CAPÍTULO 29 #3
—Estoy curado de todas las pasiones humanas, Lenore —intervino con gentileza—.
No es necesario que te preocupes del estado de mi ego.
Lo primero que uno aprende cuando se acostumbra a sobrevivir a todos sus seres queridos es a apreciar lo que se le ofrece durante el tiempo que se le ofrece, sin tratar de hacerlo suyo nunca.
—Pero yo quiero que sepas que no pienso en él cuando estoy contigo.
—Y de seguro tampoco piensas en mí cuando estás con él —repuso con naturalidad.
Lenore abrió la boca para defenderse, no sabía si más contrariada o abochornada, pero Dariy la aplacó acariciándole la cara con los dedos—.
No te avergüences ni me pidas disculpas.
Vivir con el corazón fragmentado es doloroso, especialmente si cada fragmento pertenece a un hombre.
La situación empeora cuando se vive en estos tiempos estrictos en los que te ha tocado nacer.
Pero amar a más de una persona a la vez reconociendo sus distintas virtudes y sin forzarlas a competir entre ellas es un don maravilloso.
—¿Tú lo tienes? —murmuró.
—No. Mi corazón pertenece a la noche, que es cuando vuelvo a la vida y mi soledad es menos miserable.
Eso significa Edward Whishaw para ti. —No era una pregunta—.
El lugar al que acudes cuando ya no aguantas ni un segundo más de silencio; el hombre que te salva del en teoría pacífico aislamiento que te has impuesto para no desbordarte.
«No temo al desbordamiento. Si lo hiciera, no te buscaría a ti tampoco», estuvo a punto de espetar, pero le resultó sospechosa su propia determinación a negar que Edward existía, como también el afán por transmitirle a Dariy que él y nadie más era el verdadero objeto de su devoción.
Una parte de ella quería ofrecerle consuelo y pensaba que reivindicando su superioridad respecto a Edward conseguiría alejarlo un paso más del precipicio por el que insistía en arrojarse.
Por otro lado, le era antinatural sacar a colación a Edward en una conversación con Dariy, del mismo modo que le resultaría violento mencionar al homo immortalis en presencia del inspector.
Eran dos realidades opuestas que existían en armonía precisamente porque no se mezclaban, porque a cada uno le correspondía una parcela distinta y un rol diferente en el mapa mental de Lenore.
Pero si se contuvo a la hora de replicar fue, sobre todo, porque él se habría percatado de la mentira.
Con Edward se desbordaba. Con Dariy no. Esa era la verdad.
Lenore se había entregado sin renuencia a la curiosidad y la fascinación que le inspiraba el ser inmortal.
Su corazón había sabido desde el principio que nunca estaría en peligro amando a una criatura poderosa, libre, que no exigía y, sobre todo, a salvo de la muerte y la condena del olvido.
Edward era harina de otro costal.
Edward era solo un hombre.
—Amar en el mundo sensible plantea sacrificios que despojan a una mujer de su individualidad.
Su carácter y sus sueños desaparecen en el impulso natural pero autodestructivo de dar para contentar al amado hasta quedarse con las manos vacías —contestó en tono neutro, aunque temblaba por dentro—.
Y más allá de que la práctica del amor se sustente en la abnegación y la renuncia, es también una empresa que conduce inevitablemente al fracaso, al olvido o a la separación.
Todas las relaciones humanas tienen los días contados, si no por la debilidad y las limitaciones del espíritu mortal, por la ineludible amenaza de la Guadaña.
—Desde luego es más cómodo enamorarse de un monstruo inmortal —comentó Dariy con diversión—.
Será él quien te vea enfermar, envejecer y morir a ti, en ningún caso tú a él, y para colmo te asegurarás una historia de elevado romanticismo porque de seguro surcará los mares del tiempo para verte aunque sea una última vez.
Lenore se ruborizó al saberse descubierta. Dariy, lejos de ofenderse con sus fantasías egoístas, se compadeció de ella soltando una risa ligera.
Cubrió su mejilla con una caricia.
—¿Ves como no puedes morir, urechiușă ? —musitó él, abstraído en su contemplación—. Si lo hicieras, serías una pálida e inexpresiva escultura grecorromana. Perderías tu sonrojo.
Lenore se apresuró a agarrarle de la mano.
—Pero ganaría una vida junto al único hombre capaz de provocármelo.
—No soy el único hombre. Ni siquiera un hombre, ¿recuerdas? E insistes en olvidar que he visto esa vida. Puedo decirte con pleno conocimiento que serás la señora Whishaw y el próximo verano estarás paseando por las calles de Bath con un precioso niño en tus entrañas.
Lenore aguantó la respiración. Se aferró a la mirada de Dariy, a todos esos mundos que contenía, para no pensar ni por un solo segundo en la opinión que le merecía su pronóstico.
—¿Y si muriera? ¿Y si me transformaras?
—Lo que insinúas no es tal y como se da en los libros que has leído...
aunque, ahora que lo pienso, en este punto de la historia la literatura vampírica no está ni la mitad de avanzada de como andará en los próximos siglos —se rio él—.
El caso es, Lenore, que la vida eterna no es para todo el mundo.
—Pero debe existir un ritual de conversión, ¿no es cierto?
—insistió, envalentonada—. Tú fuiste humano antes que inmortal, y fuiste un recién convertido sobreexcitado, alocado y temerario antes de convertirte en una criatura soberana de sí misma.
Has debido investigarlo e intentarlo, si no por curiosidad, al menos para no enfrentarte solo a la eternidad.
Porque odias la soledad. Puedo verlo. No te habrías arriesgado a todo lo que ha ocurrido después apareciendo en el funeral de mi padre si en el fondo no hubieras ansiado compañía.
Dariy suspiró sin otro remedio. Carecía de sentido negar una verdad semejante.
—Esa es mi condena. Abrigar deseos imposibles. Las veces que he cometido la imprudencia de luchar contra mi sino, las consecuencias han sido nefastas.
—¿Y bien? —lo instó a continuar, viendo que guardaba silencio—. Háblame de esos fracasos. De todas tus vidas.
—Esa sería una conversación muy larga, y tú no estarás aquí para siempre.
—Pero sabes hasta cuándo estaré contigo, ¿no es cierto?
—No. Puesto que soy un elemento anormal y ajeno a la experiencia humana, las horas y días que interactúas conmigo no constan en la crónica de la historia.
He de reconocer que cuando te he buscado en el futuro y no te he encontrado enseguida, no he seguido esforzándome por seguir las pistas —añadió con una sonrisa pueril—.
Me he concedido la indulgencia de creer que estabas a mi lado y por eso habías desaparecido.
—¿Quieres decir que has surcado los mares del tiempo para verme una última vez? —probó a bromear, aunque le ardía el pecho de emoción. Aguardó a que él asintiera con solemnidad—. ¿Te guiaba la piedra de luna, navegante?
—No —respondió dulcemente—, pero porque yo te la regalaba antes.
Dariy levantó la mano que había estado descansando sobre su regazo y le mostró la palma.
Por obra de un hechizo, o quizá de un espejismo, la piedra de luna que había llamado su atención la primera vez que lo visitó había aparecido en el cuenco de su palma.
Bajo la luz artificial de las lamparillas transmitía otra clase de energía, en ningún caso menos mágica.
Lenore aceptó el obsequio con una sonrisa temblorosa, pero no se dejó maravillar con los destellos azulados del mineral. Ahora que sabía, con independencia de lo que sostuviera Dariy, que tenía los días contados, la había embargado la urgencia desesperada de exprimir cada segundo.
Depositó el regalo sobre la mesilla de noche con cuidado y encaró a Dariy seriamente.
—Entonces solo puedes ofrecerme la certeza del ahora —dedujo en voz baja.
—Así es.
—En ese caso, no perdamos el tiempo. —Lenore se abrazó a sus hombros y proyectó todo su peso encima para tenderlo sobre la cama—. Intentemos hacer una eternidad de lo que nos queda de noche.