CAPÍTULO 27 #4
Lenore se dejó guiar por el más atávico de los instintos, que le iba susurrando al oído cómo se regalaban caricias para enloquecer a un hombre.
No había contado con que el deseo provocado sería contagioso y ella también tendría que pagar el precio: supo que Dariy estaba llegando a su límite cuando arqueó la espalda hacia el colchón.
Lenore no era inmune a su deleite. Ella misma se notaba cubierta de sudores calientes y acuosa entre las piernas.
Con una mano apoyada sobre su pecho y la otra aún acariciando su erección, levantó las caderas buscando la unión definitiva.
No habían dejado de mirarse a los ojos en toda la noche y eso no cambiaría ahora.
Dariy se aseguró de ello tomándole la cara entre las manos con la misma adoración que si sostuviera el elixir de la vida eterna.
Lenore estaba conmovida por el brillo en su mirada, excitada por encima de lo que era tolerable, y como no quería que aquello llegara a su fin, alargó el momento de la verdad dedicándole un beso a cada una de las cicatrices del torso.
Quería preguntar si le había dolido, si se había sentido solo, impotente y desvalido en la mesa de latón del doctor.
Quería saber qué había pensado mientras estuvo encerrado y a merced de un villano.
Quería averiguar si alguna vez podría perdonarlo, aunque solo fuera para que ella pudiese vivir en paz.
Se había reservado un detalle importante: Lenore le había pedido que la matara porque no podía soportar el derrumbamiento del mito de su padre.
Pero no preguntó nada de eso y dejó que fueran sus caricias las que hablaran.
El aleteo de sus labios sobre la colección de cicatrices iba surtiendo efecto: él aguantaba la respiración y vigilaba su ruta con la barbilla pegada al pecho, sin apartar ni por un momento la mano de la melena.
Ahí la había enredado en una especie de advertencia.
Parecía listo para apartarla del mapa de sus debilidades de un tirón violento tan pronto como ella se propasara.
Pero también parecía agradecido, y Lenore pensó que esa no era una expresión que le hubiera visto a menudo.
Estaba delineando la incisión del esternón con la lengua cuando se irguió para mirarlo.
—¿Te las infligió mientras estabas vivo? —atinó a preguntar, no sin temor.
Él cerró aún más el puño sobre su melena. Su mirada se había oscurecido igual que la noche de la cita en la iglesia, pero ni todo el odio del mundo podría haber desterrado la pasión que le tenía preso.
—Algunas.
Lenore se irguió sobre su regazo y volvió a agarrar su miembro. Sintió bajo los dedos la delicia de su tacto, el calor vital que emanaba, y una dicha indescriptible le llenó los ojos de lágrimas.
—Lo siento. Lo siento tanto.
Dariy le rodeó las caderas despacio y fue deslizando las manos hacia sus nalgas con premeditada lentitud, mirándola a la cara en todo momento. Parecía que buscara la mentira ahí, el error; un motivo para avergonzarse.
—¿Por qué? Era necesario para llegar hasta aquí. «Los placeres más intensos se levantan sobre las ruinas del alma.»
—¿Otra frase de Voltaire?
Él pretendió chasquear la lengua, pero la contención le tenía los dientes apretados.
—En este caso es de lord Byron.
—¿Y a él sí lo conocías personalmente?
—No con tanta profundidad como te conozco a ti.
Lenore soltó una risita nerviosa. Colocó la punta del miembro a las puertas de su sexo y se dejó caer muy despacio, concentrada en apreciar todos los relieves venosos.
Un estallido de calor abrasó sus adentros y la hizo gimotear su nombre.
Echó la cabeza hacia atrás y posó las dos manos sobre su torso un segundo antes de empezar a moverse.
Dariy llegó al límite de su caballerosidad.
Hundió los dedos en sus nalgas y presionó hacia sí para volcarle las caderas hacia delante.
Fue él quien dictaminó cómo y a qué ritmo se balanceaba ella, y ella le permitía el atrevimiento porque le fascinaba su expresión de furia viva, la misma que podría haber lucido si alguna vez hubiera luchado en primera línea de batalla.
La mandíbula tensa escondía un gemido de alivio o bien una maldición, y en cualquier caso le pintaba un rictus atormentado en los labios y Lenore quiso borrarlo con un beso.
Dariy le concedió su deseo entreabriendo la boca y correspondiendo las travesuras de su lengua inquieta con provocaciones de igual calibre, todas ellas húmedas, sucias y delirantes.
Lenore se agarró a las muñecas del vampiro y recuperó su autonomía cabalgándolo con impaciencia.
Él se adhirió a su deseo de gobernar por un rato, de someterlo con su tiranía, y mientras ella se movió desesperadamente, no hizo más que adorarla diciendo su nombre...
hasta que la conclusión del sexo les robó las fuerzas atravesándolos como un rayo.
Primero a ella, que todavía sacudió las caderas sobre él mientras el orgasmo la dejaba delirando, y luego a Dariy.
Su simiente la impregnó de calor y humedad y la tuvo tiritando de pasión hasta que el cansancio la derrumbó sobre su pecho; un pecho donde latía un corazón idéntico al suyo.