CAPÍTULO 28
Salvando media hora de pesadillas, Isobel no había pegado ojo en toda la noche. ¿Cómo hacerlo, cuando sentía que el mundo tal y como lo conocía se derrumbaba sobre ella?
Prudente incluso para respetar los ritmos naturales del cuerpo, había querido esperar a que el canto de los pájaros anunciara el amanecer para tomar cartas en el asunto.
Como solía decir su madre, mujer de inmensa sabiduría, bajo la luz vibrante del nuevo día las marañas de problemas se veían mejor.
Pero la culpabilidad y la preocupación con las que se había metido bajo las sábanas de su infancia potenciaron una impaciencia que nunca pensó que se volvería contra ella.
Antes de que el reloj marcara las cinco de la madrugada, se incorporó con los ojos pesados por el sueño y procedió a vestirse.
Pese a estar acostumbrada a la ayuda de una criada, lo hizo con sorprendente velocidad.
Ni siquiera se cepilló el cabello. Recogió las trenzas con las que solía dormir en un sencillo rodete y se calzó las botas con tacón; esas botas con tacón que tendrían que haberla arrastrado detrás de Lenore antes de que se subiera al carruaje, y esto es, antes de que la dejara a ella sin medio de transporte para seguirla y con el corazón en un puño.
Como siempre .
Isobel descendió la escalinata principal tratando de convencerse de que tenía el tiempo a su favor y nadie la estaba esperando en ninguna parte. Y si la esperaban, desde luego no sería para cubrirla de besos.
Pernoctando en la casa de los Nightingale había desafiado abiertamente a Percy. Todavía aturdida y sobre todo decepcionada por la violencia ejercida contra ella, se le había ocurrido que su marido solo aprendería a respetarla si le hacía sufrir con su ausencia.
Qué absurdo. Y, sobre todo, qué impropio de ella jugar a ser Dios mediante manipulación.
¿Qué ganaba?, ¿quién se creía que era ella yendo por ahí castigando con el látigo de la indiferencia?
Isobel era de la escuela de que solo hablando se obtenían soluciones.
Si aspiraba a una reconciliación, tendría que haber regresado con él ipso facto y haberse disculpado por su desobediencia.
A fin de cuentas, era ella quien estaba saboteando el matrimonio anteponiendo una y otra vez a su hermana.
No podía decir que no hubiera sabido a lo que estaba renunciando cuando desposó al señor Bainbridge.
Era bien sabido que casarse implicaba cortar —si no mermar— lazos con la familia de sangre en aras de construir un futuro con el cónyuge.
Especialmente si los personajes de su pasado le estaban drenando la vida gota a gota, como Percy no había dejado de señalar con sabiduría desde su noviazgo.
No solo debía reconocerle que hubiera intentado abrirle los ojos con pacientes y sabias reflexiones antes de llegar al extremo intolerable; también tenía que admitir que a Percy no le faltaba razón cuando decía que Lenore era un colmo de egocentrismo.
No obstante, dudaba que se aprovechara de forma consciente de las debilidades de su parentela para hacer y deshacer a su antojo.
Lenore vivía para dentro, para sus pequeñas obsesiones, para sus fantasías, y esto le impedía advertir el alcance del amor que recibía.
Pero eso no la justificaba.
Ya no.
Isobel la había visto salir corriendo con sus secretos bajo el brazo en dirección desconocida, dejándola con la palabra en la boca.
Quizá unos años antes —o solo unos días—, hubiera salido en pos de ella y se habría recorrido Londres de norte a sur, de este a oeste, para encontrarla antes de que lo hicieran sus deseos, que por lo general eran perjudiciales.
Y si bien Isobel había sentido la tentación de encarnar una vez más el papel de ángel de la guarda, más por costumbre viciada que por placer, esa noche antepuso su orgullo y su sentido común.
Una verdad tan triste como liberadora la había iluminado: Lenore nunca cambiaría.
La guardia real podría someterla a constante vigilancia, su abuelo podría mandarla encerrar, Isobel podría llorar arrodillada ante ella, rogándole que no pusiera en peligro ni su reputación ni su integridad física; al final les pasaría por encima para hacer lo que estimara conveniente.
Era imprevisible e imparable como una catástrofe natural.
Isobel había deseado, durante un solo pero revelador segundo, que las consecuencias de sus actos cayeran por fin sobre su hermana como una plaga bíblica.
Lenore no podía saberlo e Isobel no debería reprochárselo, pero su presuntamente insignificante affaire con Edward y el modo en que había despreciado una oportunidad de futuro con él habían sido la gota que colmó el vaso.
Había herido sus sentimientos tal y como heriría los de Edward cuando llegara a sus oídos que Lenore no tenía la menor intención de hacerle el hombre más afortunado del mundo.
Y es que este era el mayor ejemplo de lo ensimismada que vivía la pequeña.
Si se había atrevido a pronunciarse delante de Isobel con semejante indiferencia hacia Edward, debía ser porque ni a esas alturas había descubierto que su hermana adoraba al inspector Whishaw desde que era niña, y no necesariamente con fervor romántico, sino porque había compartido con él el regalo de la infancia y las preocupaciones de la madurez.
En definitiva, les unía ese vínculo sagrado que llamaban amistad.
El mismo que a Lenore, pues se diera ella cuenta o no, la primogénita había formado parte de muchos de los juegos y las travesuras infantiles.
Isobel podía permitir que Lenore desestimara sus intentos por protegerla y no correspondiera ni por asomo la lucha por su bienestar —apostaría su alma a que, de girarse las tornas, su hermana no dedicaría un solo pensamiento a su causa—, pero nunca le perdonaría que trasladara su infame egoísmo a Edward.
Así lo había manifestado cruzándose de brazos en lugar de consolarla por la impactante revelación de la trampilla.
Reprimir el impulso natural de priorizar los sentimientos de Lenore le había resultado sencillo en este caso. A Isobel también la habían horrorizado las implicaciones del cuaderno de notas y había pensado que no estaría mal, por una vez, hacerse cargo de sus propias sensibilidades.
Al final, si algo había entendido y aceptado gracias a lo ocurrido la noche anterior, era que debía sacar adelante su matrimonio.
Era lo único suyo, lo único sobre lo que tenía un mínimo poder y espacio de maniobra.
Lenore era libre, Edward jamás le pertenecería y su padre, al que de por sí no le había profesado más que un respeto cordial, había revelado una cara oculta que le convertía en un criminal.
Porque, con independencia de si su sujeto de estudio había sido o no una criatura sobrenatural, la realidad era que lo había sometido a torturas inimaginables. Eso no tenía perdón.
Isobel se encaminó a la parada de coche de punto más próxima y pidió que la llevara al barrio de St. John’s Wood.
Estaba tan cansada y abstraída en sus sombríos pensamientos que no se molestó en justificarse ante el cochero.
De seguro el tipo andaba recelando de los planes y particularidades de la pasada noche de una mujer despeinada y ojerosa que viajaba sin acompañante de un extremo a otro de Londres.
Ella se fingió ciega a su mirada juiciosa y asomó la cabeza por la apertura del hansom cab para admirar el milagro del amanecer.
La ciudad todavía se agazapaba entre las sombras, pero la claridad de las seis de la madrugada no tardaría en mostrar las cosas tal y como eran.
Un ramalazo de esperanza hacia el nuevo día le dibujó una sonrisa en los labios.
Su madre no se equivocaba cuando decía que las segundas oportunidades existían; las había creado el sol.
—Qué joven tan madrugadora —comentó el cochero—. ¿O es que ha pasado usted una mala noche?
Isobel se planteó seriamente replicarle que no era de su incumbencia. Si no lo hizo fue porque prefería no arriesgarse a que la echara del vehículo, y porque con el comentario trajo a su pensamiento la pesadilla que había tenido durante la breve duermevela.
Estaba acostumbrada a que sus miedos se manifestaran a través del inconsciente.
Se vengaban de su determinación a sofocarlos durante el día atormentándola cuando estaba más indefensa.
Había aprendido a temer las noches por las imágenes y sensaciones que la harían despertarse con la sensación de haber cometido un pecado.
Y es que una dama que se preciara de serlo debía condenar con vehemencia todo cuanto le revelaban sus perturbadores sueños.
Pero esa noche en concreto había sido distinto, porque Isobel había abierto los ojos más lúcida y segura de sí misma que nunca.
Había seguido preguntándose cuál sería el camino correcto, sí, pero solo por la vieja costumbre de cuestionar su criterio, que hasta entonces había creído débil e incluso manipulable.
También, en gran medida, se había aferrado a Lenore, a Edward y a su padre para no pensar en los detalles de la pesadilla, que como siempre se habían grabado en su memoria.
Esa noche, Morfeo la había llevado a un palacio de piedra blanca bañado por la luz de las antorchas.
Se había visto a sí misma bajando las escaleras con el aire regio de una reina bizantina, reforzado por las sedas bordadas y copiosas joyas que la vestían de arriba abajo.
Le había costado reconocerse en la grandeza y seguridad con la que aquella mujer morena acudía al encuentro de quien solo podía ser su amante, un hombre sin rostro pero que intuía bello como un milagro y, sobre todo, perdidamente enamorado.
En el sueño, él le tendía una mano enguantada para besar la suya y acto seguido le ofrecía su brazo para pasear por un jardín de rosas negras. Al inclinarse para tomar una, los pétalos de la flor se deshacían y goteaban sangre escarlata como una herida abierta.