CAPÍTULO 28 #3
Una gota fría le cayó sobre la coronilla.
Una segunda gota aterrizó en la nuca, expuesta por el moño informal.
Se incorporó con el cristal aún en la mano y alzó la vista hacia el techo esperando toparse con el gancho de la lámpara.
La tercera gota, más gruesa y de una densidad inesperada, le manchó la mejilla.
Se la habría limpiado si no hubiera descubierto justo entonces de dónde provenía: no de las goteras, pues no era agua, sino de la herida en el cuello del cadáver que había colgado boca abajo.
El espanto le descompuso el estómago.
Podría haber aullado de puro horror. Podría haber pedido ayuda a voz en grito o podría simplemente haber retrocedido para alejarse del rostro pálido e inexpresivo de su marido, pero sobre todo esto prevaleció la parálisis.
Se quedó de pie pisando los cristales de la lámpara, con la mirada orientada hacia las pupilas dilatadas de quien había estado vivo horas antes, tan vivo como solo se podía estar cuando una furia pasional se apoderaba del espíritu.
Isobel no pudo tragar saliva, respirar o hacer nada que demostrara que estaba consciente o entendía lo que había sucedido.
¿Y cómo entenderlo? Había llegado a casa y se había encontrado a Percy Bainbridge asesinado en su propio salón.
En situaciones límite como aquella, los testigos tendían a la separación del yo y la divagación.
Isobel no fue la excepción. En lugar de ceder al miedo, empezó a preguntarse por qué alguien haría tal cosa.
Era un honrado abogado, un esposo dedicado, un hijo ejemplar, un orgulloso miembro de la comunidad.
Pagaba con religiosidad los inocuos préstamos que a veces pedía para sufragar gastos domésticos.
No se encaraba con nadie. No tenía vicios que pudieran vincularlo con la usura o el hampa, y tampoco una opinión política que le pudiera granjear enemigos.
Luego se acordó de la lividez de Jane Mansfield, la prostituta arrojada al Támesis, y un escalofrío la recorrió. No tardó en asociar su estado, los dos asesinatos posteriores y la existencia de la criatura que según su padre se alimentaba de sangre a lo que estaban contemplando sus ojos.
—Dios mío —gimoteó. Se llevó la mano a la boca, y entonces sí retrocedió, temblando de miedo—. Dios mío...
Isobel pretendía salir corriendo de allí antes de que el dolor de la cruda realidad la partiera en dos.
Pero al dar otro paso atrás, sintió que chocaba con una superficie fría, dura y también maleable que a fuerza del impacto podría haberla devuelto a su posición inicial.
Había algo escondido tras ella, una figura vigilante y peligrosa que esperaba pacientemente la hora de conocerla.
Le habría gustado engañarse con una sonrisa desdeñosa: «¡Qué tontería!
», se habría dicho para desestimar la corazonada y no sucumbir al miedo.
Pero ni sus sensaciones ni el crimen del que acababa de ser testigo invitaban a tomarse a la ligera algo tan sagrado y necesario para su supervivencia como un pálpito.
Concentró los sentidos en descifrar lo que fuera que la estuviera amenazando.
Por la espalda le llegaba una brisa helada y envolvente que ponía el vello de punta.
Al mismo tiempo, despertaba la clase de curiosidad que llevó a Alicia a la madriguera del conejo.
Si cerraba los ojos, podía dibujar en su imaginación —y con sorprendente nitidez— una silueta inmensa a la que la noche le emborronaba los bordes, pues era tan escurridiza, y su composición tan diferente a la materia de la Tierra, que ni las sombras podían posarse sobre ella.
Isobel nadaba en la incredulidad. ¿Cómo podía estar concibiendo todo aquello con claridad? ¿De dónde salía la certeza de que había alguien detrás de ella, de que el asesino de su marido esperaba a que le reconociera su presencia para...?
«No quiere matarme.»
Esta convicción se erigió sobre las miles de preguntas desesperadas que llevaban torturándola desde que había entrado en casa.
No, no quería matarla, lo que significaba que no asesinaba por placer u oportunismo. Sus blancos eran cuidadosamente escogidos para servir a un plan mayor.
¿Y qué plan era ese?
Un acceso de miedo borró sus teorías de un plumazo.
La criatura había estirado la mano hacia ella, y aunque no la había tocado aún, un escalofrío que advertía de terribles augurios la sacudió entera.
Tragó saliva con dificultad, pensando en el modo de huir de allí cuanto antes, pero entonces sintió que el asesino dejaba caer el brazo en señal de rendición y la curiosidad la picó con más intensidad.
Le había parecido percibir un anhelo secreto en el modo prudente de acercarse, no tan relacionado con los recelos de la timidez como con la certeza de que un rechazo lo mataría.
Se armó de valor con una gran inspiración y, aferrada a los puños apretados, se giró despacio para ver la cara del asesino de su marido.
Era lo mínimo que podía hacer en su nombre: averiguar de quién se trataba y asegurarle, aunque fuera con una mirada acerada, que haría hasta lo imposible para vengarlo.
Pero cuando por fin el coraje se puso de su parte, ya era demasiado tarde. La criatura había desaparecido, dejando un rastro de olor a lluvia, a ámbar gris y a cuero curtido.