CAPÍTULO 26 #4
Isobel se asomó por encima de su hombro para leer las páginas que Lenore empezó a pasar con dedos temblorosos.
No era para menos. Solo algunos de los fragmentos que atinó a leer resultaban escalofriantes, y por si acaso uno carecía de imaginación para reconstruir las escenas de terror, el doctor Nightingale había acompañado sus anotaciones de dibujos explícitos.
Los conocimientos médicos de Isobel eran muy reducidos, por no decir nulos, pero las imágenes impresionarían más a una mujer sensible que a un doctor experto.
Mostraban la cabeza abierta de un individuo atravesada por una serie de agujas y, encima, la detallada descripción de la perforación del cráneo, trepanador mediante, de un hombre consciente.
Había dibujos muy conseguidos de amputaciones y del aspecto de un hueso fracturado.
Gulliver había documentado a diario sus avances bajo un título llamativo: «Estudio de un milagro».
«Día 1: prueba de calor. El metal al rojo vivo y el goteo de cera producen quemaduras de tercer grado en la piel, pero el sujeto no se inmuta.»
«Día 2: asfixia simulada. Descubro que el sujeto no respira. Puede soportar horas y horas con la cabeza sumergida en un cubo de agua.»
«Día 3: sensibilidad de los tejidos. Ni la presión en puntos sensibles, ni la perforación de tejido blando, ni siquiera atornillar huesos, le afecta físicamente, pero empiezo a observar cambios en su estado de ánimo.
La criatura puede sentir dolor emocional.
En este caso, experimenta humillación y rabia.
No obstante, la tortura la debilita y no puede defenderse. »
«Día 4: autopsia. Todos sus órganos presentan el estado esperable de un finado.
Corazón flácido y sin pulso, pero sin signos de necrosis o descomposición.
Me ha sorprendido el color, del mismo rojo purpúreo que su sangre.
Tiene los pulmones colapsados, los riñones secos y calcificados.
Lo más interesante, los intestinos, de donde he extraído una muestra de sangre no digerida. »
«Día 5: hoy es un día de celebración. Misterio resuelto.
La clave de la preservación del sujeto non mori es la sangre humana.
Cuando se alimenta, vuelve a la vida. El color regresa a sus mejillas, su corazón vuelve a latir y respira.
He reproducido todos los experimentos que hasta el momento no habían dado resultado y en esta ocasión ha sufrido.
He tenido que amordazarlo para que no se oyeran sus alaridos.
También he debido atarlo: adquiere una fuerza sobrehumana mientras la sangre permanece en su sistema.
Este estado de vitalidad dura entre una y tres horas, es decir, lo que demora en digerir —desde que entra en el estómago hasta que llega a los intestinos— y metabolizar sus componentes.
Mi teoría es la siguiente: el homo immortalis no es en realidad inmortal, pues es susceptible a la muerte durante las tres horas que regresa a la vida. »
Decenas de preguntas asaltaron a Isobel.
Intentó llamar la atención de Lenore en busca de una explicación.
Fue en vano. Su hermana estaba fuera de sí.
Le temblaban tanto las manos que no podría haber seguido pasando las páginas del cuaderno, y aunque hubiera logrado tal hazaña, los ojos cuajados de lágrimas le habrían impedido leer los textos.
Nunca había visto a nadie llorar en silencio, sin darse cuenta de su propia conmoción. Las suyas eran lágrimas de horror, de espanto, pero no percibió en ella la incredulidad que merecía un descubrimiento semejante.
Le habría gustado pensar que aquello era una broma macabra del doctor Nightingale, quien les había reservado una última aventura para que le recordaran cuando su ausencia se tornara insoportable.
Pero Isobel, aun siendo de nacimiento una escéptica pertinaz, comprendió que nada de lo que estaba viendo formaba parte de un teatrillo.
Solo la verdad, la verdad sin florituras, podía resultar tan escalofriante.
Recordó la sonrisa de éxtasis de la difunta Jane Mansfield y su cuerpo vaciado de sangre. Recordó las palabras que su padre pronunció en el lecho de muerte. Recordó las divagaciones posteriores de Lenore.
El miedo la embargó como nunca, enfriándola y paralizándola hasta tal punto que supo que no volvería a conciliar el sueño con la tranquilidad de estar a salvo.
Pero Lenore siempre había sido demasiado temeraria para dejarse consumir por el temor. Cerró el cuaderno despacio, tratándolo con la reverencia que merecía un documento con semejante valor, y se lo colocó entre el brazo y el costado para desandar el camino hacia las escaleras.
—¿A dónde vas? —atinó a articular Isobel, aún petrificada en la habitación de los horrores. Alargó la mano para agarrarla del hombro del vestido, pero la pequeña fue más rápida. Ya estaba subiendo cuando, llevada por la desesperación, gritó—: ¡Lenore! ¡Contéstame!
Ella interrumpió la subida un instante para lanzarle una mirada asombrosamente sabia, como si en solo un momento hubiera adquirido todo el conocimiento que le faltaba para estar en paz.
—No tengas miedo, Bells —le dijo con serenidad. Isobel se quedó de una pieza ante el hecho de que hubiera leído en su alma lo que en realidad la estaba preocupando—. Nadie va a hacerme daño.