CAPÍTULO 25 #3
—Si no recuerdo mal, Percy, antes de aceptar tu propuesta matrimonial te informé de las que eran y siguen siendo mis prioridades innegociables.
Mi hermana es una de ellas. Incluso si tuviera a la guardia real, al ejército inglés y a los héroes Hércules y Aquiles a su eterna disposición, yo seguiría dejando lo que me estuviese ocupando en el momento para ir a atenderla.
Lamento que me desposaras creyendo que mentía, exageraba o que dichas prioridades cambiarían algún día, y siento también que esto se haya convertido en un motivo recurrente de disputa entre los dos, pero no seré yo quien dé el brazo a torcer.
Neurasténica o no, víctima o no, teatral o no, Lenore estaba antes que tú y sigue y seguirá ostentando el mismo lugar después.
Percy la miraba con perplejidad, furiosamente ruborizado por el bochorno.
—¿No te da vergüenza admitir en voz alta que tu marido no es lo más importante?
—¿No te da vergüenza a ti venir a reclamar atención constante, como un niño caprichoso? —contraatacó con desdén—. Soy tu esposa, no tu madre.
Isobel se habría pensado dos veces la osadía de replicarle si hubiera sabido cómo reaccionaría. No supo qué le dolió más, si la bofetada que le giró la cara o el hecho de que no hubiera dudado un segundo en ponerla en su sitio.
En lugar de acusar el ataque con una mirada de reproche, Isobel permaneció con la cabeza ladeada, así como el golpe se la había dejado.
Nunca se le habría ocurrido pensar que la violencia atraería un torrente de pensamientos. Siempre había creído que los cónyuges atacaban a sus mujeres precisamente para callarlas, para vaciarles la cabeza de absurdeces, pero su mente se puso a trabajar al límite de su capacidad.
Una idea destacó entre las demás: por más discusiones acaloradas que hubiese atestiguado entre sus padres o su abuelo y Theresa, ninguna había desembocado jamás en una muestra de temperamento.
—Si no estás en casa mañana a las siete, cuando empiece a prepararme para trabajar —le advirtió Percy con la voz temblorosa de rabia—, habrás de atenerte a las consecuencias. No soy un hombre al que puedas humillar a placer, Isobel. De cara al futuro harías bien en tenerlo presente.
A una parte de ella le habría gustado tener la última palabra y cerrarle la puerta en las narices. Por desgracia, Percy se marchó antes, subrayando así una autoridad que de todos modos ya había quedado clara.
Fue al ver su figura perderse calle abajo, donde le esperaba el carruaje, que cayó en la cuenta de que la habría abofeteado a la vista de todos si hubieran sido horas de trasiego.
Aunque ya no pudiera verla, Isobel asintió con la cabeza con docilidad. Se planteó entrar en silencio a por su bolso y tomar un coche de punto o el ómnibus para regresar de inmediato, pero nunca había visto a su marido fuera de sí y temía no saber cómo lidiar con él.
Más por miedo que porque se irguiera firme en sus determinaciones, cerró la puerta de la casa muy despacio, como si la asustara ofenderlo más haciéndolo de golpe.
Luchó contra las lágrimas de vergüenza y el nudo en la garganta. Tenía que recomponerse antes de regresar con su hermana, si bien estaba segura de que Lenore no notaría su alteración como nunca notaba absolutamente nada.
—Deberías divorciarte —anunció la reina de Roma.
Isobel se llevó una mano al pecho, sobresaltada. La encontró de pie y más o menos recostada contra el barandal de la escalinata, con una botella de vino en una mano y dos vasos en la otra. Ya de lejos se apreciaba el brillo vengativo en sus ojos castaños.
Asombrada por la naturalidad con la que había sentenciado tamaña locura, Isobel soltó una carcajada. Esto la ayudó a liberar parte de la tensión y a acercarse a Lenore con fingida despreocupación.
—No digas sandeces, Noor. Nadie se divorcia por una estúpida bofetada.
—Entonces no es estúpida la bofetada, sino la mujer que no la tiene en consideración —atajó sin inmutarse—. Papá jamás le levantó la mano a mamá, y estoy segura de que el abuelo se la cortaría si alguna vez la usara para algo distinto a acariciar a Theresa.
Le sorprendió que ambas, siendo tan distintas como eran, hubieran llegado a la misma conclusión.
—Cada matrimonio es un mundo.
—Ninguno debería ser el mundo de las pesadillas.
—Oh, por favor... Basta. Percy no es malo —se apresuró a justificarlo—. Estaba nervioso, fatigado después de un largo día de trabajo, y yo lo he provocado con mis insolencias. Eso es todo.
—¿Entonces crees que te la merecías?
—Creo que nadie está libre de caer en un error. Ni siquiera los hombres más virtuosos.
Lenore se limitó a levantar las cejas. Un gesto tan sencillo le bastaba para transmitir ideas complejas y poner a cualquiera en su sitio.
Isobel pensó con admiración que si su marido tuviera una expresividad parecida no habría necesitado castigarla con un bofetón; con una mueca desdeñosa ya la habría enviado al infierno de la humillación.
La vio servir cuatro dedos de vino en una de las copas y bajar un par de escalones para tendérsela. Con el ofrecimiento pretendió suavizar el golpe de confesar:
—No me gusta ni me ha gustado nunca ese hombre. No es inteligente.
Isobel puso los ojos en blanco. Aceptó el vaso solo porque venía de su hermana.
—Hay delitos peores que no ser una lumbrera intelectual, Lenore.
—Ahí te equivocas. —La señaló con el dedo índice que había separado de su propia copa, ya servida—.
La estupidez en todas sus formas es la única responsable de los horrores del mundo.
A veces se viste de negligencia, a veces de ignorancia; a veces, como ha sido el caso, revela una falta total y absoluta de voluntad y amplitud de miras para comprender al prójimo.
Isobel se excusó en dar un sorbo al vino para no mirarla a los ojos.
—Es entendible que se sienta desplazado. Soy su mujer. Se casó conmigo para que le hiciera compañía, entre otras cosas.
Lenore bajó un peldaño más para quedar a su altura. A Isobel no le quedó otro remedio que enfrentarse a su semblante sombrío, si bien no halló el juicio que había temido.
Y si lo había, desde luego no estaba dirigido a ella.
—Tú no eres simplemente la esposa de un hombre.
Eres una totalidad y, como tal, tienes no ya el derecho, sino la obligación de atender todos los deseos y sueños que plantee tu carácter.
No cometas el error de simplificarte para encajar en los estrechos cánones de un tipo mediocre. Tú sí eres inteligente, Bells.
Ella bajó el vaso a la altura de la cintura para mirarla con seriedad.
—Respeta a mi marido, Lenore, o si solo puedes respetar mi inteligencia, entiende que mi elección fue un resultado de la misma.
—Pues yo creo que tu elección fue resultado de las prisas.
—No todas las mujeres tienen la suerte de poder aspirar a un hombre excepcional, ¿sabes? —le espetó atropelladamente—. Criticar desde fuera y sin experiencia matrimonial es la mar de fácil, pero también injusto y grosero.
—Él lo pone muy fácil, sí —insistió sin dejarse amilanar—, pero no insistiré si te incomoda.
Solo quiero que sepas que, si te plantearas el divorcio, yo te apoyaría y hasta acudiría al Tribunal de Causas Matrimoniales como testigo de violencia.
La crueldad es un motivo válido para tramitar la separación, ¿sabes?
Dicho eso, bajó los peldaños y dobló hacia la izquierda para dirigirse, con toda seguridad, al despacho de su padre.
Isobel se quedó en el sitio un rato más con una mueca amarga.
Sabía que su hermana no mencionaba el divorcio a la ligera.
La creía muy capaz de poner en marcha un procedimiento legal si ella hubiera estado en su lugar, además de lo bastante fuerte para afrontar las repercusiones sociales, económicas e incluso familiares, porque el primero en darle la espalda sería el barón Fellowes.
Pero a Lenore no solo no le importaría vivir estigmatizada, sino que celebraría que el beau monde , al que tomaba por una suerte de infierno en la Tierra, olvidara convidarla a sus veladas.
Por desgracia, Isobel no podría soportar la maledicencia de quienes antaño habían sido compañeras de debut y fieles admiradores.
No podría soportar el desdén, la soledad forzada; abrir los ojos, en definitiva, al hecho de que su valía y sus relaciones sociales habían dependido y dependerían siempre del éxito que tuviera en el mercado matrimonial.
Sacudió la cabeza, espantada porque las locuras de su hermana hicieran mella en su sano juicio.
Pero no podía evitar sopesar con la necesaria solemnidad todo lo que Lenore le proponía.
Lejos de descartar sus opiniones por razones de edad, inexperiencia o secuelas de la neurastenia, la escuchaba con más atención que a su propio marido, a sus amigas, al barón o incluso a los hombres de Dios.
Lenore solo tenía diecinueve años, pero haber padecido la clase de dolor que enloquecía a los espíritus débiles le había configurado una forma de pensar increíblemente evolucionada, pues se fundaba sobre una sencilla premisa: nada en el mundo era inevitable salvo la muerte, y cuando ya no se temía la única experiencia radical, uno estaba por encima del bien y del mal.
Aun así, Isobel debía descartar sus sugerencias por el bien de su paz mental.
Si quería vivir tranquila, y por Dios que era lo único que había querido nunca, tendría que acatar desde la primera hasta la última regla.