Immortalis CAPÍTULO 27 #3
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CAPÍTULO 27 #3

Se enganchó a su cuello en un abrazo inquebrantable y lo besó.

Él no tuvo el corazón de rechazarla. Le cubrió la nuca con una mano para deshacer lo que quedaba del recogido, y hasta que no tuvo su cabello derramado en las manos como los rayos del sol, no la envolvió con todo su cuerpo.

Entonces Lenore descubrió lo que era el ímpetu de un inmortal, nada para lo que una criatura finita pudiera haberse preparado.

Correspondió sus besos con el fuego de todos los atardeceres que habría visto; con la pericia de tantas noches de amor que Lenore juró conocer a cada una de las afortunadas a través de él.

La saboreó con la lengua, empeñado en avergonzarla de haber deseado algo que estaba por encima de su supervivencia, y no se detuvo hasta que ella estuvo temblando como un potrillo.

Solo entonces se separó lo justo para mirarla con dos ojos que eran el cielo estrellado.

—Sabes los riesgos que corres si te entregas a mí —le advirtió con la voz ronca.

—Dices que viviré. Que lo has visto. ¿Qué riesgos corro, entonces? Y ahora estás vivo. ¿No cabe la posibilidad de que, igual que ahora tu corazón late, las toxinas de tu sangre hayan desaparecido?

—No es así como funciona. Que ahora viva solo significa que mi sangre ya no está estancada y puedo hacerte el amor, no que esté curado de los males que me acompañan.

«Puedo hacerte el amor», repitió para sus adentros un eco seductor.

Lenore captó al vuelo lo que quería decir.

Su lado científico se regocijó en las normas de sentido común que giraban en torno a su raza: mientras no se alimentara, esto es, mientras la sangre no circulara por su sistema, su excitación no podría manifestarse del modo en que lo hacía naturalmente en los hombres de carne y hueso.

—No me importa. Esta era mi misión en la vida, saber qué le pasó a mi padre y saber quién eres tú. ¿Cuánto tiempo tenemos?

Dariy lanzó un vistazo al reloj de pared.

—¿Hasta que metabolice la cena? —se burló—. Un par de horas.

—No es suficiente —murmuró Lenore rodeándole la cintura con los brazos. Se puso de puntillas para hablar contra sus labios—, pero por una vez intentaré no ser caprichosa.

Él se rio entre dientes y le colocó el pelo detrás de las orejas.

—Y por primera vez en tu vida fracasarás —le respondió en el mismo tono.

Volvió a besarla.

Si había creído que ya había descubierto lo que era un contacto inmortal, le enseñó que estaba equivocada.

Aquello era de verdad un beso de Dariy Vranitsky; un concienzudo acto de seducción en el que entraban a jugar todas las partes de la boca, casi todas las partes del cuerpo y al que además se sumaba un elemento extra, nada menos que la erótica amenaza de su fatalidad.

Lenore celebraba su propia valentía. Era consciente de que no cualquiera se habría arriesgado sin reservas a una muerte fulminante por un beso.

Al final era cierto lo que él decía, y cómo no iba a serlo, si leía todas las verdades del universo: la debilidad de Lenore era el romanticismo.

El romanticismo antiguo que incitaba a morir por un amor.

Dariy interrumpió el beso con una brusquedad que la dejó desconsolada. Trató de apaciguar su decepción recorriéndole la línea de la mandíbula con la lengua hasta llegar a la oreja. Ya se había agarrado al escote del vestido de Lenore cuando susurró:

—¿Estás segura de que esto es lo que quieres?

—Sí. Sí, por favor.

Le pareció que él sonreía para su coleto.

Acto seguido, valiéndose solo de su mano, le desgarró el vestido como quien rasgaba la página de un libro.

No necesitó más que otro tirón firme para que la tela desmadejada cayera por su propio peso a los pies de Lenore.

Ella le echó los brazos al cuello, suplicando otro beso.

Dariy tuvo que apañárselas para complacer su deseo mientras con los dedos deshacía los lazos del corsé.

—Habrá quien prefiera las modas menos recargadas —le oyó decir con la boca pegada a su mejilla—, pero a mí me entusiasma el erotismo de desvestir a una mujer y este siglo me permite recrearme.

—Dijo el hombre que rompió un vestido para no perder el tiempo.

—Era para ver si al menos con eso te asustabas —replicó con sorna, y de otro tirón le separó el corsé de las costillas.

Lenore lo miró con los ojos ardiendo y la respiración agitada.

—No me dan miedo mis deseos, señor Vranitsky. Y menos aún los suyos que corresponden los míos.

Esta vez fue el turno de Dariy de tragar saliva, por fin se enfrentaba de golpe a la delicada desnudez femenina.

En algún momento había terminado de desnudarla y ahora se erguía vulnerable y mediocre ante él como solo se podía ser vulnerable y mediocre durante semejante exhibición de humanidad, para colmo ante la inmortalidad encarnada.

Pero Dariy estaba viendo algo distinto de la carne.

Al recorrerla con una mirada hambrienta, Lenore se sintió una suerte de divinidad.

Dariy presionó los labios un segundo antes de hablar.

—Dicen que los monstruos como yo somos criaturas seductoras...

—Ladeó la cabeza para seguir con la mirada el recorrido de su caricia, que comenzó, juguetona, en la curvatura de uno de sus senos y culminó en el ombligo.

El roce le puso la piel de gallina—. Parece que se equivocan. Este monstruo es una criatura seducida.

Lenore se creció con sus palabras. Orgullosa ahora de su desvalimiento, tomó las riendas cogiéndolo de la mano y lo guio a la cama. Lo obligó a sentarse en el borde para luego colocarse ella a horcajadas e instarlo a tenderse boca arriba.

Obediente y silencioso, como si lo hubiera hipnotizado, Dariy se dejó hacer, pues al final ella no iba a hacerle más que bien. Lenore le quitó la bata por los brazos y a continuación desabrochó el pantalón. Solo la hilera de botones cubría la protuberancia de la erección.

Contuvo el aliento hasta que separó las dos partes de la prenda y su miembro emergió libremente. Lenore entreabrió los labios y lo valoró de forma consciente, primero con la mirada y después con una voluntariosa caricia.

Dariy vigilaba su iniciativa con los ojos convertidos en dos rendijas negras.

Lenore alzó la barbilla al oírle jadear.

—¿Es agradable? —preguntó con inocencia.

—¿Es agradable para ti? —Enarcó la ceja—. Siendo una entusiasta de la anatomía, debes de estar encantada.

Lenore solo pudo asentir con la cabeza.

La sensación de tener entre sus manos el gran centro de calor de su cuerpo era indescriptible.

Dar placer a una criatura que se deseaba con tanto fervor era también una responsabilidad.

Ansiaba estar a la altura, y aunque no sentía que pudiera lograrlo teniendo su mirada fija sobre ella y disfrutando del paisaje de un cuerpo que a todo había sobrevivido, no quiso perderse ni un detalle del espectáculo.

Estuvo en cada una de sus respiraciones, en cada una de las contracciones de sus músculos, en cada una de las caricias que él le prodigó a su melena o a la curva de su pecho con aire distraído; seducir le era tan natural como respirar, no le requería ningún esfuerzo.

Lo único que indicaba que se deshacía por ella era la noche en sus ojos, donde se había extendido un manto de estrellas.