Immortalis CAPÍTULO 26 #2
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CAPÍTULO 26 #2

Lenore tragó un sorbo de vino antes de mirarla de esa manera penetrante y pensativa, hasta cierto punto triste, que solo tenía ella.

—¿Qué es el amor? —suspiró al cabo de un rato.

—Oh, por Dios, ¿ahora vamos a departir sobre cuestiones metafísicas? —Isobel puso los ojos en blanco, envalentonada por la bebida—. ¿No crees que pretender ser científica y además filósofa es un exceso de pedantería?

—Yo nunca he pretendido ser nada —admitió con humildad, la vista perdida en el suelo—. Solo he luchado por encontrar el modo de que no dejemos de ser lo que ya somos. De no perdernos en el olvido. De no morir, aunque solo sea en un plano intelectual.

No se sorprendió con el giro drástico. El desvarío era el sello de su hermana.

—¿Y has descubierto algo en tu búsqueda?

—He averiguado que una forma de lograrlo es plasmar tu nombre en un invento, una cura o un hecho histórico que tenga ecos en la eternidad: Isaac Newton, Pasteur, Napoleón.

El mundo seguirá hablando de ellos e indagará en los misterios de sus vidas dentro de doscientos años.

Otra forma —añadió en un gesto de generosidad hacia Isobel— es engendrar hijos que nos sobrevivan y se interesen en estudiar nuestra memoria.

Era la primera vez que Lenore reconocía ante ella el valor del matrimonio. Lo interpretó como una disculpa por su entrometimiento.

—¿Edward te ha hecho cambiar de idea a ese respecto?

La pequeña continuaba embriagándose. Ahora entendía que no había pretendido disfrutar de su compañía, o no solo eso, sino anestesiar los sentidos.

Esta necesidad no casaba con esa reconciliación con la humanidad y lo terrenal que Isobel había intuido en su vigorosa actitud, en su disposición a la chanza y el intercambio de confidencias.

La había creído cuando había hablado de «tomar algunas decisiones».

Apostaba por que esas decisiones pretendían ahuyentar a sus propios demonios, y conociendo la determinación con la que Lenore daba cada paso al frente, de seguro estaría en excelentes términos con sus conclusiones.

Pero empezaba a sospechar, también, que se trataba de decisiones terminantes y por eso mismo peligrosas.

Todavía no se había inventado nada que Isobel temiera más que la firmeza obstinada de Lenore. Para tratarse de una mujer que renegaba de las rigideces sociales, su carácter era de un dogmatismo desmedido.

—Edward es un buen hombre y encontrará la felicidad con una mujer que le respete. Yo no soy dicha mujer —anunció con sencillez—. Lo amo, pero ese es un sentimiento que no estoy dispuesta a llevar a la práctica. Él no puede darme lo que quiero.

Isobel se quedó perpleja.

—¿Qué podrías querer que no pueda darte alguien que te ama? Ni siquiera el mundo es un límite infranqueable, porque no dudes que Edward te lo entregaría en bandeja de plata.

—No puede darme paz.

—¿Disculpa? —jadeó, al borde de la risa histérica—. ¡Como seguro que no se está en paz es amando sin ser correspondido!

Lenore meneaba la cabeza con pleno convencimiento.

—He observado que mi amor por Edward me enfrenta en lugar de reconciliarme con los peligros del mundo.

Me hace dolorosamente consciente de que somos finitos, intrascendentes, de que nos perderemos y moriremos, y eso me carga de impotencia.

El miedo me impide respirar. Y, al mismo tiempo, anula mis reservas.

Cuando sucumbo a él, se me nubla la razón y empiezan a distraerme esas trivialidades que en el fondo detesto.

Me absorbe de tal manera que no puedo centrarme en otra cosa.

Desaparezco, me diluyo en su fuerza, ¿comprendes?

Yo necesito un amor que me ayude a perdonar la imperfección, que me sensibilice a los milagros de la vida, que me conecte con mi insignificancia desde una perspectiva optimista; que sí, me recuerde que algún día moriré, pero subraye que por esa razón soy afortunada.

—No sé de qué estás hablando —reconoció Isobel, angustiada—, pero suena como si supieras dónde encontrar ese amor conciliador.

Lenore dejó correr un silencio terrible. Alargó el brazo hacia la botella y se sirvió de la boquilla. Desparramada en el sillón, despeinada, ojerosa y con los ojos vidriosos, tenía un aspecto del todo vulnerable.

Incluso se diría que había perdido el juicio.

—No quiero volver a amar nada ni a nadie condenado a muerte. No puedo, Bells.

El corazón se le conmovió al escucharla, a sabiendas de dónde nacía aquel susurro penoso.

—Todos estamos condenados a morir, cariño.

—No todos. No todo.

—¿Te refieres a la ciencia?

—Y a todo lo que ella hace posible. El sol y la luna. Al homo immortalis .

—¿Al qué?

—¿Por qué no ha venido en mi busca, Bells? —preguntó de pronto con voz apenas audible. Isobel tuvo que inclinarse sobre ella para escucharla—. ¿Por qué no me ha matado aún?

—¿Cómo? —atinó a formular. Se le atragantó la duda, sobrecogida por la tristeza que había apagado a su hermana—. ¿Quién?

—Soy una amenaza para él —oyó que decía sin apartar la vista de la alfombra—.

Esa noche debería haberme perseguido hasta los confines de la Tierra de haber sido necesario, porque su secreto podría poner el mundo del revés.

Y, sin embargo, pasan las horas... y ni una sola noticia.

¿Tan seguro está de que no le traicionaré?

—Apretó primero los labios, impotente, y luego el cuello de la botella—.

¿Tan predecible me cree? ¿O acaso soy tan inofensiva que ni se toma la molestia conmigo?

El temor le borró de un plumazo la borrachera a Isobel.

Se enderezó despacio. Estaba tratando con una Lenore en exceso vulnerable, y no convenía alertarla con movimientos bruscos.

Por experiencia sabía que la ingesta irresponsable de alcohol propiciaba toda suerte de delirios verborrágicos...

, pero también desinhibía a quienes guardaban para sí revelaciones que podrían cambiar el curso de una vida.

Eso bien lo sabía ella, que en su propio descontrol había estado muy cerca de confesar sus sentimientos.

—¿De quién estás hablando, Noor?

Lenore sonrió con tanta amargura que Isobel creyó conectar con su dolor. Levantó la botella para fingir que leía la etiqueta cuando solo buscaba una burda distracción para seguir reprimiendo las lágrimas que ya brillaban en sus ojos.

Isobel la había visto desvalida en infinidad de ocasiones, pero por los delirios febriles de la enfermedad, las pesadillas y el característico aturdimiento del láudano.

La pena que sentía ahora era más terrenal y por ello descarnada, y no le costaba identificarse en este caso.

A fin de cuentas, sabía lo que era el despecho.

—Pensaba que él correspondía mis sentimientos —sollozó con un hilo de voz.

El corazón le dio un vuelco a la mayor al obtener su confirmación.

No estaban hablando de Edward—. Qué imperdonable ingenuidad, ¿verdad?

Creer por un solo segundo que una vulgar burguesa con ambiciones que le vienen grandes podría conmover a una criatura tan magnífica.

Una criatura a la que nunca se le ha resistido ningún placer y que ha visto todo lo que hay...

A cuántas mujeres no habrá intentado embrujar antes, y cuántas de ellas no habrán sido más astutas que yo.

Seguro que al estar menos pagadas de sí mismas pudieron ver sus intenciones con claridad...

—¿Hablas del hombre al que visitabas por las noches? ¿Por el que te escapabas de madrugada?

—No es un hombre —replicó Lenore con el aliento entrecortado.

Hasta una mención velada al caballero la afectaba profundamente.

Isobel no podía ni imaginarse qué clase de pasión podía causar tales efectos, ni tampoco cómo era posible que su hermana Lenore, entre todas las personas, hubiera caído en sus redes—. Es un monstruo.

Isobel se asustó y se apresuró a arrodillarse ante ella.

—¿Te ha herido de algún modo? Por favor, Lenore, basta de acertijos. ¿Qué ocurre?

—Una suerte de divinidad y, a la vez, prueba fehaciente de los cursos de la brujería —murmuraba ella, como si estuviera recitando un conjuro—. Humano e inmortal. Non mori .

La cita poética le sonó familiar.

Los últimos segundos de vida de su padre.

Isobel había desestimado la advertencia del doctor, convencida de que había llegado a la fase final de su delirio.

Del mismo modo descartó el desvarío de Lenore, mas no por esto dejó de preocuparse.

El alcohol había activado el lado fantasioso de su hermana, con los peligros que eso entrañaba para alguien con tendencia a la melancolía.

Algo dentro de ella murió al reconocer un signo de demencia en la expresión de Lenore. Ya la había visto antes, una noche largos años atrás, cuando padre y primogénita tuvieron que pedir a voz en grito algo, lo que fuera, para inmovilizarla en la cama.

Isobel odió a su padre una vez más, y no por razones egoístas como pudiera haberlo hecho en el pasado. Él y solo él, llevando una de sus locuras hasta el final, había reactivado el trastorno de Lenore.

Pero no podía decírselo sin más. Eso solo desencadenaría un episodio aún peor.

—Has conocido al ser inmortal.

Lenore pestañeó hasta enfocar la vista en ella, como si solo a partir de ese momento la hubiera reconocido como una digna confidente.

—Sí... ¡Sí! Y es tan maravilloso como había imaginado.

Pero también espeluznante —añadió atropellada.

Se enderezó para sujetarla por los hombros, lo que provocó que la botella que había estado empinando cayera al suelo con estrépito y se rompiera en mil pedazos.

Lenore ni se inmutó, e Isobel tampoco pudo reaccionar, espantada e hipnotizada a partes iguales con la lucidez de su mirada—. Él mató a padre y yo seré la siguiente.

Isobel cerró los ojos para asimilar la confesión. Tuvo que hacer acopio de todo su coraje para no romper a llorar de dolor y frustración allí mismo.