Immortalis CAPÍTULO 30 #2
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CAPÍTULO 30 #2

Pero, según parecía, a la viuda habían dejado de importarle las convenciones sociales de la noche a la mañana.

¿Cómo culparla? No había nada más radical que vivir una experiencia extrema para invitar a un sujeto a reordenar sus prioridades.

La noche ya había volcado su cortejo de sombras sobre el cementerio. Isobel se refugió bajo las ramas de un cedro viejo y allí, protegida de la mirada general, lo encaró con los brazos cruzados.

—Entiendo que se ha podido enterrar a mi marido dos días después de su muerte porque se le realizó el pertinente estudio forense y las pruebas extraídas fueron concluyentes —señaló en tono interrogante.

Edward no habría osado decirle que aquello era información confidencial.

—Así es. —Cambió el peso de pierna, incómodo—.

El doctor Winthrop es el profesional médico-forense al cargo de los crímenes relacionados con este asesino, al que a falta de un nombre hemos empezado a llamar el Hematófago.

Winthrop, como te decía, ha sido quien ha dirigido las autopsias y determinado también las causas de la muerte de las tres víctimas anteriores.

Isobel asintió en silencio.

Por supuesto, ya estaba en posesión de estos y muchos más datos sensibles. Después de cometer la imprudencia de invitarla a levantar el cadáver de Jane Mansfield, Edward no había podido ocultarle los avances del criminal.

Bajo la condición de guardarse los detalles para sí, conversaron sobre algunas particularidades del caso la tarde que la requirió en su vivienda para cuidar de Lenore.

—¿Qué vio? —quiso saber ella.

Él esbozó una sonrisa entre perpleja y preocupada.

—¿Disculpa?

—¿Qué vio en la autopsia? ¿Cómo murió Percy? ¿Cómo murió mi marido?

La voz le tembló al repetir la pregunta.

Edward tuvo que apiadarse de sus sentimientos.

—Verás, Bells... —empezó para ganar tiempo. No podía utilizar con ella el lenguaje técnico que empleaban en comisaría, de una frialdad escalofriante. No se trataba de un simple cadáver, sino del hombre con el que había compartido su cama, su vida, sus sueños—. Según el doctor Winthrop, Percy...

Como si le hubiera leído la mente, Isobel alzó la mano y lo interrumpió.

—Te ruego que no te andes con rodeos. A estas alturas no tiene sentido proteger mi sensibilidad. Nada de lo que puedas decir va a superar la impresión que sufrí al verlo.

—Tienes razón. Lo siento. —Se aclaró la garganta—.

El caso de Percival presenta una diferencia respecto de las víctimas que le preceden, si bien el cuerpo de policía avala que el sospechoso es el mismo.

Las tres primeras fueron asesinadas antes de drenarles la sangre: Mansfield mediante asfixia, Paulson con veneno, Barnes por embolia aérea.

La causa de la muerte de tu marido, en cambio, fue el desangramiento.

Se le practicó una incisión que el doctor Winthrop describió como «propia de un profesional de la medicina» a la altura de la vena aorta.

Colocándolo en la postura que observaste, es decir...

tumbado boca abajo —continuó, no sin dificultad.

Se había comprometido a mirarla a los ojos durante toda la exposición—, facilitó el goteo constante de sangre.

Si es esto lo que quieres saber, me temo, Bells, que la suya fue una muerte dolorosa.

Isobel hizo un esfuerzo por tragar saliva y no agachar la cabeza, como siempre digna hasta el final. Edward sintió un ramalazo de cariño hacia ella, pero por el bien de su reputación procuró resistir el impulso de abrazarla.

—¿Crees que tuvo miedo, Edward?

—No sé si soy la persona indicada para...

—Debió pasarlo —se respondió ella misma con un hilo de voz—. ¿Cuánto tiempo puede tardar un hombre en desangrarse si la incisión es casi inapreciable? ¿Cinco horas? ¿Siete? Suficiente para llenarse la copa más de cien veces...

Edward palideció.

—¿Cómo te has enterado de lo de la copa?

—Los criados me contaron que habían visto una copa de brandy con restos de fluido humano después de limpiar el salón.

Esta vez no pudo soportar el deseo de consolarla y la tomó de la mano. Si a él le había estremecido leer aquello en el parte, no quería ni imaginarse cómo lo habría recibido Isobel.

—¿Qué motivos crees que podría tener un asesino para servirse la sangre de la víctima en una copa, más allá de porque sea un auténtico degenerado?

La alfombra estaba empapada, lo que significa que de los siete litros que tiene el cuerpo humano solo dos o tres sirvieron a su propósito, pero...

—Calló invadido por la vergüenza—. Perdóname, Bells.

No debería ser tan explícito ni compartir contigo los detalles escabrosos.

—No te disculpes. Necesito todos los datos antes de hacer la acusación.

—Por supuesto, por supuesto. No te mentiré: por más descabellado que suene, hemos barajado la posibilidad de que sea un trastornado mental con la fijación de beber sangre.

No sería el primer caso documentado. En torno a los sesenta, en el barrio de Clapham se popularizó la leyenda de un agresor que atacaba a mujeres y trataba de lamer su sangre; en los años veinte, Nicholas Redferm, natural de Nottingham, fue procesado por atacar a un campesino y probar a beber de su herida...

—Se interrumpió tan pronto como asimiló el comentario de Isobel—.

Un momento. ¿Has dicho «hacer la acusación»? ¿Contra quién?

Ella desvió la mirada a sus manos, entrelazadas sobre el regazo. Llevaba la alianza de su matrimonio encima de los guantes de satén negros. Edward pensó que se había venido abajo la fachada de viuda compuesta y se preparó para consolarla en el caso de sufrir un acceso de lágrimas.

Se equivocaba. Isobel solo estaba buscando el coraje para sincerarse.

—Apuesto a que no me creerás —murmuró—, a que incluso pensarás que he perdido el juicio. Aun así, contarte la verdad es mi deber para con la sociedad de Londres, un acto de justicia por el asesinato de mi marido y, ante todo, una medida necesaria para la protección Lenore.

—¿Lenore? —repitió con un nudo en la garganta. Apretó la mano que no le había soltado. Incluso cubierta pudorosamente con el guante, la notaba fría como un témpano—. ¿Qué ocurre con Lenore? ¿Crees que está implicada de alguna manera?

Ella sacudió la cabeza.

—No está implicada en los asesinatos en sí, pero sospecho que ha...

compartido intimidad con el responsable.

Tratándose de un sujeto tan impredecible y traicionero, no me extrañaría que mi hermana fuera su próxima víctima.

Y por lo que entendí de todo lo que me dijo esa noche, ella tampoco descarta la posibilidad.

Edward —lo llamó para cerciorarse de que permanecía en el momento presente y le prestaba la debida atención.

Él había desviado la vista hacia la pálida y sudorosa Lenore, a la que se notaba visiblemente arrepentida (o al menos cansada) de haber adoptado el rol de anfitriona—. Edward, escúchame.

Pestañeó varias veces y le apretó la mano de nuevo en señal de ánimo.

—Sí, sí... —balbuceó—. Te escucho.

Isobel cubrió la mano masculina con la otra y esperó a tenerlo amarrado por la curiosidad.

—Voy a decirte primero dónde puedes encontrar las pruebas y más adelante resumiré la que es mi hipótesis.

En la casa familiar, en Great Ormond Street —comenzó muy despacio—, mi padre tenía un sótano o laboratorio secreto, como desees llamarlo.

A él se accede bajando por una trampilla oculta bajo la alfombra de su sala de uso personal.

Lenore y yo lo descubrimos la otra noche y, movidas por la perplejidad, echamos un vistazo al material que allí alojaba.

También a su cuaderno de notas. —Hizo una pausa para coger aire—.

Por lo visto, paralelamente a su honrado trabajo en el hospital, había estado llevando a cabo una investigación sobre una...

criatura que presentaba ciertas anormalidades en su constitución.

Todos los experimentos que realizó a su costa están recogidos con rigor científico en el documento que te digo y que ahora mismo está en poder de Lenore.

—De acuerdo —asintió muy despacio—. No sé muy bien a dónde quieres ir a parar.

—¿No? ¿No puedes imaginarte de qué anormalidades hablo?

Recuerda las últimas palabras que profirió mi padre en su lecho de muerte; te las transmití, ¿o las has olvidado?

—Edward sacudió la cabeza con energía. Por supuesto que no lo había olvidado—.

Recuerda el repentino interés de Lenore por los penny dreadfuls de Varney.

Recuerda que se escapaba sola por las noches para citarse con alguien a quien debía mantener en secreto.

Recuerda cuánto te extrañó que se relacionara con el doctor Winthrop.

Según me comentó Noor, ambos han estado estudiando juntos una enfermedad anómala e incurable cuya singularidad reside en que las bacterias son inmortales. Como quien las porta.

Edward tardó en reaccionar y, cuando lo hizo, apenas consiguió esbozar una sonrisa incrédula.

—¿Qué me estás queriendo decir? ¿Que el asesino es un vampiro?

Isobel no se reía.

—¿Por qué iba a drenar la sangre de sus víctimas, si no?

Yo estuve en ese sótano, Edward, igual que estuve en el salón cuando el cuerpo de Percy aún no se había enfriado.

Tanto el laboratorio secreto como mi casa habían sido conquistados por una insólita negrura.

La sala de estar ya no era la sala de estar, sino un cementerio, un terreno estéril.

Había un ambiente sombrío y un silencio que chirriaba en los oídos, como si por allí hubiera pasado la muerte...

Creo que Lenore encontró al asesino antes de que empezara a matar —sentenció— y ahora lo protege porque está enamorada de él.