CAPÍTULO 30
El caso del asesino hematófago acabaría suponiendo un escándalo de proporciones bíblicas.
Esa era la verdad. Edward lo sabía porque contaba con una referencia muy reciente del gravísimo problema en el que podía degenerar no poner solución al misterio cuanto antes: otra dramática ristra de homicidios sin resolver al más puro estilo Jack el Destripador saldría por el alto precio de la credibilidad de Scotland Yard.
Edward bien podía ser el humilde inspector adjunto de una comisaría apartada de la mayoría de los crímenes del último asesino en serie, es decir, alguien con limitaciones de cara a la investigación, pero aun así se tomaba la inutilidad del cuerpo como un fracaso personal.
Encontrar al causante se había convertido en su primera y única responsabilidad.
Sobre todo porque el nexo común entre las víctimas era Lenore.
Una prostituta con la que había alternado la noche anterior.
Un pretendiente con el que había bailado la noche anterior.
Un médico con el que había coincidido, si no la mañana anterior, un par de días antes.
Y, por último, su cuñado, al que, según el testimonio de Isobel, había visto durante una visita inesperada horas antes de su trágica muerte.
El cementerio de Kensal Green no era el lugar indicado para repasar las pistas del caso, pero ni siendo consciente de sus obligaciones para con la viuda, que no eran otras que ofrecerle su consuelo y apoyo, podía detener el engranaje de hipótesis.
Al funeral de Percival Bainbridge habían acudido, además de su extensa familia —tenía todo un ejército de primos repartidos por la capital y alrededores—, gran parte de los clientes de su despacho y amigos de su padre.
Edward se había estremecido después de estrecharle la mano al señor Bainbridge.
Se había mantenido asombrosamente estable durante el acto ceremonial más traumático que afrontaría en su vida, pero bastaba mirarle a los ojos inyectados en sangre, ausentes, para saber que nunca asumiría el hecho antinatural de haber sobrevivido a su único hijo.
Solo había atinado a pronunciar cinco palabras después de oír el rosario de pésames que Edward había proferido.
—Encuentre al responsable, inspector Whishaw.
Y el inspector Whishaw se lo había prometido con toda la intención de cumplirlo.
La agitación no era exclusiva del padre del difunto.
Una mirada en derredor había informado a Edward de los ánimos populares.
Empezaba a correrse la voz de que un asesino despiadado le había tomado el testigo al Destripador, con la diferencia de que este no hacía distinciones de clase.
Para la Policía Metropolitana, el detalle pasaba desapercibido entre rigurosas descripciones del estado en el que se encontraban los cadáveres, la que era la mayor preocupación.
Pero el vulgo estaba interpretando su falta de escrúpulos hacia la burguesía como una señal apocalíptica.
¿Qué clase de individuo perseguía y mataba a un digno abogado, a un cirujano de renombre o al propietario de una fábrica de muebles?
En comisaría habían barajado toda suerte de teorías para explicar sus motivaciones: desde el resentimiento hacia el privilegio de clase, como había proclamado el inspector jefe Mandeville, hasta que se trataba de un pretendiente de Lenore que no había podido soportar el rechazo.
Esta última hipótesis la sostenía él, inspirado por el misterio que giraba en torno al presunto amante que le había mencionado Isobel y del que aún no tenía la menor noticia.
Huelga decir que no la había compartido con su superior, preocupado por el modo en que pudieran tratar a Lenore.
Al menos no veía periodistas en las proximidades, se consoló.
Edward había vigilado con detenimiento el trasiego de los asistentes, cómo y con quién interactuaban, y no había observado en nadie la ambición carente de conciencia de quienes ejercían la profesión comunicadora.
Edward despreciaba con todo su ser a los redactores de artículos, todos ellos oportunistas entregados al sensacionalismo o, peor, simples y llanos embusteros que venderían a su propia sangre con tal de encontrar una exclusiva.
Pocos había con una verdadera vocación por informar y advertir a los lectores.
La mayoría iba por el mundo convencida de que husmear sin invitación en vidas ajenas y meter el dedo en la herida estaba justificado si se hacía en el nombre de la libertad de prensa.
El hombre honrado que era defendía que la ciudadanía estaba en su derecho de conocer la gravedad del caso.
De hallarse en los zapatos de alguno de los asistentes al funeral, Edward jamás perdonaría a los dirigentes de la institución policial, como tampoco a los altos cargos del gobierno, por no haber sido puesto sobre aviso de la amenaza que pendía sobre sus cabezas.
Pero el agente que había en él debía adherirse a la máxima de Scotland Yard —la discreción— y proteger el secreto del Hematófago a toda costa para que no cundiera el pánico en las calles.
Podía consolarse con que al menos él tenía la dudosa suerte de conocer los detalles. Esto le había permitido tomar cartas en el asunto imponiendo un riguroso toque de queda a su madre y a sus hermanas.
También había listado lo que no podrían hacer bajo ningún concepto.
Abrir la puerta a extraños, entre otras cosas.
—¿Y qué esperas que haga aquí encerrada todo el santo día? —había refunfuñado Seraphina, dejándose caer con dramatismo en el sillón. Con los brazos cruzados recalcó su frustración—: ¡Los vecinos van a pensar que nos hemos vuelto unos ermitaños!
—Que lo piensen —había zanjado él—. No debería extrañarle a nadie que se os hubiera contagiado el carácter gruñón y solitario de un padre escritor.
Seraphina sería difícil de meter en cintura una vez cumpliera la mayoría de edad, pero mientras tuviera quince años, habría de someterse a sus órdenes. Ophelia era más razonable; había salido a su madre. Ambas se limitaron a asentir y no hacer más preguntas.
A quien no podía proteger era a Lenore, porque Lenore sí era libre. Y si además era indirectamente responsable de los casos, sería objeto de un escrutinio policial del que tampoco podría ponerla a resguardo.
Edward lanzó una mirada turbada en su dirección.
Se ablandó al verla estrechar manos y regalar sonrisas de circunstancia a quienes se acercaban a consolar a la viuda.
Isobel no estaba en condiciones de atender a toda la parentela Bainbridge, y Lenore, encantada de ser de ayuda por una vez, había adoptado solemnemente el papel de anfitriona.
El concepto de «ser anfitriona de un funeral» entristeció a Edward, por Isobel y por Lenore. Ninguna de las dos había tenido una vida fácil. Justo cuando parecía que el destino le empezaba a sonreír a la primogénita, sufría una pérdida irreversible.
Había querido ser prudente y no atosigarla, pero la compasión acabó convenciéndole de abandonar el puesto de vigía.
En el camino de acercarse a Isobel trató de medir los ánimos.
No había tenido que desempolvar las prendas de luto para la ocasión.
Ya lo estaba vistiendo con el obligado rigor tras el fallecimiento de su padre.
Incluso de negro de la cabeza a los pies, con un sencillo moño en la nuca y ni un toque de maquillaje en las mejillas, Isobel irradiaba la clase de belleza de otro tiempo que hipnotizaba a los frívolos e intimidaba a los sabios.
—Bells —la llamó en voz baja.
Ella giró la cabeza en su dirección.
Tenía los ojos tan secos que se le había enrojecido el cerco de los párpados.
Su mirada estaba completamente despejada, como si haber sido testigo del crimen le hubiera revelado una dimensión del mundo que permanecía oculta para los demás.
Edward sabía que el dolor era una experiencia transformadora, pero a Isobel no la había cambiado; la había despertado.
Aunque parecía impaciente por marcharse de allí y estaba exhibiendo una actitud huraña del todo impropia de sus exquisitos modales, todavía sabía guardar las apariencias.
—A ti te estaba buscando —dijo ella con aplomo—. Gracias a la colaboración de Noor puedo abstraerme un rato de esta locura y sentarme a hablar contigo.
—¿Sobre Percy?
—Sobre el asesinato, sí.
Le impactó que pudiera señalar la tragedia como si le hubiera ocurrido a otro.
Debía de estar fuera de sí, se lamentó Edward.
Si algo había observado en la educación de las jóvenes, era que les enseñaban a mencionar los asuntos peliagudos siempre de soslayo o con eufemismos.
Las instaban a desaprender las palabras que podrían impregnar sus discursos de un exceso de pasión o, no lo quisiera Dios, de una opinión política.
Una señorita no podía nombrar las cosas por su nombre si esas cosas corrían el riesgo de afearla o restarle elegancia.
—La información que proporcionaste al cuerpo sobre el estado en el que lo hallaste fue más que suficiente, Bells —la aplacó él—.
Gracias a ti podremos avanzar en la investigación a pasos agigantados.
No es necesario que te fuerces a revivir semejante fatalidad...
y, además, no creo que este sea el momento de ahondar en la criminalística de la tragedia.
Isobel le sostuvo la mirada sin cambiar de expresión.
—Pensaba que a las viudas, aunque fuera por piedad, se les concedía algún que otro capricho, pero ya veo que están tan obligadas a callar y otorgar como las mujeres casadas.
—¡Por supuesto que no! —Tragó saliva, escarmentado. Él no se dio cuenta, pero escudriñó el rostro de su amiga de la infancia con recelo, como si de pronto la temiese. Y qué sabio temer a una joven herida—. Si es lo que deseas, hablaremos. Claro que sí.
Sin mayor dilación, Isobel pasó por su lado con seguridad en busca de un espacio algo más retirado. Los asistentes al funeral, empezando por el padre del difunto y terminando por el barón Fellowes —a cuál más conservador—, no le perdonarían a la doliente la osadía de descuidar su puesto.