Immortalis CAPÍTULO 27 #2
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CAPÍTULO 27 #2

—No lo negaré —le sorprendió respondiendo ella con firmeza—, con la puntualización de que el amor que me pierde y me ciega es el filial.

Si no hubiera amado a mi padre y no hubiera deseado fervientemente su aprobación, quizá nunca habría descubierto el fascinante mundo de la medicina.

Tampoco estaría aquí ahora, como he estado siguiendo las huellas de tus pasos, sin el motor que es el afecto hacia él.

—¿Quieres decir que has venido para vengarte de su asesinato o vas a sostener hasta el final que su contagio fue obra del Supremo y yo no estuve implicado en modo alguno?

—He venido para hacer justicia. Sé que te sometió a torturas inimaginables.

No, no son inimaginables —se corrigió, sacudiendo la cabeza—, puesto que las he leído y sentido en mis carnes.

El único modo que tu cuerpo tenía de defenderse era contaminándolo con sus fluidos y por eso enfermó.

Se expuso por voluntad propia a sustancias tóxicas. La falta de cautela lo mató.

—¿De qué torturas hablas? —Sonrió con desdén. La cogió de la muñeca y se puso su pequeño puño sobre el pecho—. Apuñálame ahora, en este instante, y observa por ti misma que ni siquiera parpadeo.

—Ahora no solo podría hacerte daño, sino que podría matarte, porque ahora estás vivo.

—La sonrisa de Dariy se tambaleó—. Mi padre dejó por escrito todas y cada una de sus observaciones.

Las he leído con detenimiento. Durante las tres horas que tu organismo demora en metabolizar el alimento, eres candidato a morir como todos los demás, igual que eres susceptible a una herida.

—Tragó saliva antes de abrir la mano que él había soltado por efecto de la sorpresa.

Vacilante, deslizó los dedos por la afilada pendiente de su mandíbula sin apartar la vista de él—. Quizá también a una caricia.

Dariy juntó los labios en un rictus serio.

—Has resuelto uno de los misterios que te atormentaban, Lenore Nightingale, pero ¿cómo vas a justificar que tratara de matarte?

Y, lo que es más... —redujo al fin el espacio que los separaba y la tomó de la barbilla.

Su contacto no fue suave u obra de un sueño delirante; fue violento y terrenal porque, de nuevo, estaba vivo —, ¿cómo vas a perdonarlo?

Lenore lo desestabilizó con una sonrisa franca.

—En el momento en que me comprometí a seguir la pista del homo immortalis , firmé un pacto de permanencia solo temporal con el mundo.

Mi sentencia de muerte, si lo prefieres, pues ese acuerdo tocaría a su fin una vez zanjara el descubrimiento de una vida.

De mi vida. Me bastó con mirar a los ojos a mi padre mientras hablaba de ti y del estudio que marcaría su carrera para saber que no podría hacer nada más importante ni más valioso después de conocerte.

Horrorizado por su insinuación, Dariy dio un paso atrás.

—¿De qué diablos estás hablando?

—Estoy en paz sabiendo que he gozado del amor de una madre, de un padre; que he crecido entre juegos infantiles, orgullosa de tener una hermana y un amigo.

He nutrido mi mente y mi espíritu estudiando, conociendo mi entorno, y ahora estoy experimentando la gloriosa satisfacción de cerrar un caso.

Incluso si hubiera enfermado con tu beso, habría tenido que agradecértelo.

—Extendió los brazos con humildad—. Desde que conocí la muerte hace ya ocho años, no he querido otra cosa que volver a verla...

, pero porque esta vez hubiera decidido visitarme a mí y solo a mí.

Y sé que tú me entiendes mejor que nadie, Dariy.

Tú sabes que una retirada a tiempo es una victoria, y que cuando se han vivido ciertas alegrías, lo sabio es irse a descansar, no dedicar una eternidad a recordarlas con nostalgia.

Él la había estado mirando con la respiración suspendida.

—¿Quién es la mentirosa ahora? —murmuró al cabo de un rato—. El otro día me reprendías por perseguir la cura de mi inmortalidad y hoy defiendes que morir joven no solo es tu derecho, sino tu gran aspiración. Cuánta hipocresía.

Lenore sacudió la cabeza con dulzura, como si hablara con un niño ingenuo.

—Tu muerte se me sigue antojando un crimen porque desafía el curso natural de tu existencia, que es infinita.

Yo moriré algún día de todos modos; qué importa si es hoy por tu mano, mañana por la mía o dentro de quince años por una tuberculosis fulminante.

Yo no soy nada, y tú... —La emoción le entrecortó la voz—.

Tú lo representas todo. Eres la vida y la muerte.

La belleza. La noche. Eres todo lo inescrutable, como la piedra de luna.

No quiero, no puedo y no voy a verte morir...

, así que no, no he venido a consumar ninguna venganza, y tú tampoco vas a hacerte daño porque, si hubieras querido morir, ya lo habrías hecho.

Sabes cuándo y cómo es posible. En eso también me has mentido.

El silencio de Dariy estuvo cargado de rabia.

Ella lo vio con sus propios ojos: quería destruir su deseo de perdonarlo y entregarse a la muerte, que entendía inhumano.

Quería quitarle las ideas enfermizas de la cabeza, aunque el precio fuera que regresara el deseo de matarlo, mucho más razonable y por ello alineado con la supervivencia.

Lo intentó subrayando su delito.

—Sigo siendo responsable de la muerte del doctor Nightingale.

—Mi padre murió por amor y fidelidad a su vocación.

Eso yo puedo entenderlo mejor que nadie.

Lo que me gustaría saber —inspiró hondo, intentando mantener a raya la emoción que se le desbordaba— es cómo se perdona el crimen de un hombre que ha muerto y que nunca se responsabilizará de su delito.

Te hizo daño —musitó, y buscó su mirada, avergonzada, para transmitirle una disculpa—, y eso sí que no logro comprenderlo.

Él desentrañó los secretos de tu condición, pero nunca te admiró por lo que representabas, o de lo contrario nunca te habría herido.

Lo siento... —agachó la cabeza hacia las cicatrices de su pecho—, si es que de algo te sirve mi mortificación.

Entiendo y acepto mi destino, que no es otro que pagar por sus afrentas con mi sacrificio.

Dariy se rio en voz baja con una mezcla de ira e incredulidad.

—Tu sacrificio —repitió—. Tratar de matarte fue el único engaño que llevé a cabo, y a quien pretendí engañar no fue a ti, sino a mí mismo.

Lenore lo miró a los ojos.

—Entonces encárgate de mí por mera compasión.

Algún día la policía descubrirá que eres el responsable de los crímenes, Dariy, y yo no querré ver lo que hará contigo.

Necesito amar algo que la muerte no puede tocar, a alguien que recordará a mi padre para siempre, y si desapareces antes que yo...

, estaré condenada para siempre. No podría soportarlo.

Dariy la interrumpió sujetándola por las sienes.

—Escúchame bien, mujer tozuda —le rugió con vehemencia—.

Tu vida será muy larga y satisfactoria, ¿me oyes?

Te casarás, engendrarás hijos, ampliarás tus estudios y serás feliz junto a un hombre que te entenderá, te respetará y te amará tanto como tú lo entenderás, respetarás y amarás a él.

Lo sé porque lo he visto. Ni yo ni nadie osará intervenir en este futuro que ya se está gestando, y si alguien lo intentara lo aplastaría con mis propias manos.

Lenore pestañeó deprisa, sorprendida y halagada por su arrebato pasional.

—¿Y qué garantía tengo de que la vida conseguirá sorprenderme a pesar de toda esa mediocridad que has descrito?

—Un día no muy lejano dejarás de buscar aventuras solitarias y comprenderás que en el arraigo voluntario a lo amado reside la verdadera felicidad.

Pero si no me crees e insistes en que lo único que puede inspirarte a vivir es la promesa de un milagro, heme aquí.

Yo soy la garantía. Mi experiencia es la garantía.

Llevo siglos vagando por el mundo, Lenore.

Siglos enfermo de hastío e inapetencia, sin esperanza a la que aferrarme...

, y, de pronto, tú: otro umbral entre la vida y la muerte que se debate entre sus dos pulsiones, la de seguir y la de ponerle fin.

Siempre aparecerá algo con lo que nunca te atreviste a soñar porque no sabías que podía existir.

Sus palabras la sobrecogieron, pero nunca tanto como el calor de sus manos.

Seguían sosteniéndole la cabeza como se la había sostenido ella cuando creía que estaba enfermo de locura y no sobreviviría.

Dariy sujetaba el recipiente donde ella había vertido sus miedos y pasiones, a cuál más violento, con amor a lo que había dentro por perturbador, incomprensible y destructivo que esto fuera.

Los dos se midieron con la mirada sin osar mover un músculo.

Así se hablaron.

—¿Y ahora qué? —musitó ella.

Las velas del dormitorio habían empezado a temblar en una suerte de protesta, como si trataran de evitar lo que había estado condenado a ocurrir desde el principio: un delito.

Dariy se humedeció el labio superior.

—¿Ahora qué, Lenore Nightingale?

Arrojó su pregunta sin contemplaciones.

—¿Hace cuánto que no haces el amor?

El silencio de la habitación repitió sus palabras en un eco no supo si tétrico o sugerente. Quizá ambos. Parecía que quisiera hacerla consciente de la locura que estaba proponiendo, convencerla de desdecirse.

—No tanto como podrías imaginar —respondió con un brillo peligroso en los ojos. Aunque no se movió del sitio, Lenore sintió que se abría para ella—. Ya sabes que no me cohíbo con las pacientes terminales si me encuentran con hambre.

—Te habrás aburrido mortalmente con amantes que no podían corresponder tus energías.

—Nunca he dicho que me acostara con criaturas postradas en cama. Mi preferencia es por quienes adolecen de enfermedades del alma. —Le sostuvo la mirada un segundo—. Las lunáticas son las mujeres más apasionadas.

Lenore apartó sus manos cogiéndolo de las muñecas.

—Estoy segura de que así es.