Immortalis CAPÍTULO 26
70%

CAPÍTULO 26

Isobel se reencontró con Lenore en la salita de uso personal del doctor Nightingale.

La cazó terminando de poner en marcha el mecanismo del gramófono, que solo ella había tocado hasta la fecha.

Al tratarse de una novedad, no habían podido adquirir más de cuatro discos: Sempre libera de La Traviata ; un instrumental de piano; La donna è mobile de Verdi y la popular balada irlandesa Kathleen Mavourneen .

Lenore se había decantado por The Lost Chord de Arthur Sullivan, para amenizar el rato.

Vigiló a su hermana desde un discreto segundo plano sin tenerlas todas consigo. No sabía qué la tenía más aturdida, si la tempestuosa visita de Percy o el asombroso hecho de que su hermana hubiera dejado el laboratorio para disfrutar de su compañía.

Tal parecía que el amor ablandaba todos los corazones sin excepción, incluso los que pertenecían a la ciencia.

—¿Quieres que te enseñe cómo utilizarlo? —le preguntó Lenore. Señalaba la criatura que era el gramófono con el dedo índice.

Allí dirigió Isobel su mirada desconfiada.

—Ya sabes que no tengo una opinión muy elevada sobre los cachivaches..., pero me fío de tu habilidad para ponerlo en funcionamiento.

—Si no aprendes por ti misma, ¿cómo escucharás a Verdi en casa cuando yo no esté aquí?

Isobel sonrió con extrañeza. Se reservó el comentario más sincero, que a su vez podría leerse como un desprecio a su infancia: «Esta no es mi casa desde hace tiempo, querida, y no habría vuelto a poner un pie de no haber sido por ti».

—¿Por qué no ibas a estar aquí?

Lenore solo se encogió de hombros con ese aire huraño que la poseía a veces.

Isobel desvió la vista al veneno del vaso, que ya empezaba a hacerle efecto, y vació lo que quedaba de un trago. No le dio más importancia al comentario de su hermana. Al final, no quería oír la única respuesta posible: «Porque me casaré con Edward y me mudaré a mi propio hogar».

—Sinceramente, Noor, no creo que ninguna tecnología, por avanzada que sea, pueda llegar a igualar jamás el espectáculo de escuchar un cuarteto de cuerda, una soprano o una orquesta desde una butaca de la ópera.

—A veces uno no está de ánimo para calzarse las botas y enfilar a Covent Garden.

O, dicho de otro modo, no le apetece lidiar con los aspectos no tan agradables de acudir a la ópera: alternar con damas y caballeros que salen de casa para disfrutar del cotilleo y no de la música.

Cuando este es el caso, conviene tener a mano un...

«cachivache» de estos —la citó en tono divertido.

Levantó las cejas mientras se servía otros cuatro dedos de vino.

Llenó también la copa de su hermana—. Así uno no se priva del gusto.

—Si no se está de ánimo para calzarse las botas, con más razón debería ponérselas —replicó, ceñuda. Cruzó el brazo que sujetaba el elixir sobre el otro en una pose informal—. Es cediendo constantemente al deseo de aislamiento como nace un solitario.

Agarrando la botella del cuello con la informalidad de un marinero borracho, Lenore se paseó por la estancia. Eligió el sillón preferido de su padre para derrumbarse como un puñado de escombros.

—La vida es demasiado breve para consagrarla a tareas que no satisfacen una voluntad del alma.

—La vida, como todo, exige una mínima disciplina; no va a ser todo una caótica sucesión de caprichos —corrigió—, y nadie en su sano juicio debería desaprovechar la oportunidad de escuchar una ópera de Verdi en un palco.

¿Cómo vas a comparar la acústica de Covent Garden con el ruido que sea que esté profiriendo ese cacharro?

Lenore le lanzó una mirada socarrona con los ojos entornados. «¡Ay, Bells! ¡Si fueras tan intransigente con algunas cuestiones como lo eres con otras de menor envergadura...!», parecía decir, y ante esta apreciación velada ella se quedó indefensa.

—¿Por qué sonríes así, eh? —no pudo resistirse a inquirir, esperando provocarla para que soltara lo que estuviera pensando.

Isobel evitaba la confrontación con todo el mundo menos con su hermana.

Con ella quería la guerra abierta. Cualquier cosa menos un silencio preñado de insinuaciones—.

¿Te divierten mis protestas, o es que la música tiene ahora poderes sobre tu estado de ánimo?

—En absoluto. Ya sabes que carezco de la sensibilidad artística de mamá, y lo demuestra que a mí el disco me suene de maravilla...

—Se distrajo un momento acariciando la boquilla del vino—.

Solo me he acordado del doctor Winthrop y de su gusto por llamarme señorita Traviata.

Apuesto a que él coincidiría contigo en que despreciar un viernes de ópera es un delito contra la cultura.

—¿El doctor Winthrop? —vaciló antes de ceder a la curiosidad, más por venganza que por interés. Si Lenore se creía en el derecho de opinar sobre su vida matrimonial, ¿por qué no devolverle el atrevimiento?—. No sabía que teníais una relación tan estrecha para consentir apelativos cariñosos.

—Yo no diría que sea un apelativo cariñoso, sino un insulto inteligente. Digamos que padre me legó, además de la casa bajo la condición del casamiento, algunas de sus enemistades.

—Ya veo. —Isobel se armó de valor dando un trago largo—. Supongo que Edward está al corriente de que frecuentas su compañía.

—Nadie ha dicho que frecuente su compañía.

—En alguna parte tendréis que coincidir para que se den las condiciones de insultaros con inteligencia, querida.

Lenore sacudió la cabeza con la sonrisa aún tonteando con sus labios. Alzó el vaso lleno en señal de brindis y se lo llevó a los labios. Miró a Isobel como un padre a una niña traviesa, molesto por su falta de discreción, pero inclinado a perdonarla.

—Así que eres tú la que le insinuó a Edward que podría estar enamorada de un misterioso caballero...

—No esperó a que Isobel se defendiera y suspiró—.

No te culpo ni te juzgo porque esa fuera tu deducción después de mandar a la criada a espiarme.

Y supongo que, muy en el fondo, no te equivocabas al exponer tus teorías —añadió con misterio—.

Pero descuida; al menos a Edward le ha quedado claro que no tiene de qué preocuparse.

—¿Aclarasteis el asunto la noche que fuiste a verlo?

—Meneó la cabeza en desacuerdo con su propia pregunta.

No era eso lo que quería averiguar, por Dios.

Espoleada por el alcohol y aterrada por la respuesta, se corrigió atropelladamente—: ¿Se puede saber qué te ha hecho?

¿Qué pasó ayer, que te ha puesto de un humor magnífico...

? No, no es una cuestión de ánimo, sino de espíritu —se desdijo en voz baja—. Pareces otra mujer.

Lenore apoyó la mano en la mesita auxiliar junto al sillón. Allí desvió y mantuvo la vista mientras deslizaba los dedos por el borde en busca de una mota de polvo.

—Tomé algunas decisiones —contestó con ambigüedad.

—¿Por casualidad alguna de esas decisiones implica el matrimonio? Me extrañaría que Edward no hubiera pedido tu mano para tratar de mitigar el impacto social de tu visita, que, de llegar a conocerse en según qué círculos, te condenaría al ostracismo. Quiero pensar que es un hombre honorable.

Pero lo pronunció como si pensara todo lo contrario.

Lenore hizo una mueca elocuente, cargada de sorna, y volvió a beber.

Isobel la imitó instigada por los nervios.

—Es cierto —acabó confesando la menor—. De los dos, la desaprensiva y falta de escrúpulos es una humilde servidora, no él...

, pero supongo que puedo ser increíblemente persuasiva.

—Se encogió de hombros con sencillez y depositó la copa vacía sobre la mesa para acto seguido beber de la botella—.

Por fin estoy de acuerdo con la Iglesia en que las mujeres heredamos el pecado original.

Todas podemos sembrar el caos si sabemos cómo emplear las malas artes de la Eva seductora.

Isobel la observó con el corazón en un puño.

Ahí tenía su confirmación, pues. Fue dolorosa, pero también liberadora.

Quién le habría dicho que un hombre quedaría definitivamente fuera de su alcance al meterse en la cama con otra mujer y no antes.

Si esa hubiera sido su creencia de origen, habría tenido que renunciar a la fantasía de Edward Whishaw con bastante antelación, puesto que de seguro habría disfrutado de experiencias amatorias con profesionales del gremio.

Pero una profesional del gremio no era el objeto de su obsesión.

Era obvio que en el preciso momento en que Edward besara a Lenore todo habría terminado.

Para Isobel y también para él.

Vació de un trago lo que restaba en la copa y le arrebató la botella para servirse más vino.

En lugar de dejarla donde estaba, en el regazo de Lenore, se la llevó consigo hacia la pareja del sillón que ocupaba su hermana con aire reflexivo.

No haber comido la hacía susceptible de embriagarse deprisa, como revelaba que le brillaran los ojos.

O quizá fuera el efecto de un recuerdo erótico.

Ella no era más inmune al adormecimiento del alcohol, del que no había abusado antes. Aparte, estaba desacostumbrada al vino puro. Lo tomaba rebajado con agua, y cuando se entregaba sin mesura por gusto, la mano de Percy aparecía casi por arte de magia y le retiraba la copa discretamente.

Se sentó en el brazo del asiento como si quisiera hacerse invisible. Perdió la mirada en un punto de la pared mientras se convencía de que nunca había cabido otro desenlace entre los dos enamorados.

¿Podía alguien lamentarse de que se hubiera cumplido un futuro ya escrito? E incluso si no hubiera estado escrito, ¿quién era ella para dolerse, si había sido en todo momento un elemento al margen de la pareja, jamás una rival o una alternativa realista?

Además, estaba casada. Eso anulaba cualquier esperanza de entrada.

Se resignó con una profunda inspiración y con el capítulo trece de los Hebreos: «Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora».

—¿Lo amas? —le preguntó con voz queda.