CAPÍTULO 29
Lenore había pasado las últimas horas luchando contra sus necesidades humanas para no decepcionar ni a Dariy ni a sí misma.
El cúmulo de emociones vividas los últimos días se había cristalizado esa noche y ahora se sentía fuera de sus cabales.
Y, aun así, el sueño y el hambre se habían materializado para recordarle que, incluso si estaba viviendo una experiencia única, incluso si ni el mundo ni ella misma volverían a ser los mismos, seguía padeciendo las flaquezas de la mortalidad.
No las había escuchado. En su lugar había prestado atención a otra clase de procesos internos: los que pudieran guardar relación con la enfermedad del homo immortalis .
El instinto le decía que más pronto que tarde se le manifestarían los síntomas que se habían llevado a su padre, los que había sabido desde el principio que serían el precio que pagar por vincularse con una criatura de la noche.
Lejos de temer al dolor, las fiebres, las manchas y el delirio, esperaba con paciencia y cierta ilusión las consecuencias de sus actos, como cualquier mujer que se relacionaba sin miedo con la muerte.
De todas las veces que había tratado con la Parca —la noche que murió su padre, la tarde que su madre espiró el último aliento—, su experiencia más sobrecogedora, por distinta y por romántica, estaba siendo aquella: la de compartir con Dariy la mayor de las intimidades, que por supuesto iba más allá del sexo.
Lenore le había entregado, además de su cuerpo, su voluntad de vivir.
Estaba orgullosa de que su viaje acabara con este último recuerdo grabado en el pensamiento: el de Dariy desnudo frente a ella, alumbrado tan solo por la sombra dorada de las lamparillas.
Fumaba despacio de la pipa narguile sin apartar la vista de su víctima.
A la luz artificial, la única que podía permitir que le coloreara las facciones sin correr el riesgo de quemarse, su rostro parecía otro.
Perdía el aire peligroso del que lo dotaban sus cómplices, las sombras y la belleza nostálgica de la luna.
Parecía menos misterioso, más accesible. Hasta cierto punto cálido.
O a lo mejor no era él quien había cambiado, sino la visión que ella tenía. El amor humanizaba también a los monstruos.
El reloj pendía sobre sus cabezas como una guillotina.
Su tictac marcaba una cuenta atrás. Al cabo de veinte minutos, se cumplirían las tres horas desde que se había alimentado.
Entonces, Lenore lo vería morir, y, regresando a ese estado antinatural que en su caso era la normalidad, se llevaría consigo la posibilidad de volver a tomarla entre sus brazos.
—¿Tienes miedo? —le preguntó ella en voz baja—. ¿Te dolerá?
Él apartó la boquilla de la pipa y expulsó el aire aromatizado muy despacio.
—Ninguna de ambas cosas. Morir es sorprendentemente placentero, urechiușă .
—¿Más placentero que hacer el amor?
Sus ojos centellearon con diversión. Esa noche, al amparo de las luces, no eran negros, sino color ámbar. Volver a la vida había intensificado los destellos rojizos que ardían en el corazón de sus pupilas.
Más que vivo, parecía que estuviera loco y pudiera ver más allá de lo material.
—No.
Lenore se reacomodó entre las piernas de Dariy, donde había encontrado un hueco perfecto para encajar las caderas. Lo había atrapado entre sus piernas permaneciendo sentada en su erección y cruzando las pantorrillas a su espalda. Él imitaba tanto la pose como su determinación a no dejarlo escapar.
Nunca habría imaginado que sería posible reproducir una postura así con un hombre, ni siquiera con el marido o el amante de una, sin morir de vergüenza o partida por el rayo de un dios defensor del decoro.
—¿Por qué no me muerdes, entonces? —siguió preguntando en voz baja.
Habían establecido de forma tácita un lenguaje de susurros para comunicarse a lo largo de la noche—.
Aliméntate y vive un rato más. Sé que no me matará más de lo que ya lo hará que estés dentro de mí.
El mordisco en sí no fue lo que acabó con Felicity, ¿verdad?
Dariy soltó la pipa con una sonrisa indulgente y la rodeó por la cintura. Presionó con los dedos lo justo para volcarle las caderas y producir la delirante fricción que le arrancaría un gemido a la joven.
—Si esto fuera a matarte, Lenore —le dijo al oído—, te habría echado de aquí antes de que te desnudaras.
—Proteges mi vida como si fuera lo más valioso.
—Puede que no sea lo más valioso —la corrigió, burlón—, pero es valioso.
—¿Has sentido alguna vez, en alguna de tus otras vidas, este deseo de conservación?
Oyó su risita divertida.
—¿Esa es la manera científica de preguntar si me he enamorado antes?
—O si has coincidido con un ser humano capaz de hacerte lamentar tu condición inmortal.
—Envidio la humanidad en sí por infinidad de razones. Muchas de ellas no podrías entenderlas, y las demás no puedo describirlas. Soy asombrosamente susceptible a la belleza mortal.
—Entonces te has enamorado —confirmó, muerta de curiosidad.
—Es como preguntarme si alguna vez me he aburrido, ¿no te parece? Solo imagina la cantidad de personas asombrosas que se pueden conocer en cientos de años.
—¿De cuántos cientos de años estamos hablando con exactitud? Dijiste trescientos, ¿no?
Dariy volvió a reírse por lo bajo. Esperó a haber dado una calada y a haber expulsado el humo para contestar. Cuando lo hizo, tenía los ojos entornados para protegerlos de la niebla gris que lo convirtió por un segundo en un bello espejismo.
—Algunas señoritas en tu situación civil temen acabar casadas con hombres que les doblan la edad —comentó en tono socarrón—.
Digamos que yo excedo por mucho los límites de una soltera exigente, y que superé tus tiernos diecinueve años antes de que se fundaran las ideas ilustradas que tanto te inspiran hoy.
—¿Es que no puedes responder a ninguna pregunta sin caer en la ambigüedad? —protestó, exasperada.
—Puedo. Alguna debe haber —respondió con aire risueño—. Pero tienes que encontrarla.
—¿Qué tal esta? ¿Cómo estás tan seguro de que no enfermaré?
Cierto es que sobreviví a tu primer beso sin manifestar síntoma alguno.
También al segundo. Pero esta vez me será imposible escapar del contagio.
Me he expuesto... —se interrumpió para tragar saliva, nerviosa y excitada, cuando él se acercó para rozarle los labios— demasiado.
Dariy desplazó las manos de su cintura a sus muslos para placarla contra el colchón de un rápido movimiento. Con el cambio de postura, profundizó en la penetración.
Lenore exhaló un suspiro aliviado y se abrazó a sus hombros.
Como coreografiados, ambos lanzaron un vistazo ansioso al reloj; diecisiete minutos.
Diecisiete minutos hasta que su sangre dejara de circular, su corazón dejara de latir, sus mejillas perdieran el color y la unión entre sus cuerpos fuera imposible.
—¿Sabes? Creo que más que aprovechar el tiempo que nos queda, quieres distraerme.
Me resulta cuanto menos curioso que no quieras ni oír hablar de mordiscos cuando ya me has llenado de marcas —jadeó Lenore, y no exageraba un ápice.
Procurando no hundirle los colmillos más allá de la carne, Dariy había sellado sus hombros, brazos, vientre e ingles con la firma de su condición, y aunque ella no se había mirado aún, sentía el escozor de las heridas y se recreaba en cada una de estas—. ¿Qué es una más?
Dariy enarcó una ceja y se acomodó de rodillas a las puertas de su sexo, seguro de su poder y belleza. La sujetó firmemente de los muslos antes de volver a coger la pipa y retomar el rítmico vaivén de las penetraciones, que no había perdido fuerza.
—¿Por qué quieres que te muerda, Lenore? —le preguntó sin darle tregua.
El placer le nubló el juicio y una ardiente confesión brotó de sus labios.
—Porque quiero que me hagas todo lo que puedes hacerle a una mujer.
—Eso no me sorprende. Ya sé que hasta pretendes que acabe contigo.
—Pretendo, sobre todo, que vivas lo suficiente para amarme otra vez.
Dariy fumaba con reposo, embistiéndola lenta y seductoramente. Dejó la pipa sobre las sábanas para inclinarse sobre ella. Los mechones más largos de su pelo le hicieron cosquillas en las mejillas cuando habló a un palmo de su rostro.
—¿Qué te hace pensar que todo tipo de sangre me gusta o me sirve?
—Nada, porque no pienso tal cosa. Lo que sí sostengo es que yo en concreto te gusto.
—Estás muy pagada de ti misma.
—Culpa tuya —señaló Lenore con un resuello. Le hundió los dedos aún más en los hombros y recorrió las latitudes de su espalda hasta aterrizar en su cintura—. Podrías haber elegido a cualquier víctima... y soy yo la afortunada.
Dariy sonrió antes de besarla en los labios.
Tal parecía que con la condición de estar vivo le hubieran regresado el espíritu soñador y la capacidad de reírse, reírse de corazón, como si la cura de la muerte supusiera también la salvación del cinismo.
La aplastó con su cuerpo, cuyo calor iba mermando por momentos, y la mandó una vez más a la cumbre del placer.
Lenore se sumergió en las sensaciones con la única prohibición de no cerrar nunca los ojos para no olvidar que era él quien le estaba haciendo el amor.
Minutos más tarde, ambos contemplaban el artesonado de madera del techo con expresión entre satisfecha y turbada.
Ella se había apoderado del extremo de la pipa para descubrir a qué sabía la huella de sus labios.
No le convenció la experiencia de fumar, sin embargo.
Era una de esas tantas cosas que solo la fascinaban cuando era Dariy quien las hacía.
—¿Puedo seguir probando a adivinar cuál es la pregunta que responderás con franqueza?
—Puedes.
Lenore ladeó la cabeza hacia él y contempló su majestuoso perfil durante un rato.
—¿Por qué quieres morir, Dariy?
—Porque he visto que el mundo se conduce inexorablemente a su destrucción.
La seguridad con la que se pronunció la hizo vacilar.