CAPÍTULO 27
Lenore se enfrentó a un curioso fenómeno neurológico: por lo visto era posible tener la mente en blanco, intervenida por una tiránica determinación a no sucumbir a dudas y temores, y al mismo tiempo colonizada por las imágenes crueles que le sugería el cuaderno de su padre.
En los cuarenta minutos que el carruaje demoró en llegar a Hampstead Heath, Lenore leyó deprisa y luego con detenimiento lo que ya se le había quedado grabado en la memoria con el primer repaso. Solo hacía pausas entre párrafos y dibujos para secarse de un manotazo las lágrimas de espanto.
Siempre había sabido que para el doctor Nightingale lo más importante en el mundo era la ciencia y que en su nombre estaba dispuesto a llevar a cabo toda clase de sacrificios personales.
Jamás se le habría ocurrido pensar que también propiciaría sacrificios ajenos, llegando a vulnerar límites humanos con el riesgo que existía de poner en peligro su propia alma.
Lenore leía con la ingenua convicción de coincidir tarde o temprano con un fragmento en el que su padre juraba sufrir remordimientos por sus excesos, más característicos de los castigos de la santa Inquisición que de un investigador experimental.
Pero Gulliver no solo no había revisado sus estudios para dotarlos de una necesaria perspectiva moral, sino que juzgando por el detalle con el que describía el aspecto de las vísceras, incisiones y reacciones físicas de Dariy, había disfrutado aplicando su implacable criterio.
Para cuando quedaban veinte minutos de camino, Lenore había sucumbido a un llanto amargo y desconsolado.
Sobre cualquier otra emoción, no obstante, prevalecía la incredulidad.
Sabía que el amor cegaba, pero ¿tanto como para ignorar que su referente, su padre, su héroe, poseía un lado perverso?
Intentaba ser razonable y piadosa consigo al contestarse la pregunta, y no pecaba de indulgente al aducir que todo el mundo sin excepción era capaz de hacer el mal.
Pero en este caso específico, que involucraba el modo de tratar a otra criatura, era tan fácil adherirse a la rectitud que no conseguía justificarlo.
Recordó su conversación con Isobel, su conversación con Edward; las apreciaciones sarcásticas pero no desacertadas de Reuben Winthrop acerca de las motivaciones de su padre.
Lenore apartó la vista del documento que la estaba torturando y miró por la ventanilla empañada por el calor de la berlina.
Era una joven perspicaz, por Dios santo.
¿Cómo podía habérsele escapado un secreto de semejante envergadura?
Todo el mundo, incluida ella, coincidía en que el doctor perseguía el saber y el reconocimiento a toda costa.
Pero solo ahora Lenore se estremecía comprendiendo las implicaciones de que su padre nunca la hubiera querido tanto como cuando estaba enferma.
Había creído que eso se había debido a la compasión, ya que en toda manifestación de piedad había afecto sincero.
Pero si bien apenas recordaba a ráfagas aquel período de melancolía, sabía muy bien que quienes la habían tomado de la mano habían sido Isobel, la criada Thea y Edward.
Gulliver enviaba cartas a los expertos —firmadas con otro nombre para que nunca asociaran su consulta a la respetable familia Nightingale— y hacía viajes innecesariamente largos para entrevistarse con otros médicos.
Recababa información con el objeto de curarla, eso era cierto, pero su enfermedad le había proporcionado la excusa perfecta para conocer al fin a sus referentes y la había aprovechado.
Había desaparecido durante semanas, en una ocasión hasta un mes entero, sin preocuparse del riesgo que existía de que cuando volviera Lenore ya no estuviese allí.
En él nunca había visto la urgencia de Isobel por regresar lo antes posible de sus quehaceres, despachar a las visitas y pedir que le sirvieran la comida en el dormitorio de la doliente para retomar la guardia espartana que se prorrogaría hasta el amanecer.
Su hermana tenía prisa por adelantarse a sus pulsiones de muerte. Eso y nada más la había salvado.
Cuando bajó del carruaje, Lenore estaba enmudecida. Pero había vuelto a Hampstead Heath con la esperanza de una confrontación. Se plantó ante la mansión gótica con el propósito de no salir de allí hasta haber despejado las dudas que estaba en manos de Dariy resolver.
En ningún momento pretendió entretener cordialidades. Aporreó la puerta principal una, dos, tres veces. Nadie le abrió. Bien podría no estar allí. Era la una de la madrugada y el hambre podría haberlo movilizado hasta el East End.
Ocultó el cuaderno entre los arbustos que bordeaban la mansión y se dirigió con paso ligero al lateral del edificio.
Alzó la vista hacia uno de los pocos ventanales no tapiados, en concreto el que sospechaba que daría al dormitorio.
Ni corta ni perezosa, colocó el pie en la primera piedra irregular que vio sobresalir.
Las plantas trepadoras y la oscuridad le dificultaron el proceso de escalada, pero solo tuvo que vigilar dónde ponía las manos hasta tres veces.
Habría lamentado no haberse atiborrado los bolsillos de piedras para romper el cristal si no hubiese encontrado la ventana abierta.
Momentos más tarde estaba confirmando su hipótesis.
En efecto, había invadido el dormitorio de Dariy Vranitsky, quien, para su inmensa suerte, no parecía estar por la labor de emprender una aventura nocturna.
Lo encontró tendido boca arriba en el centro de la cama de cuatro postes.
Quizá con el fin de mirar por la ventana había recogido los doseles de terciopelo azul medianoche para que no se interpusieran en su visión de la luna.
Al menos no se interpusieron en la visión de Lenore, que lo contempló desde el otro lado.
Por un segundo perdió la noción del tiempo y el espacio, como siempre que se reencontraba con la criatura cuya existencia desmentía todos los preceptos de la ciencia.
—Me has mentido —lo acusó en cuanto plantó los pies en el suelo.
Él tardó en devolverle la mirada. No por el cansancio del hambre, sino porque ya estaba borracho de savia humana.
Lenore lo supo en cuanto hizo contacto visual con los ojos alucinados de un resucitado.
Como había sospechado nada más apreciar el calor concentrado en la habitación, alimentarse le había devuelto a la vida.
Esto no le había devuelto asimismo el impulso de aprovecharla, sin embargo.
Seguía —y todo apuntaba a que seguiría— tendido entre las sábanas como un príncipe agonizante.
Desde su posición le era imposible mirarla con intencionalidad. El estado febril le entornaba los párpados, confiriéndole un aire demoledoramente atractivo.
—¿No eras tú la que defendía la condición de los depredadores?
—inquirió en tono somnoliento. La ronquera de la voz estremeció a Lenore.
No se resistió a la fuerza de atracción y avanzó unos pasos con cautela—.
¿Acaso no has aprendido después de tanta lectura que el mal llamado vampiro, antes incluso que animal, es un pecador... y, por ende, un mentiroso?
—¿Solo porque seas un pobre pecador por definición debería disculparte el engaño?
—¿Y por qué no? ¿No es mentir una violación de los mandamientos cristianos? ¿Y no soy yo el anticristo?
Soltó una sola carcajada, orgulloso de su broma macabra.
—Anticristo o no, lo que de seguro no has sido es el asesino de mi padre —contraatacó con entereza, impelida a defenderlo de sí mismo—. ¿O vas a negármelo solo para regocijarte en el estereotipo de tu maldad?
Él fingió pensarlo mientras se acariciaba el pecho que la bata dejaba al desnudo.
—Si la alternativa es proclamarme inocente para que la señorita Nightingale pueda seguir adorándome sin morir de remordimientos, sí, me acogeré a la negación.
—¡Basta de juegos absurdos! —le espetó Lenore con los puños crispados—.
¡No pudiste matar a mi padre como has matado a Jane, al señor Paulson o al doctor Barnes porque él no murió desangrado, sino que agonizó de enfermedad en una cama!
Ponte en pie y enfréntame como Dios manda.
¿A dónde te conducen las medias verdades, Dariy?
Cuando se incorporó con nada puesto salvo el batín de seda abierto y un pantalón sin ceñir, su expresión era un misterio.
No tuvo manera de saber si se había dado por escarmentado o si estaba dispuesto a conversar con tal de despedirla lo antes posible.
Al menos sus ojos despiertos delataban que no mentía al despreciarla por su entrometimiento: Dariy se plantó ante ella con los labios curvados en un rictus despectivo, orgulloso de la diferencia de altura que le permitía intimidarla... O al menos intentarlo.
—Al cálido refugio de la soledad, donde tu ingenua e insistente determinación a convertirme en un héroe no podrá forzarme a asumir roles que ni deseo ni me corresponden.
Lenore soltó una fría risotada y se cruzó de brazos, postura obligada en las que eran las circunstancias. La proximidad de Dariy y el calor humano que irradiaba su piel conectaban las fibras remotas de su ser con deseos prohibidos.
Era un asesino con quien estaba tratando. Debía ser cautelosa.
—Nadie describiría como cálida la condena de estar solo.
Ni siquiera tú, o de lo contrario no te habrías dedicado a jugar conmigo durante todo este tiempo para luego intentar ponerme a salvo.
¿O vas a negar que la otra noche querías asustarme porque a tu manera torpe y siniestra te preocupa que mi propia fascinación pueda perjudicarme, porque sabes que yo no pondré fin a esta locura?
Dariy esbozó una sonrisa condescendiente.
—Veo que no me equivocaba. En el fondo no te atrae la muerte; te pierde el romanticismo.
Eres como todas las mujeres que he conocido a lo largo de los siglos, urechiușă .
Nada más que un monstruo sediento de afecto que hará cualquier cosa, engañarse y anularse incluso, para que no le arrebaten su ilusión de amor.