Immortalis CAPÍTULO 26 #3
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CAPÍTULO 26 #3

Nunca había dejado de temer que Lenore recayera en la infame enfermedad que se la robaba para llevársela a mundos misteriosos a los que ella nunca tendría acceso, ya fuera por falta de imaginación o por poseer una fortaleza de carácter incompatible con la enajenación.

Pero jamás se le habría ocurrido pensar que el delirio regresaría tan pronto, ni que habría de enfrentarse a él sin ayuda de nadie.

Por primera vez desde su muerte, echó en falta al doctor Nightingale.

Uno de los muchos especialistas que vieron a Lenore en pleno episodio describió con rigurosa precisión los síntomas que advertían del progreso degenerativo. Uno de ellos era la convicción persistente de ser objeto de vigilancia y conspiraciones.

Hasta entonces Lenore no había padecido esa suerte de locura.

—¿Por qué dices eso? —insistió en preguntar ella. La voz le temblaba. No se creía lo bastante fuerte para oír lo que tuviera que decir, ni siquiera para mirarla mientras desarrollaba su delirante fantasía—. ¿Por qué crees que... te quiere matar?

Al levantarse, Lenore pisó los cristales rotos de la botella con las botas. Se paseó por la habitación apartándose los mechones sueltos del moño con movimientos impacientes.

—Porque he descubierto su secreto y ahora lo estoy compartiendo contigo.

Con tal de no enfrentarse a la mirada alucinada de Lenore, Isobel procedió a recoger los pedazos de la botella y depositarlos en el regazo de la falda. Se le ocurrió que había obrado bien al enfrentarse a Percy. De lo contrario, solo Dios sabía dónde y cómo habría acabado Lenore esa noche.

No habría necesitado el vino para sucumbir a desvaríos.

—¿Y no me pone en peligro que me hagas cómplice de la... existencia y los crímenes de una criatura tan poderosa?

Lenore dejó de dar vueltas por la estancia y la miró con expresión neutra.

—Tienes razón. Su existencia es un peso con el que he de cargar sola.

Así lo determinó él mediante el ritual de lealtad, sellado por el beso de la muerte...

—balbuceaba con la mente en otra parte. En un recuerdo, quizá—.

¿Por qué no enfermé, si sus fluidos son letales?

Mi corazón anhela creer que él mismo lo impidió haciendo uso de su magia, esa magia que no puedo entender aún...

Pero debió ser casualidad que su veneno no me afectara.

Isobel escuchaba absolutamente espantada, sin atreverse a darse la vuelta.

A fin de disimular su turbación, se entretuvo dejando los cristales sobre la mesa más cercana y desempeñando las tareas de un criado.

Retiró la alfombra que había absorbido el vino para comprobar si también había humedecido la madera.

Para ello tuvo que empujar primero el sillón hacia atrás.

Debajo no se topó con el noble entarimado que cubría todo el estudio, sino con una trampilla de metal forrado por la que se accedía a un sótano tirando de una anilla empotrada.

Isobel buscó las explicaciones de Lenore mirando por encima del hombro. A juzgar por su asombro —se había asomado para advertir simultáneamente el descubrimiento—, tampoco lo había visto antes.

—Una trampilla —murmuró, maravillada.

—¿No sabías de su existencia? —preguntó Isobel, ceñuda, y sin un ápice de acritud añadió—: Pensaba que padre te tenía al corriente de cada uno de sus pasos. Si no te informó al respecto, debe de ser porque lo habilitó como almacén, o...

Lenore posó una mano amable pero firme en el hombro de Isobel para instarla a apartarse. Con una seguridad inusual en una mujer que había consumido media botella de vino, tiró de la anilla con fuerza. El metal engrasado apenas chirrió en el proceso de adoptar una cómoda posición vertical.

Las escaleras estaban sin pulir, señal de que tampoco el servicio había oído hablar del sótano.

Isobel se estremeció, intimidada con la idea de que su padre escondiera secretos que convenía ocultar en las entrañas de una casa.

Lenore no pensaba lo mismo, como comprobó al echarle una mirada vacilante: la ilusión de acercarse a su adorado referente a través de un nuevo descubrimiento le había iluminado el semblante.

Ni corta ni perezosa, y desatendiendo las protestas de la hermana mayor, Lenore se agarró las faldas con una mano y con la otra procuró mantener el equilibrio en tanto que bajaba los primeros peldaños.

—¡Noor! ¡Detente! ¡No estás en condiciones de hacer funambulismo!

—Si tanto temes que me resbale y me desnuque, acompáñame —la retó.

—Y así seremos dos desnucadas, ¿no?

La risa desinflada de Lenore le llegó como un eco lejano.

Había sido rápida descendiendo las escaleras.

Por alguna razón, le dio más miedo quedarse allí arriba, sola en una casa gobernada por el fantasma del doctor Nightingale, que adentrarse en el misterio.

Tragó saliva, murmuró una oración y se dispuso a seguirla.

Conforme iba bajando, más la sobrecogía la hondura de la madriguera. No era tanto un sótano como un submarino, pero si se quedó sin respiración al aterrizar de un salto nervioso, no fue porque no corriera el aire en la habitación.

—Santo Dios —se le escapó—. ¿Qué es este lugar?

Lenore había reaccionado de manera similar. Ni siquiera ella tenía una dedicación tan ciega por la ciencia: nada más poner un pie entre las cuatro paredes caladas de humedad, había sabido diferenciar entre el ambicioso pero también respetable afán investigador y una obsesión.

El laboratorio del doctor Nightingale podía servir a los propósitos de la primera categoría. El sótano, en cambio, impresionaba por los límites que había cruzado.

En las baldas de madera, carcomidas por el moho, reposaban distintos frascos de sangre, la mayoría coagulada, y otras muestras conservadas aún frescas por Dios sabía qué razón.

Colgados de la pared brillaban los aceros de los instrumentos de tortura más impresionantes que Isobel hubiera visto jamás.

Reconoció un hacha pequeña, punzones y destornilladores de haber observado con curiosidad la dedicación de los carpinteros en su recién estrenada mansión, pero no así otros utensilios como ganchos de carne, poleas y una prensa de banco.

Además de las herramientas del ebanista, había también utensilios de carnicería, simbología religiosa y, por supuesto, equipo quirúrgico.

Con gusto habría resuelto que el doctor Nightingale, además de médico, era un entusiasta del oficio de la madera y se entregaba a él a espaldas de la familia. Pero en el aire viciado flotaba un olor a óxido y a perversión que ponía el vello de punta.

Por más que se devanó los sesos paseándose a distancia prudencial por el circuito circular que la mesa central obligaba a recorrer, Isobel no entendió la relación entre un crucifijo de plata, un escalpelo, varios tornillos para huesos, estacas de madera y cubos de agua.

Debían de haberse empleado para los mismos fines.

—¿Lenore? —la llamó en tono interrogativo, confiándose por primera vez a sus habilidades deductivas.

Su hermana no contestó ni enseguida ni transcurridos cinco tensos minutos.

Ella no había temido acercarse a palpar lo que captaba su atención.

Fue quien descubrió que en el brasero aún quedaban cenizas de un antiguo fuego, con seguridad el último que prendió el doctor.

No salió de su estupefacción hasta que rozó con los dedos el cuero de unas correas que había olvidado sobre la mesa de madera.

Lenore tragó saliva con dificultad y apartó la mano de inmediato, como si los cinturones le hubieran producido una descarga.

—Vámonos de aquí, por favor —pidió la hermana mayor—. Estoy segura de que padre lo usaba como taller para arreglar la cojera de una silla, o...

Su voz se fue apagando.

Nunca había sido una buena mentirosa y sí un alma perceptiva.

No hacía falta conocer a Lenore tan bien como ella la conocía para saber que la visión de las correas, así como otros instrumentos de tortura reconocibles, la habían turbado profundamente.

Aquellos eran los cinturones que su padre, inspirado por las prácticas de los sanatorios mentales, empleó más de una vez para evitar que Lenore se hiciera daño a sí misma.

—Noor... —insistió, y la tomó de la mano para que detuviera su inspección.

La benjamina alzó la vista hacia Isobel, pero antes captó su interés un cuaderno olvidado sobre la balda inferior de la mesa. A la mayor no le quedó más remedio que soltarla y dejarla volar, asustada pero decidida, hacia lo que solo podía ser un testimonio escrito de sus actividades.