Immortalis CAPÍTULO 29 #2
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CAPÍTULO 29 #2

Ceñuda y en parte indignada porque ni siquiera su pasión hubiera servido para que cambiara de opinión sobre el futuro, abandonó su refugio.

Alargó la mano hacia el amasijo de satén que habían desterrado de la cama y lo sacudió hasta que recobró la forma de batín.

Se lo puso sobre los hombros y luego se enfundó las mangas como si lo hubiera hecho cientos de veces antes.

Él reparó en la naturalidad con la que se apropió de su prenda, pero no dijo nada. Solo la miró con una mezcla de anhelo y tristeza, como los amantes se miraban durante las despedidas.

—Lo siento, señor Vranitsky, pero no puedo estar más en desacuerdo —determinó ella—.

Es posible que abandere la idea de que mi vida individual ha alcanzado su apogeo y ya es poco lo que pueda hacer de valor a partir de hoy, pero soy de naturaleza optimista, y lo que vengo observando a mi alrededor en lo relativo a los avances tecnológicos solo me inspira a reafirmarme en el hecho de que la humanidad se dirige a su perfeccionamiento.

Gracias a genios como Joseph Lister, Robert Koch y Pasteur, quienes han promovido el uso de antisepsia en quirófanos, el estudio de microorganismos y el desarrollo de las vacunas respectivamente, la esperanza de vida del ciudadano promedio, así como su calidad de vida, aumentará con el tiempo —señaló con orgullo—.

El telégrafo ha unido los continentes, lo que dará lugar a un compromiso de crecimiento entre países unidos.

El ferrocarril, el tranvía; el saneamiento urbano, el alumbrado eléctrico y el motor de corriente alterna que este mismo año ha presentado el señor Nikola Tesla...

Todo eso es motivo de celebración. Por no mencionar que las mujeres empiezan a acceder a la educación y proliferan los movimientos obreros que garantizarán sus derechos sociales.

Ha habido amenazas de enfrentamiento fruto de conflictos no resueltos, eso es cierto, pero un sistema de alianzas entre naciones comienza a fraguarse para evitar que desemboquen en una guerra.

Dariy la había estado escuchando con una sonrisa casi inapreciable. Escondía la sabiduría resignada del que conocía demasiado bien la naturaleza destructiva y egoísta de la humanidad, pero que jamás compartía su decepción con quien aún tenía esperanza.

—Aún no puedes ni imaginar por qué todo eso que has mencionado, si bien parece positivo en una primera instancia, podría conducir al fin de los tiempos. Es comprensible. No seré yo quien menosprecie estos avances y desmonte tus teorías de... ¿«perfeccionamiento humano», habías dicho?

—¿No te parecen avances significativos, acaso?

—Muchos son motivo de orgullo, no lo negaré.

Pero ¿no puedes imaginarte las complicaciones que traerá un exceso de población en la Tierra?

, ¿una población envejecida, para más inri?

¿Y qué significa que la burbuja de la industria no haga sino crecer motivada por la tecnología?

Un empeoramiento del smog londinense y un aumento del desempleo por mecanización del trabajo en fábrica.

Tú no vas a sufrir las consecuencias negativas del saneamiento de los barrios, puesto que eres una princesa moderna —sonrió con dulzura—, pero las mejoras urbanas siempre suceden en detrimento de las familias de bajos recursos, que por la subida de los precios dejan de poder acceder a las viviendas cómodas de los distritos seguros.

Por no mencionar el impacto de la urbanización del territorio sobre el medio natural.

Y se te ha olvidado mencionar el imperialismo, Lenore, la enfermedad más asquerosa de la que ha adolecido y adolecerá la Tierra.

Una para la que no hay cura, pues con el tiempo no desaparecerá, sino que se transformará en una práctica de Estado aún más perjudicial.

—Por favor... —Puso los ojos en blanco—.

Eres un pesimista empedernido, señor Vranitsky.

Si nos esforzamos, podemos buscarle un defecto a toda gloria divina que se nos ocurra.

¡Seguro que, si te digo que Jesucristo murió en la cruz por la salvación de los pueblos, me dices que con su gesto no hizo sino reafirmar nuestra condición de pecadores y por su culpa ahora cargamos con el estigma!

Dariy soltó una carcajada. Se acercó la pipa a los labios para puntualizar con sorna:

—También creo que tenía mucha sed de protagonismo.

—¡Qué poca vergüenza! —le reprochó con exagerada indignación, pero enseguida le devolvió la sonrisa—. Supongo que la decadencia de la humanidad es un motivo válido para querer desaparecer, sí, pero ¿no has visto a dónde se conduce tu mundo particular? Quizá para ti en concreto sí haya esperanza.

Él sonrió de lado, divertido con su planteamiento.

—¿Eso es lo que te importa? ¿Que para mí sí haya esperanza? —No le dio pie a contestar, suspirando con cansancio—. Incluso yo pertenezco a la comunidad, Lenore. Si la Tierra y sus habitantes sufren, yo lo haré por extensión.

—Si tienes la certeza de que la Tierra sufrirá, así como de que yo me casaré, engendraré hijos y seré amada por un hombre bueno, es porque lo has visto, ¿me equivoco?

—tanteó sin avergonzarse de lo que sugería con su exceso de fe.

Dariy no había confesado poseer un don para acercarse al futuro, pero a esas alturas, y para horror de su mente racional y su adhesión a los preceptos de la física, Lenore estaría dispuesta a reconocerle cualquier tipo de talento sobrenatural—.

¿Has visto también que tú mismo serás infeliz?

Dariy le sostuvo la mirada, como si lo necesitara para asegurarse de que no revelaría su secreto.

—No puedo ver mi futuro —respondió al rato con pies de plomo—, pero sí el tuyo.

—¿Qué sentido tiene eso?

—Que tú eres mortal, lo que significa que tu vida ocupa un intervalo de años en el mapa del tiempo. Yo, al ser atemporal, no figuro en él. Esto me permite moverme por los siglos con relativa libertad.

El descubrimiento le había interrumpido el aliento.

Según el modelo de cosmología y física clásica dominante promovido por el genio de Isaac Newton, el tiempo era lineal, uniforme y absoluto. De nuevo Dariy desmentía una creencia sólidamente asentada en el imaginario popular.

El suyo incluido.

—Supongo que tiene sentido —murmuró, pensativa—. Si lo piensas, lo que determina el paso del tiempo es el envejecimiento y la extinción de las cosas. Quien esté exonerado de estas penas capitales existe al margen de la realidad temporal.

Dariy se enorgulleció de su perspicacia y alzó la pipa en señal de brindis.

—Eso es.

—Dices que puedes moverte por los siglos con libertad. ¿Solo por los que han ocurrido, o también por los que aún no han llegado?

—Por todos los que ya hemos superado y los que nos quedan por experimentar —confirmó, y como si le hubiera leído la mente, añadió—: El tiempo no es lineal como proponía Newton, Lenore, y el futuro no es un misterio por descubrir.

Todo ha sido ya escrito. Ninguna voluntad, por férrea que sea, puede cambiar el curso de los acontecimientos.

—Y si, por ponerlo de un modo coloquial, ya está todo el pescado vendido, ¿por qué dices entonces que la vida nos guarda sorpresas?

Dariy curvó los labios como si hubiera esperado una réplica semejante.

—Que todo haya sido escrito no significa que lo haya leído.

Digamos que la historia del mundo es un libro denso y con un lenguaje muy críptico que solo a veces me animo a hojear, pero que nunca entenderé en su conjunto y que nadie en su sano juicio se sentaría a descifrar.

Tú ni siquiera tienes la oportunidad de echarle un vistazo, así que la ilusión de cada una de tus sorpresas te llegará intacta.

—Entonces es cierto que has visto mi vida.

—No toda. La condición de viajero del tiempo no es tan fácil de dominar.

No es como si pudiera ver en tus ojos el modo en que se dará cada uno de tus días hasta que te llegue la hora.

Si quiero averiguar dónde estarás dentro de diez años, tengo que movilizarme hasta el año 1901 y llevar a cabo una investigación propia de detective privado (buscarte por el mundo entero, en definitiva) hasta encontrarte.

Por suerte para mí —continuó con buen humor—, dispongo de todo el tiempo de la eternidad para cumplir la tarea, así que no me supone un gran esfuerzo.

—¿Y lo sabes? —preguntó acongojada—. ¿Sabes dónde estaré en 1901?

—Lo sé —respondió con una pequeña sonrisa—, pero no te lo diré. Como te digo, estaría arruinando la sorpresa, ¿no te parece?

—¿Estaré contigo? —inquirió sin pensar.

La sonrisa de Dariy se suavizó hasta casi desaparecer.

—Ya sabes que yo no figuro en el mapa de la eternidad.

Incluso si estuviera contigo, no podría saberlo con certeza puesto que estoy muerto.

O, si quieres verlo de otro modo —se corrigió a sabiendas de que Lenore odiaba el recordatorio de su condición—, soy invisible, algo que no forma parte del progreso o el devenir de la sociedad.

Pero si tuviera que apostar juzgando por lo que he visto, diría que no.

—Le acarició la mejilla con los nudillos y añadió con ternura—: Diría incluso que me has olvidado.

Lenore se tensó.

—Eso es imposible.

—¿Lo es? —Enarcó una ceja y esperó a que Lenore hubiera dejado de boquear en busca de una defensa verosímil para proseguir.

No la encontró, por supuesto. No existía modo humano de rebatir las certezas universales que un viajero había visto.

Él atrapó un mechón de su pelo entre los dedos y lo acarició, pensativo—.

Prueba de que no miento es que cuando viniste a verme ayer ya no olías a biblioteca.

Ella pestañeó extrañada por el cambio de tema.

—¿A qué olía?

—A hombre. —Hizo una pausa para mirarla con afecto—. Al que te amó antes que yo.

Lenore se mordió el labio.

—Oh. Bueno. Sobre eso... —balbuceó. Se ruborizó furiosamente—. Ninguna dama que se precie de serlo debería anunciar algo así, ni con orgullo ni sin él, pero cierto es que no eres mi primer amante. Tienes que comprender que estaba desencantada. Acababas de romper mi corazón, y...