍTULO 30 #3

—Eso es imposible —espetó Edward. No se percató de que había respondido lo mismo, y con idéntica impotencia, que cuando Isobel lo afirmó la primera vez—.

Lenore y yo estamos... No con exactitud, no de palabra, pero está implícito que nos hemos prometido.

Vino a mi casa, vino a... —La mente se le quedó en blanco recordando el estado catatónico en el que la recogió de la calle—.

¿Crees que se presentó en mi puerta huyendo de él?

Cierto es que estaba ida, estaba... —Apretó los labios—.

No le hizo daño físico o de lo contrario yo lo habría notado, pero...

Edward buscó con la mirada desenfocada a Lenore.

El impacto de la noticia lo había mareado.

Rehusaba aprobar la rocambolesca teoría de que un vampiro se paseaba a sus anchas por Londres, pero, de alguna manera, y por más apegado a la ciencia que estuviera su raciocinio, cuando la señorita Nightingale entraba en la conversación sentía que todo era posible.

Fue a responder que, en todo caso, el hombre del que estaba enamorada era Reuben Winthrop, con quien le había observado una complicidad sospechosa. Pero como si Dios hubiera querido ayudarlo a quitarse la venda de los ojos, en ese momento se propició una escena que no dejó lugar para las dudas.

Junto con la caída definitiva del telón crepuscular, que había expulsado todo atisbo de claridad diurna, había llegado un último caballero a presentar sus respetos. Largo gabán de cuero negro, impecable sombrero de copa y una sola flor de acónito atrapada entre los dedos.

Lo primero que pensó fue que las flores de acónito habían envenenado a Samuel Paulson.

Lo segundo que pensó fue que había visto a aquel tipo antes.

«En el funeral del doctor Nightingale», se respondió.

Durante la ceremonia, Edward estuvo más pendiente de Lenore y de las necesidades que pudiera manifestar que del sermón del hombre de Dios.

Fue así como captó que ella se erguía con curiosidad al ver aparecer al misterioso sujeto, también armado con una flor de acónito.

No había olvidado, tampoco, que tras el funeral salió corriendo detrás de él como si se hubiera llevado su vida en el bolsillo.

Edward observó con el aliento suspendido que el invitado tardío arrojaba la flor al foso.

No se aproximó a Lenore. Cada uno estaba en un extremo de la tierra revuelta donde se había depositado el féretro, y, si no el desconocimiento de no haberse tratado antes, al menos la oscuridad debería haberles impedido reconocerse.

Pero se reconocieron igual que si sus cuerpos estuvieran imantados.

Ella levantó la cabeza hacia él para mirarlo a la cara sin miedo y sin decoro, como miraban las mujeres libres a sus amantes, y él solo acarició el borde del ala del sombrero en un gesto que, más que educado, pareció un mensaje romántico en una lengua que solo entendían ellos.

Edward sintió que la tierra se abría bajo sus pies.

¿Cómo había estado tan equivocado? Tal vez en el futuro podría perdonarse la ignorancia con un sencillo pretexto: no le constaba que Lenore, el caballero y él hubieran coincidido una sola vez más en espacio y tiempo, o de lo contrario habría captado al vuelo la complicidad entre ambos.

Si Isobel estaba en lo cierto —y empezaba a pensar que así era—, aquella aparición estelar sumada a la mirada de los enamorados significaba que había encontrado al asesino y que Lenore era cómplice.

Y aunque lo primero debería haberle instado a cantar victoria, lo único que Edward sintió fue que se le rompía el corazón.

Lo habían engañado miserablemente. En todos los sentidos.

Por un delirante momento, las víctimas dejaron de existir para él. Solo veía la impresionante figura masculina pintada de negro, el hecho de que el cuerpo de Lenore se orientaba hacia él con independencia de adónde se moviera, igual que una brújula apuntaba al norte.

Agarrado a los puños para reprimir un acceso de ira ciega, Edward echó a andar hacia ella sin saber muy bien qué haría, qué le diría.

La estrangularía por embustera y seductora...

O le preguntaría por qué. O no abriría la boca y dejaría que fuera su mirada la que la pusiera en el conocimiento de que lo sabía todo.

No tuvo ocasión.

No había dado ni cinco pasos en su dirección cuando Lenore se desplomó.

El corazón le brincó en el pecho. Oyó la exclamación histérica de Isobel a su espalda y la agitación que sembró en el grupo el desmayo repentino.

Con la mente ahora en blanco por el dominio de la preocupación, Edward echó a correr hacia ella. Por suerte, la habían tomado en brazos antes de que su cuerpo tocara el suelo, evitando una catástrofe aún mayor.

—¿Qué ha ocurrido? —exigió saber sin aliento.

Se estremeció al comprobar su estado.

No había tenido la oportunidad de saludarla a su llegada, y aunque ya de lejos parecía pálida y cansada, ahora que se inclinaba sobre ella podía apreciar que la distancia no le había hecho justicia a su malestar.

Tenía un aspecto cadavérico: se le transparentaban las venas de la mandíbula y los párpados.

El sudor le había empapado el cuello del vestido.

Edward retiró la mano de su frente tan rápido como la había posado.

—Tiene fiebre —confirmó el hombre que le había evitado la caída. No era otro que el médico al que había declarado en secreto su mayor enemigo durante tiempo limitado: Reuben Winthrop.

Edward lo miró a la cara con el corazón en un puño.

—¿Y qué significa eso?

—Por lo general... que la paciente tiene una infección.