CAPÍTULO 28 #2
Si bien la característica fantasiosa de las plantas la había descolocado, había preferido centrarse en la dignidad que le había transmitido ese yo lejano.
Hacía tiempo que en algunos espacios médicos se hablaba del significado de los sueños.
Isobel en concreto se había visto obligada a darles una interpretación para no volverse loca, y había decidido leer aquel último como una invitación del inconsciente a tratarse con respeto.
Todo el respeto con el que no la trataba el hombre de sus fantasías, cabía decir. Solo en aquel fragmento onírico se había mostrado romántico, porque la tenía habituada a otra clase de aventuras, todas ellas indecorosas e incluso violentas.
La noche anterior se había despertado cubierta de sudor e impresionada una vez más por la manera que tenía de hacerle el amor. La imaginación la había situado en unas sábanas empapadas de sangre donde él la tomaba con la clase de vehemencia que asustaría a una joven inexperta.
Pero la Isobel de los sueños no le tenía miedo. Solo la que volvía en sí misma en cuanto salía el sol.
Cada día que pasaba era peor. El delirio había empezado con fogonazos inquietantes pero inofensivos: el hombre proyectaba su aliento, tan gélido que ardía, en su cuello; el hombre la besaba en la muñeca, la lamía y recorría las venas con sus labios, como si hablara el lenguaje de sus latidos; el hombre se despojaba de la capa para dar a conocer un cuerpo esculpido que invitaba a pecar.
Con el paso del tiempo, los sueños no solo se habían alargado hasta ocupar la noche entera si no tenía el valor de huir despertando antes, sino que le habían arrebatado el protagonismo a él para entregárselo a ella.
En sus últimas fantasías, era Isobel la que emprendía las acciones.
Era la que aceptaba su mano, era la que se bajaba el hombro del vestido para recibir un beso candente en el hueco de la clavícula y era la que se sentaba sobre él y lo cabalgaba desinhibida, espoleada solo por la caricia de las manos firmes que trepaban por sus costados.
Esta última imagen la perseguía sin tregua.
Estaba bordando, serena, y de pronto la asaltaba el dibujo de su espalda cubierta por los largos dedos de su amante; paseaba con sus conocidas por Hyde Park o tomaba un aperitivo en Gunter’s y de repente callaba, sonrojada, porque se veía a sí misma girando la cabeza hacia el espejo y sonriéndole con picardía a su reflejo.
La unión de sus cuerpos era la viva representación del goce físico, un goce que no sabía cómo demonios podía soñar si nunca lo había experimentado en carne propia.
No creía que se pudiera echar de menos algo que jamás se había tenido.
Isobel ahuyentó las alucinaciones concentrándose en la mirada del cochero, que esperaba su respuesta cada vez más receloso.
Cerró los puños sobre la tela de la falda y esbozó una sonrisa débil.
—He discutido con mi marido y he ido a pasar la noche a casa de mi hermana.
Como era de esperar, la mirada del chófer se suavizó y no insistió en su indiscreción.
—Comprendo.
Desesperada por sacarse de la cabeza sus ensoñaciones, Isobel pasó la media hora del viaje practicando la confrontación con Percy.
En primer lugar, se disculparía por no haber llegado antes, después por su injustificada osadía y, por último, por no haberle escuchado cuando claramente solo pretendía abrirle los ojos a su realidad familiar.
Conociéndolo como lo conocía, estaba segura de que Percy se apiadaría de ella y, fiel a la buena educación, le pediría perdón por la bofetada.
Nada más apearse con la cuenta ya saldada, Isobel se llevó la mano a la mejilla.
No había querido mirarse en el espejo después del golpe por si lo que veía la impresionaba hasta el punto de persuadirla de volver con su marido o, Dios no lo quisiera, todo lo contrario: de abandonarlo.
Tomó aire y lo soltó despacio, compuso una expresión entre mortificada y conciliadora y subió la breve escalinata con determinación.
A fin de no cambiar de opinión, se aferró a la comodidad que había sentido siempre en su pequeño rinconcito del mundo.
Con la dote de la entonces señorita Nightingale, un préstamo familiar y los ahorros de sus primeros años ejerciendo la abogacía, Percy había comprado en un barrio céntrico del distrito de Westminster una vivienda adosada de tres plantas con sótano y buhardilla.
Replicaba el estilo de las construcciones de mediados de siglo: fachada de ladrillo amarillo, elaboradas molduras en yeso, cornisas decorativas y ventanas con guarniciones, sin olvidar el jardín delantero protegido por una verja de hierro forjado.
Su marido no estaba acostumbrado al lujo de un salón principal con piano y chimenea ornamentada ni de un comedor de estilo italiano y equipado con porcelana de Sèvres; provenía de una familia de clase trabajadora que, si gozaba de medios y ahorros para vivir con holgura, era porque llevaban sus cuentas con prudencia y se oponían con rotundidad al gasto hedonista.
No obstante, Percy había insistido en comprar una casa que se ajustara a las querencias de su esposa y casi se había arruinado en el proceso.
Su marido solía pensar que para arrancarla del seno de los Nightingale tendría que ofrecerle, si no lo mismo, algo aún mejor.
Descubrió demasiado tarde que ella se habría casado con cualquiera que le hubiera prometido escucharla incluso si nunca tenía nada interesante que decir.
Al fin y al cabo, si Percy se enfadaba y se entristecía con lo que decía, era porque la escuchaba con atención.
Había conseguido, pues, el marido y el destino que siempre había deseado.
No tenía ningún derecho a despreciarlos ahora.
Isobel fue a llamar a la puerta, pero ya estaba abierta. Entornada, en realidad, como si Percy hubiera sabido que llegaría a horas intempestivas y hubiese querido ahorrarle la molestia al servicio.
Ella también había tenido esto en cuenta antes de ponerse en marcha. Si el cielo no la engañaba, eran alrededor de las cinco y media de la madrugada. Los criados ya estarían terminando sus abluciones matinales.
Isobel entró en casa con el ceño fruncido.
El instinto le dijo que sería sabio cerrar muy despacio.
Nadie debía enterarse de su llegada porque para empezar no debía conocerse su ausencia.
La misma extraña corazonada del principio la convenció de permanecer un segundo quieta en el recibidor.
Como era de esperar, todo estaba sumido en la oscuridad, pero conocía tan bien la disposición del mobiliario que supo orientarse hacia las escaleras.
Apenas apoyó la mano en la baranda que subía al dormitorio, un pálpito intuitivo la instó a mirar hacia el pasillo principal.
El silencio que reinaba en la casa era insólito y cuando menos sospechoso.
Los criados ya deberían haber prendido algunas de las lamparillas, y Dora tendría que estar azuzando el fuego de las estancias principales para que estuvieran caldeadas cuando los señores decidieran levantarse.
Isobel dejó caer el brazo y bajó el peldaño que había adelantado para dirigirse a la salita.
La claridad del amanecer empezaba a despejar las sombras.
Ahora le era posible distinguir la silueta de las cosas, como los historiados marcos de los cuadros, la vitrina del salón, los divanes y canapés que había tapizado según sus gustos...
y algo que no estaba en su sitio. Algo que estaba fuera de lugar.
Nada más asomarse al salón, observó que el suelo emitía destellos.
Al principio pensó que se habría inundado por culpa de unas goteras inesperadas, cosa que también justificaría el frío que la invadió al cruzar el umbral y agacharse, pero reconoció el tacto del cristal incluso con los guantes puestos.
Tomó entre los dedos uno de los gruesos pedazos y midió con la mano su forma de lágrima.
No tardó en asociarlo a la lámpara de araña.