Immortalis CAPÍTULO 24 #4
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CAPÍTULO 24 #4

Exquisitos fueron los besos con los que Edward se fue disculpando por desnudarla.

Un beso en la clavícula cuando le bajó la bata, un beso en la cadera cuando tiró de la cinta que la anudaba, un beso en las rodillas cuando la instó a separarlas.

Lenore quería ser Dios para estar en todas partes, sumergida en las sensaciones intensificadas por una sensibilidad cutánea que parecía obra de un hechizo y también de mente presente en el momento en que él se mostrara tal y como vino al mundo.

Había un elemento hipnótico en el modo en que un hombre miraba a una mujer cuando ya avistaba el clímax.

Era muy distinto de la forma en que tocaba el medio a través del que lo conseguiría, con una sagrada devoción que llenaba los ojos de lágrimas.

El hambre, la sed y todo lo que era primario habían dotado su expresión de una emoción desgarradora que podía resultar incómoda, desconcertante y hasta peligrosa, pero sus caricias contenidas en el nombre del amor hablaban de una ternura que la conmovió.

Lenore extendió los brazos como un crucificado y esperó, hiperventilando, a que Edward se desvistiera.

Se comunicaron con la mirada como siempre lo habían hecho, solo que esta vez sin avergonzarse de la lascivia que revelaban.

Él desabrochó los botones del chaleco, arrojó al suelo la corbata y se sacó la camisa húmeda tirándose de atrás.

Nada más terminar con las prendas superiores, sus manos volaron hacia los muslos de Lenore para contrarrestar su insolente impaciencia con una caricia larga y sentida.

Más que ruborizarla, ser blanco directo de su mirada valorativa —en ningún caso crítica— la intimidó y sintió tentaciones de esconder el rostro en la almohada.

El corazón le latía al borde del infarto, el calor empezaba a propagarse por todo su cuerpo.

Cabía tener miedo de que la sensación la matara antes de tiempo, pero se negó a ser cobarde.

No lo sería cuando estaba tan cerca de averiguar si había acertado en sus sospechas y, en efecto, el amor era la antesala del delirio.

Edward se fue tendiendo sobre ella sin apartar la vista de su rostro. Pese a los ardores que le tenían el rostro congestionado, se movía con precaución, decidido a no espantarla.

Lenore sintió primero el agradable peso de su cuerpo y lanzó un jadeo que sonó como una interrogación.

No había esperado que el contacto piel con piel fuera placentero y pudiera entrar en el terreno de la intimidad.

Después, cuando se deshizo de los pantalones, descubrió que las caderas masculinas eran más estrechas para encajarse entre las piernas femeninas como las piezas de un puzle.

Por un momento dudó si la simple anatomía no tendría más razón que Dios, la sociedad o ella misma y el único destino de la mujer no sería fundirse con un hombre, porque entonces no importaron sus objetivos.

Lenore notó contra su sexo una dureza caliente que alivió y alteró el ardor a partes iguales.

Buscó la mirada de Edward, que le transmitió calma a la par que un entusiasmo febril.

Él le acarició la mejilla con los nudillos antes de apoyarse en el codo, aún encima de ella.

Depositó un beso tembloroso en la comisura de sus labios, entreabiertos con la vana esperanza de encontrar la respiración.

No se resistió más y lo abrazó por los hombros.

Nunca se le habría ocurrido pensar que un hombre parecería duplicar su tamaño tendido cuan largo era sobre una mujer anhelante.

Estaba segura de que por mucho que alargara las manos hacia las paredes o hacia el cielo no podría tocar nada que no fuera él.

Dulcemente mareada, buscó su boca. Esta vez fue ella quien comandó el ritmo y la dirección del beso, preludio de lo que acto seguido sucedió entre sus muslos.

Edward empezó a moverse, al principio despacio, produciendo una estremecedora fricción.

Lenore interrumpió el contacto de sus labios para decidir si era placentero o una tortura y concluyó que se trataba de algo extraordinariamente sensual.

Edward había empezado a sudar, más por el esfuerzo de contenerse que por el ejercicio, que de igual modo lo estaba frustrando y deleitando tanto o más que a Lenore: de sus labios salían sonidos que le ponían el vello de punta y no hacían sino caldearle la sangre.

Llevó las manos a su cabello rubio y se aferró a él con todo el cuerpo en tensión para no ceder al engañoso deseo de cerrar las piernas.

No necesitaba comunicarle lo que pensaba, así como Edward tampoco desaprovechaba la boca dándole usos tan banales pudiendo besarla.

Se miraban y de este modo se confesaban cuánto les gustaba.

Lenore culebreó bajo su cuerpo para poder agarrarlo de las nalgas y rogarle sin pudor alguno que lo hiciera de una vez. Edward trató de negarse prolongando el roce entre sexos más allá de lo tolerable, pero acabó apretando la mandíbula, sobrepasado, y concediéndole su deseo.

Creyó que estando excitada no le dolería.

Había subestimado la tensión erótica que aportaba rigidez a los músculos y el miedo a lo que estaba sintiendo.

La penetración le produjo una fuerte punzada en el bajo vientre.

Cerró los ojos con fuerza y negoció con su cuerpo para ir poco a poco distendiéndose.

—¿Te he hecho daño? —murmuró Edward contra su oído.

El choque de su aliento en un espacio tan íntimo la estremeció. Su única respuesta fue jadear y arquear la espalda para invitar al movimiento calculado, que él reprodujo escuchando con atención las necesidades de su anatomía.

Al principio la fricción la incomodó, pero solo porque se había comprometido a experimentar cada sensación en su esplendor supremo.

En cuanto apartó la mente de la tirantez inevitable y se concentró en los gemidos de Edward, en su rechinar de dientes y en el calor que, como un cañón, iba disparando de su sexo al resto de sus terminaciones, pudo abandonarse a un placer inefable.

Lenore le hundió los dedos en los hombros y volvió a moverse, ahora inquieta, para exigir otra clase de trato.

Siguiendo al pie de la letra su orden, Edward aumentó el ritmo y se fue separando cada vez más para que la penetración fuera el doble de intensa, para que durase el doble de tiempo.

Lenore apretaba los dientes para no hacer ruido, asustada por lo que se le pudiera escapar en un momento tan vulnerable: un «te quiero» que todavía no había pronunciado y que en la medida de lo posible evitaría pronunciar.

Él no permitió que se coartara deshaciéndola con besos en el cuello, a cuál más húmedo y provocativo.

Viendo que no conseguía que se rindiera a los gritos, abordó su boca sin contemplaciones.

La besó sin detener el vaivén de sus caderas hasta que ella emitió un gorjeo con la garganta.

—Eso es. —Edward se retiró lo justo para beberse su gemido desinhibido y la recompensó mordiéndole el labio inferior—. Vuélvete loca.

Verle la cara a Edward en un momento de máxima unión, toparse con su mirada brillante y su sonrisa entre incrédula y sobrepasada de amor le produjo una segunda punzada de dolor, solo que bajo las costillas; ahí donde el corazón seguía funcionando por tiempo limitado.

Un miedo espantoso la embargó pensando que la muerte acechaba, un miedo que no habría sentido si él no le estuviera enseñando la pérdida de incalculable valor a la que se enfrentaría en la otra vida.

Había personas a las que amaba en ese otro extremo, personas que la esperaban...

, pero Edward seguía en el mundo. Y eso era justo lo que no había querido, que con su pasión y su cariño le recordara que la pérdida —porque la pérdida estaba garantizada desde el principio— era una espada de Damocles sobre sus cabezas.

Pérdida que ella no podría soportar.

Pero el deseo se impuso a la razón una vez más, borrando cualquier pensamiento que no guardara relación con el osado empuje de sus caderas.

La combinación de amor incondicional, miedo al futuro y respeto hacia sí misma, a su mente trastornada, la habría enloquecido si el orgasmo no hubiera acudido en su rescate: cuando las lágrimas asomaban a sus ojos, un estremecimiento brutal y desconocido la sacudió de arriba abajo, paralizándola en una nube de éxtasis y luego dejándola derrotada sobre la cama.

El susto de la sensación inexplorada la impulsó a consolarse con Edward, al que se abrazó desesperadamente mientras él se vaciaba en su interior. Ocultó el rostro en su hombro antes de que la viera llorar y le preguntara por qué.

Al fin y al cabo, la razón no la sabía... y al mismo tiempo la venía advirtiendo desde que se le ocurrió enamorarse de él: tarde o temprano habría una despedida.