CAPÍTULO 24 #3
Lenore no las tuvo todas consigo. Pero si alguien había en el mundo a quien pudiera confiar sus dudas existenciales, ese era él: un hombre con los pies en la Tierra y la cabeza en las nubes.
Un romántico soñador que evitaba dejarse embaucar en exceso por la fantasía, pues era a la vez lo bastante serio para enfrentarse a la vida sin miedo.
Le regaló una pequeña sonrisa de agradecimiento y se puso de puntillas para abrazarlo.
Las manos de Edward fueron inmediatamente, como imantadas, a rodear su cintura.
Lenore enterró el rostro en el cuello ancho.
Ahí se alojaba el olor familiar que había pasado la noche entera respirando para regresar de la pesadilla al mundo de los vivos.
Cerró los ojos e inspiró, procurando ser discreta, hasta llenarse los pulmones.
Se conmovió pensando en el modo en que Edward encajaría su muerte.
No era la primera vez que se lo planteaba, pues tampoco era la primera vez que recreaba su funeral en secreto.
Pero él no era quien más la había preocupado durante la adolescencia, cuando día y noche maquinaba formas irreversibles de desaparecer.
Edward era como el acero alemán, duro y resistente a los golpes, y pensaba, aún presa de un rencor infantil que la avergonzaba, que si había podido estar sin ella los años que priorizó la universidad, podría soportar su pérdida.
Apoyó una mano sobre su corbata para separarse.
Los ojos de él buscaron con avidez su mirada, ahogados en un deseo inflamable.
—Lenore —dijo sin apenas voz—. Soy consciente de que no es el momento adecuado, pero no puedo posponerlo ni un segundo más. Necesito que lo sepas.
Ella asintió con la cabeza. Sabía de qué se trataba y ya no le tenía miedo porque había firmado su sentencia de muerte. Lo que sucediera entre esa noche y la confrontación con Dariy sería fruto del hedonismo y la falta de escrúpulos de un condenado a la pena capital.
Dejó que Edward la tomara de las manos y se armara del coraje necesario para finalmente dejar atrás una etapa; etapa que había abarcado los instantes más preciosos de su vida y que Lenore siempre había sabido que nada podría nunca mejorarlos.
—Me odiarás por lo que voy a decir —confesó con la cabeza inclinada, los ojos apuntando hacia ella como dos flechas—.
Me odiarás porque demolerá los recuerdos que compartimos o al menos los corromperá, y es que en mi verdad no ha habido ni por un solo momento espacio para la inocencia de la amistad.
Cuando era niño te amaba como un niño, sí, pero como un niño enamorado.
Ahora que soy un hombre, debería quererte como un hombre.
Y lo hago, por Dios que sí, pero esta fervorosa pasión que me viene ahogando parece consecuencia de un amor prohibido por los dioses.
He podido irme y volver a ti porque me serenaba la certeza de que es a ti a quien pertenezco, y ni la distancia ni la amenaza del olvido podrían borrar un hecho de semejante envergadura.
Pero ahora que me enfrento a tu testarudez —se le escapó una risa nerviosa y agachó la vista a sus manos entrelazadas—, a esa prioridad que son tus fascinantes sueños, entiendo que no puedo seguir poniéndolo en manos del destino.
»Soy consciente de que recelas del matrimonio y de mí; a fin de cuentas, solo soy un hombre y está en mi naturaleza querer poseerte, fusionarte conmigo con el riesgo que existe de que esto derive en tu anulación.
Por suerte, también soy tu amigo —sonrió sutilmente—, y tu amigo nunca permitiría que un cruel impulso de dominación se impusiera a la justicia de lo que mereces y, sobre todo, de lo que quieres.
Te prometo aquí y ahora, Lenore, que si me aceptas serás tan o más libre de lo que lo eres ahora.
La única condición que, más que dictar desde la tiranía, te ruego con humildad —tragó saliva—, es que me ames también a pesar de mis defectos.
Le habría gustado decir que era inmune a las sensiblerías de enamorados y que en su corazón solo había espacio para evidencias probadas.
Pero incluso si así fuera, Lenore tendría que reconocer que no había hecho más incontestable que el amor de aquel hombre, así como categórica era la verdad de que a ella se le iba la vida correspondiéndolo en silencio.
—¿Está seguro de que no quiere dejar la comisaría en beneficio de la escritura, inspector Whishaw?
—le preguntó ella en voz baja, temblando como una hoja.
Le acarició la patilla con el pulgar; él se dobló ante la caricia soltando el aire en un suspiro entrecortado—.
Mire que ha heredado el talento que tiene su padre para juntar palabras.
—Como si las palabras hubieran podido convencerte alguna vez.
—Cierto es que ha habido y hay muestras de cariño que me han persuadido mejor.
Lenore zanjó la conversación con un beso inesperado. Él interpretó la iniciativa como un «sí, quiero»; ¿qué otra cosa explicaría que respondiera al tímido contacto de sus labios con todo su cuerpo, todo su espíritu, con la ilusión de la victoria de un campeón olímpico?
Edward arremetió contra su boca deslizando la lengua sobre la suya, instándola así a separar los labios y convertir lo que inicialmente había sido un gesto de afecto en una declaración de guerra. O de amor, que era lo mismo.
Primero aturdida pero enseguida contagiada de su locura, Lenore se agarró a su nuca con una mano y con la otra le acarició el cuello.
Mientras, devolvía sus besos con el frenetismo de los impacientes.
Solo se separó un segundo para tomar aire, y después para buscar a su alrededor un lugar donde sentarse.
Se dirigió hacia el escritorio con las rodillas flojas, el corazón latiendo en todos los rincones de su cuerpo, y tomó asiento.
Una indicación para acercarse fue todo lo que Edward necesitó para acudir a su encuentro. Le rodeó el rostro con aquellas manos en las que cabía el cielo entero y retomó el beso donde lo habían interrumpido, más entusiasta si cabía.
Lenore se deshacía entre sus firmes brazos como la mantequilla, y pronto se notó igual de pegajosa por el sudor.
No sabía que el amor causaba fenómenos físicos como aquel, que podía afectar a los elementos.
La atmósfera se había vuelto densa, ella había entrado en estado líquido y era consciente de rincones de su cuerpo que no sabía que podían quemar.
Como si supiera con exactitud dónde, cómo y cuándo tocar, la mano de Edward fue directa al bajo del batín. Ella jadeó al notar que la acariciaba entre las piernas, y no contento con eso desviaba sus besos como sellos de hierro candente al cuello y al escote.
Se agarró a sus hombros e instintivamente arrastró las caderas al borde de la mesa para acercarse más a él, el hombre más cálido del mundo.
Edward entendió su súplica implícita y se pegó en la medida en que lo permitía la barrera de su mano, que se movía con pericia según los rigores de la masturbación.
—¿Cómo se te ocurrió venir a buscarme? A mi casa. A mi maldita casa —gruñó Edward contra su pecho. Con la punta de la lengua delineó su clavícula—. Eras consciente de que no me podría resistir, ¿verdad?
—Eso no lo sabes. Ni siquiera lo has intentado. Resistirte, quiero decir —le reprochó sin ánimo de discutir, con la voz alterada por los jadeos—. Edward...
—¿Qué?
—¿Vas a hacerme el amor?
Él frenó en seco. Buscó su mirada con los ojos desorbitados.
—¿Eso piensas que haría ahora? ¿Antes de desposarte?
Lenore casi rompió a reír con su indignación, que no era más que una fachada.
—Eso desearía que hicieras ahora, antes de desposarme.
Si el asombro de Edward no llegó a su máxima expresión fue porque el deseo se interpuso, nublándole la razón. Lenore descubrió entonces que había un conjunto de palabras, una cesión de consentimiento, que podía transformar a un hombre honorable en un animal cegado por sus impulsos.
Selló con un beso largo y húmedo la promesa de complacerla.
En un abrir y cerrar de ojos, la había cargado entre los brazos y sorteaba los obstáculos hasta el dormitorio sin necesidad de mirar por dónde iba.
Se conocía la ruta casi tan bien como el modo de besar a Lenore para anular todas sus reservas, milagro que logró a lo largo del camino sin cometer un solo tropiezo.
Entre su asombroso sentido de la orientación y el erotismo de sus habilidades, parecía que fuera un héroe quien la tenía en brazos. Si hubiera creído en el destino, habría pensado que las circunstancias se habían alineado para que su primera y última noche fuera perfecta.
Poco sabía ella del amor, excepto que estaba reservado a los hombres que tenían dinero para pagarlo, desfachatez para robarlo o esposa para exigirlo.
En cuanto al bello sexo, solo las descocadas daban rienda suelta a los placeres de la carne sin la expectativa de engendrar, lo que de acuerdo al catecismo era delito capital.
Su madre había fallecido antes de sentarla a mantener la conversación incómoda pero necesaria que resolvería el misterio sobre la mecánica del acto, que, en cualquier caso, Lenore había estudiado junto con los síntomas de la gripe o el funcionamiento del sistema nervioso.
Para ella no había misterio alguno en torno al hecho en sí mismo, al que no le reservaba ni recelo ni escrúpulo alguno.
Era la pulsión humana que lo hacía posible, el origen y estallido del deseo, lo que le habría gustado estudiar, aquello a lo que le gustaría anticiparse para no perder los papeles como hizo al aterrizar sobre la cama.
No tardaría en descubrir por qué era y permanecería siendo un enigma de por vida: el amor invalidaba el sentido común de sus víctimas arrojándolas a un placer delicioso.
Así protegía la revelación de su origen.