CAPÍTULO 25
De alguna manera necesitaba desahogar su frustración.
Estaba claro que su opinión ni sumaba ni restaba en las cuestiones relativas a su hermana.
Por eso había decidido morderse la lengua, aun estando en rotundo desacuerdo, cuando el barón le había comentado que Lenore pasaría las tardes en la antigua vivienda familiar.
A fin de cuentas, él no habría escuchado sus argumentos en contra...
, si bien las opiniones de nieta y abuelo no diferían demasiado.
Ninguno de los dos quería autorizarla, solo que por razones distintas: Humbert estaba en contra de que una huérfana merodeara sin carabina lejos de su supervisión, mientras que Isobel temía el impacto emocional que sumergirse de lleno en los recuerdos tuviera sobre sus sensibilidades.
El único motivo por el que el barón había cedido al capricho de Lenore tenía nombre y apellido, y era implacable en lo que a la señorita Nightingale respectaba: Theresa siempre había sentido debilidad por la muchacha, pero ahora que convivía con ella se había convertido en férrea defensora de sus intereses.
Se desvivía en la lucha por complacerla.
No podía reprochárselo. Isobel sabía mejor que nadie el poder que Lenore ejercía sobre los demás, empezando por ella misma, su hermana mayor, y acabando por Edward Whishaw.
Frenó nada más cruzar el recibidor, furiosa porque el dichoso nombre no dejara de asediarla.
Se recriminó la incapacidad para gobernar el curso de sus pensamientos.
Aprovechando que nadie la veía, arrojó el paraguas de cualquier manera a un rincón, se quitó los guantes tirándose airadamente de las puntas de los dedos y, a falta de emprenderla a golpes con alguien —algo que de todos modos no se le habría ocurrido—, por poco los estrelló contra la pared.
Sabía cuáles eran sus deberes familiares y no pretendía eludirlos, pero cuánto echaba de menos en circunstancias como aquella la existencia de un hermano mayor.
O solo un pariente de edad e inquietudes parecidas a las de Lenore; alguien, en definitiva, que la relevara de sus obligaciones cuando no estaba en sus cabales.
Ese habría sido un excelente momento para que entrara en acción.
Isobel se sentía fuera de sí desde que Edward y Lenore pasaran la noche juntos, y comprometida como estaba con los valores de la prudencia, prefería ocultarse de los ojos del mundo mientras no pudiera controlar sus arrebatos.
Pero no iba a ser posible considerando las circunstancias. ¿Quién, sino ella, se aseguraría de que Lenore no había pedido permiso para refugiarse en Great Ormond Street porque quería regodearse en la miseria de la orfandad?
«Edward Whishaw, por ejemplo», contestó la venenosa voz interior.
—Basta, Isobel —se ordenó por lo bajo.
Todavía estaba barajando qué la había herido más, si el hecho de que Lenore acudiera al inspector Whishaw en un momento de debilidad antes que a ella, a su propia sangre, o que la relación entre los dos estuviera camino de su consolidación.
Isobel había contado con que tarde o temprano Noor daría su brazo a torcer y se entregaría a Edward, aunque solo fuera por el esfuerzo que suponía aparentar una indiferencia que no sentía, pero ¡por Dios! ¿Tan pronto?
Los celos y el rencor la consumían desde la noche anterior.
Unos celos y un rencor ilegítimos, pues al fin y al cabo ella jamás había confesado sus sentimientos.
Tampoco era la clase de mujer transparente cuyo comportamiento clamaba al cielo.
Cuando su desesperación alcanzaba un pico de locura peligroso, Isobel tenía que sentarse a mediar consigo misma adhiriéndose a los más simples argumentos: «No puedes llevar toda la vida actuando como si no te importara en absoluto y luego ofenderte porque ninguno se haya dado cuenta, Bells».
Colgó el capote y el sombrerito en el perchero del recibidor e inspiró hondo hasta serenarse.
Lanzó una mirada cansada a la desembocadura de la escalinata principal.
Apostaba a que Lenore pululaba por las estancias del piso superior; si no por el despacho de su padre, por el laboratorio, sus rincones preferidos del planeta.
Se preparó mentalmente para la conversación que se había propuesto mantener y fue a su encuentro.
No tenía la energía necesaria para confrontarla a propósito de sus escapadas, pero ¿acaso la habría tenido su madre años atrás, cuando, después de observar las inclinaciones científicas de su hija, trató de hacerle entender que seguía siendo una mujer y, como tal, seguía atada a responsabilidades muy alejadas del terreno del conocimiento?
¿La habría tenido su padre cuando Lenore empezó a mostrar claros síntomas de melancolía y en una primera instancia se dispuso a tratarla con sencillas conversaciones?
No, seguro que no. Pero por ese motivo el deber se llamaba deber y no «placer» o «chocolate», porque no resultaba grato para nadie y, aun así, tenía que hacerse.
Halló a Lenore encorvada sobre la mesa del laboratorio vertiendo con un cuentagotas una sustancia misteriosa sobre la placa de cristal.
Con cuidado de no sobresaltarla, tocó a la puerta con los nudillos y esperó con humildad a que ella le hiciera un hueco en su exuberante mundo de fantasía.
Su hermana se enderezó, despacio, y la miró por encima del hombro.
Las lentes estaban a punto de saltar de la punta de su naricita, hartas de mirar al mismo punto desde hacía horas.
Le costó enfocar la vista, como siempre que se abstraía.
Nada más mirarla a la cara, Isobel olvidó por qué estaba resentida.
Lenore presentaba un aspecto deplorable a la par que majestuoso.
Estaba ojerosa y pálida, señales de que no había dormido en toda la noche y se había saltado el almuerzo con tal de seguir trajinando en el laboratorio, pero la causa de su cansancio no era otra que la pasión.
Esa pasión desmedida e incondicional para la que no eran aptos todos los seres humanos y que dotaba de un halo cuasidivino a quien tenía el don de sentirla.
Los ojos de Lenore irradiaban un brillo febril.
Isobel apoyó el hombro contra el marco de la puerta y sonrió.
—Nunca te has parecido tanto a padre como ahora —dijo en voz baja, procurando modular la voz para que sonara como un halago—.
Él también olvidaba comer y renunciaba al sueño con tal de observar un progreso cuanto antes...
Espero que tú al menos aprendas en algún momento que alimentarte y estudiar no son tareas excluyentes.
—No tengo hambre —se justificó enseguida, y se giró para retomar la tarea—. ¿Qué haces aquí?
No hubo causticidad en su tono. La suya había sido una mera expresión informal.
Isobel cuadró los hombros. Había hablado con Lenore cientos de veces antes para reprenderla, aconsejarla, interrogarla y hasta atacarla, pero sentía que el asunto que había ido a abordar era el más importante de todos.
Había llegado la hora de la verdad.
—He venido por si necesitabas algo. La visita que le prestaste a Edward de madrugada y nuestra discusión posterior me dejaron preocupada.
Fui a buscarte a Hampstead a la tarde y el abuelo me informó de que pretendes dormir aquí un par de días.
No me simpatizaba la idea de que estuvieras sola cuando no hará ni unas horas necesitabas la compañía de un ser querido, por lo que...
—Hizo una pausa para secarse en la falda el sudor de las palmas.
Hablar con Lenore no se le hacía más fácil por mucho que practicara—.
Si estás de acuerdo, me gustaría quedarme contigo. Al menos esta noche.
—Como quieras —respondió con un brío sospechoso, restándole toda importancia.
Isobel estaba familiarizada con ese nervio suyo.
Era el que la poseía cuando tenía un objetivo en mente capaz de eclipsar todo lo demás, desde las necesidades básicas de un ser humano hasta el tiempo, el espacio y sus figurantes—.
Pero te advierto que no voy a ser una compañía grata.
Ahora mismo estoy enfrascada en un estudio que me urge concluir.
Obtenida ya la venia real, Isobel cruzó la estancia mirando a un lado y a otro con recelo.
Nunca había podido comprender la fascinación de su padre por un lugar tan desangelado, no se dijera ya la de una jovencita de diecinueve años.
No solo desdeñaba la ciencia en sí, que al fin y al cabo le había arrebatado el cuidado y el afecto de su familia; también le costaba perdonarle a su hermana sus ambiciones masculinas.
Debería haber renunciado a ellas años atrás, en cuanto entró en edad casadera.
—¿De qué se trata? —preguntó, aun así.
Ante todo estaba allí para apoyar sus emprendimientos y recordarle que era amada sin condiciones. Para sustituir a su padre, en definitiva. Dios sabía que ella como individuo no se valía por sí misma lo suficiente para conmover o inspirar a Lenore.
—Estoy buscando la cura de una enfermedad —contestó con ambigüedad.
Colocó la placa bajo el microscopio y echó una concienzuda ojeada a través de la lente—.
Llevo las últimas diez horas vertiendo distintos antisépticos en el cultivo de la bacteria y no hay uno solo que haya surtido efecto.
El bacilo resiste a la tintura de yodo, al nitrato de plata, al ácido bórico y carbólico...
Incluso a un sublimado corrosivo con el que de ningún modo podríamos tratar a un paciente contagiado de la bacteria sin matarlo. Estoy pensando en...
—¿Rendirte?
Para mirar a su hermana, Lenore tuvo que hacer otro esfuerzo consciente para enfocar la vista. Isobel se ruborizó, avergonzada por haber delatado su falta de confianza. A la pequeña no le habría pasado desapercibida, perspicaz como era, pero no inició una discusión.
¿Para qué? Le era indiferente la visión que una ignorante como ella tuviera de su labor.
—En probar ácidos igual de letales, como el clorhídrico y sulfúrico —la corrigió sin acritud—, aunque solo sea para observar el comportamiento de la bacteria.