CAPÍTULO 25 #2
Isobel se tuvo que tragar su malestar para seguir fingiéndose interesada.
Lenore no podía saber lo doloroso que era para ella verse una vez más rogando por la atención de alguien que no tenía ojos para nada que no fueran sus experimentos.
Creía haber puesto fin a esta humillante dinámica tras despedir a su padre, pero tal parecía que Dios le había destinado un eterno papel pasivo.
Desconocía cuál era el propósito divino, si la exponía a situaciones homólogas porque quería que reforzara su tolerancia al sufrimiento o solo pretendía recordarle que no era ni sería nunca la prioridad de sus seres queridos. No era ni sería nunca nada.
—¿De qué enfermedad se trata? —se resignó a preguntar.
—Aún no tiene nombre. Seguro que papá se habría inventado un término latino con gancho.
Isobel forzó una sonrisa cariñosa. No le duró mucho, y tampoco tuvo sentido sostenerla en vista de que Lenore no le prestaba atención.
—En lo tocante a padre... —empezó con tiento—. O, más bien, a la discusión relacionada, quería disculparme contigo. Fui severa, incluso cruel, en un momento en el que tú necesitabas consuelo.
—No me pidas perdón. —Sonó sorprendentemente tranquila—. Fui yo quien te exigió una confesión, y eso fue lo que recibí. Agradezco tu sinceridad y solo lamento que tu percepción no coincida con la mía..., pero es legítima. Es tu verdad.
Isobel se quedó descolocada. No tanto porque Lenore hubiese asimilado sin dificultades un testimonio sobrecogedor sobre la persona que más había amado, aunque el hecho fuese de por sí asombroso.
Era la vibrante energía que la envolvía, la serenidad con la que se expresaba, la fluidez de sus movimientos, en las que no había reparado hasta ese momento.
Nunca había sido una muchacha timorata, pero ahora parecía que hubiera descifrado los más íntimos secretos de su cuerpo, liberándolo de las constricciones de la disciplina.
No la veía inquieta, como había temido después de encontrársela crispada y vulnerable la noche anterior. Estaba tranquila, y, lo que era más, había una luz y un brillo en su rostro que había achacado por error a la ilusión del estudio.
Porque no, una mujer no se volvía magnética de la noche a la mañana por obra de la ambición. Las obsesiones devastaban y enloquecían porque eran perseguidas desde la desesperación.
La paz de Lenore no era fruto de la lucha, pues, sino de la rendición.
Isobel dio un paso atrás, horrorizada, al comprender a qué se debía. Abría la boca para verbalizarlo, fuera en forma de acusación o de exclamación ahogada, y la volvía a cerrar temblando por la impresión.
Jamás lo lograría. El amor entre Lenore y Edward era para ella una cuestión tan personal que tendrían que matarla y abrirle el corazón en canal para adivinar su sentir al respecto.
Cuando Lenore alzó la barbilla, guiada por la intuición de que algo no marchaba bien, unos golpes a la puerta principal rompieron el silencio.
Un visitante las había salvado a ambas de mencionar un asunto peliagudo.
—Me imagino que el servicio sigue despedido salvo para las limpiezas puntuales —murmuró Isobel—. Yo me encargo.
Bajó las escaleras deprisa, el corazón martilleándole en el pecho y las lágrimas bloqueándole la garganta.
Para ser una mujer insatisfecha con su falta de imaginación, había dibujado la escena con riguroso detalle: Edward llegando de una jornada en comisaría con la ropa calada de agua, dejándola en cualquier parte con la urgencia de reencontrarse con su amante y besándola antes de desearle siquiera las buenas noches.
Lenore habría correspondido su arrebatado impulso sin pudor, pues siendo una aventajada estudiante de anatomía no tenía sentido temer ni las manifestaciones físicas del amor ni que fuera a incurrir en un delito contra el honor femenino.
A ninguno de los dos le habría importado que no luciera un anillo de compromiso en el dedo, ni que fuera un escándalo inconcebible que una muchacha en edad casadera durmiera en la casa de un soltero.
Todo se habría desarrollado con una naturalidad contraria al decoro, porque así era Lenore y él siempre había estado dispuesto a amarla como ella le pidiera que lo hiciese.
Isobel se alisó las arrugas inexistentes de la falda y se pasó las manos por la cara, nerviosa por la estampa que su cabeza se negaba a descartar. En su mente habitaba un inquilino que la odiaba y dedicaba sus días a maquinar formas de destruirla, y tarde o temprano lo conseguiría.
Sobrepasada, acabó deteniéndose en el corazón del recibidor. Se presionó los ojos con los cantos de las palmas para controlar un acceso de llanto. Pero el escalofrío que le recorrió la espalda, paralizándola de golpe, no surgió del dolor del despecho.
Isobel se tensó, alertada por un extraño y repentino presentimiento.
En lugar de buscar lo que lo había causado, se puso cómoda en la emoción que se le ofrecía como alternativa a los celos.
Pensó que solo así se calmaría, y no se equivocaba.
El invitado seguía llamando a la puerta, cada vez con mayor impaciencia, pero ella había decidido dejarse mecer por el turbador consuelo que la había invadido.
Era como si un dios de las nieves o la muerte en persona la hubiera abrazado por la espalda y le hubiese susurrado al oído que aquello no era importante.
Tan poderosa fue la sensación que por un momento estuvo convencida de que tenía a alguien detrás, a un hombre con el talento de manejar los hilos de su subconsciente y poner orden al caos de su cabeza.
Pero cuando se apartó las manos del rostro y se giró guiada por una incomprensible fuerza magnética, confirmó que no había nadie.
Donde sí había alguien era al otro lado de la puerta, y allí se dirigió después de cuadrar los hombros.
No supo quién se quedó más sorprendido con el encuentro, si Percy o ella misma. Vestía todavía el chaqué con el que recibía a sus clientes en el despacho. Haría unos minutos desde que había terminado la jornada; se le veía cansado y muy agitado.
Se adelantó un paso para mirar por encima del hombro de Isobel.
—¿Por qué has abierto tú? ¿Dónde están los criados?
—Fueron relegados de su puesto en cuanto Lenore se mudó a Hampstead Heath. Por lo que sé, se presentan una vez por semana para limpiar la casa de arriba abajo.
El gesto de Percy se ensombreció.
—¿Quieres decir que estás sola?
—No. —Trató de sonar paciente, pero tenía los ánimos crispados—. Como te dije en mi misiva, he venido a hacerle compañía a Lenore.
—¿Y por qué demonios está Lenore aquí, y no con los Loxley?
Isobel practicó para sus adentros una respuesta conciliadora antes de hablar.
—Como te decía en la nota —recalcó de nuevo—, mi hermana no se encuentra en su momento óptimo. Echa de menos a padre y no le basta con visitar su tumba para sentirse cerca de él. De vez en cuando necesita venir a su casa, rodearse de sus pertenencias...
Percy sacudía la cabeza, pasmado.
—¿Cómo es que el barón permite estas excentricidades?
Incluso si Isobel estaba de acuerdo con él, odió el modo en que se pronunció al respecto.
—No se le puede prohibir a una huérfana que mantenga el contacto con sus raíces, con su infancia reciente, y mi abuelo sabe mejor que nadie que el luto es caprichoso. Forzar a una joven a procesar una pérdida conforme a criterios ajenos a los suyos es una crueldad.
Percy seguía negando con la cabeza, cada vez más incrédulo y nervioso.
—No entiendo por qué insistes en acoplarte a los estados de ánimo de tu hermana, sobre todo cuando ya sabes que corres el riesgo de que te arrastren a la indecencia.
Eres una mujer prudente; de seguro sabes que esta obcecación suya por vivir sola, aunque sea dos días, se convertirá en un escándalo.
Escándalo que, dicho sea de paso —añadió entre dientes—, nos afectará a ambos por relación directa.
—No pretendo quedarme a vivir con ella, Percy —intentó mediar—. Soy consciente de las que son mis responsabilidades conyugales. Pasaré aquí un par de noches, solo hasta haberme cerciorado de que Lenore está pasando por una fase del luto y no sufriendo algo peor.
Percy clavó en ella una mirada sombría.
—¿Un par de noches? ¿Vas a desatender tu casa y a tu marido así, sin más?
Isobel cerró la mano sobre el picaporte para desahogar un gemido de frustración.
—Ahora mismo mi hermana me necesita.
—¡Yo te necesito! —rugió Percy—. He tenido una jornada de trabajo extenuante enfrentando problemas logísticos y a un par de clientes que no están satisfechos con nada, y cuál no ha sido mi sorpresa al llegar a casa, harto y furioso, y toparme con que mi esposa, con la que aún no he cumplido ni tres meses de casado, ha vuelto a escaparse para cuidar de su hermana adulta.
—Lo siento —dijo Isobel de corazón—. Yo tampoco contaba con que los acontecimientos siguieran este curso, Percy.
No puedo darte detalles sobre el estado de Lenore, pues ante todo he de proteger su integridad y su honra, pero has de creerme cuando te digo que la situación es complicada y mi hermana no tiene a nadie más.
—¡Eso te ha hecho pensar ella con sus teatrillos de víctima! ¡El barón debería hacerse cargo de la neurastenia de la maldita Lenore, no tú!
El desdén que rezumaba el comentario colmó la paciencia de Isobel, que se irguió con todo el cuerpo en tensión y por primera vez lo enfrentó con una mirada gélida.