CAPÍTULO 24 #2
Miró a Edward a los ojos con la intención de arrojarle la misma pregunta que a Isobel. No llegó a pronunciarse. Vio en su expresión que la preocupación apenas le dejaba respirar, y ella sola comprendió por qué.
—También este asesinato se puede relacionar conmigo, ¿verdad?
—Así como el intento de homicidio del doctor Winthrop, que era la víctima prevista —le confirmó.
Depositó el ejemplar de La isla del tesoro en la mesilla de lectura para enseguida cubrirle los hombros con delicadeza—.
Lenore... Si sabes algo o sospechas de alguien, te ruego por el bien de todos que te sinceres conmigo.
Te prometo que no revelaré el origen de tu testimonio si pudiera ponerte en un aprieto.
Lenore tragó saliva. En ningún mundo posible le hablaría a Edward de la existencia de una criatura que podría matarlo chasqueando los dedos.
Empezaba a pensar que Dariy, en todo su esplendor retorcido y hambriento de venganza, estaba dejando un rastro de cadáveres vinculados con ella para castigarla por su curiosidad...
Si bien había algo en toda la historia que no le cuadraba.
Debía ser su debilidad por el marqués lo que la instaba a creer en su inocencia. Ningún otro argumento racional se sostenía.
—¿En qué sentido crees que estoy involucrada?
Edward ladeó la cabeza a la derecha y a la izquierda, pensativo.
—Si te soy sincero, no lo sé. Puede que tu relación con el caso sea fruto de la coincidencia, pero entre tú y yo, no eres tan popular en la ciudad para haber coincidido con todos los occisos —añadió con una nota de humor—.
Pensaría que se trata de un amante celoso que no soporta que frecuentes compañías masculinas si no fuera porque la primera víctima fue Jane Mansfield.
Edward hizo una pausa ansiosa para esperar a que ella lo desmintiera.
Sabía que tenía vocación de salvador, empezando por su elección de carrera profesional y terminando por el amor que parecía sentir por ella, en gran medida fundado sobre la fragilidad de la que creía que debía protegerla.
Sin embargo, y sin desmerecer su interés humano en poner a resguardo a la población, el caso se había vuelto personal en el preciso momento en que se había insinuado la existencia de un rival por sus afectos.
Ella esbozó una sonrisa débil.
—Si te escucharas, te echarías a reír. No soy la clase de mujer que levanta pasiones.
—Estoy en rotundo desacuerdo —replicó con vehemencia—. Lo que sí puedo concederte es que, si alguien hubiera dejado una estela de muertos como símbolo de su amor enfermo, tú no serías responsable. Bien sé que acostumbras a desalentar a todos tus pretendientes.
Lenore agachó la cabeza manteniendo la sonrisa temblorosa en los labios.
No los había desalentado a todos. A Dariy lo había buscado expresamente.
Lo había perseguido, incluso, por rincones condenados a la miseria por el olvido parlamentario, a través de las sombras y hasta en sus sueños preñados de figuras turbias y sensaciones de frío y calor que solo podía asociar con él.
Cierto era que al principio no había tenido otro objetivo que desentrañar sus secretos, nada que pudiera relacionarse con el enamoramiento, pero poco a poco Lenore iba comprendiendo —para su gran horror— que detrás de la curiosidad siempre había fascinación, y que la fascinación era una de las vías del amor.
Pero Dariy no era su pretendiente.
Era su enemigo.
Quería vengarse de su padre, y aunque ya lo había hecho, su odio había emigrado a la siguiente generación.
Había intentado matarla con el beso de Judas y solo por causas de azar no lo había logrado.
Estaba claro que ahora pretendía poner los ojos de la policía sobre ella, privarla de su futuro vocacional —de sus oportunidades de ser feliz, dicho de otro modo—, cerciorándose de que la arrojaban a una celda durante el resto de sus días.
Solo él podía ser el asesino, ¿verdad? Ni siquiera lo había desmentido cuando lo acusó.
—De lo que estoy seguro —prosiguió Edward— es de que este asesino no es como el Destripador.
No sacia su sed con almas descarriadas que solo un bucanero lascivo y un hijo bastardo echarían de menos.
Este sujeto se siente tan cómodo y seguro en su anonimato que no teme alertar a la clase burguesa, quien sí podría contratar detectives privados y convencer a toda Scotland Yard de volcarse en su causa...
—Edward.
Él la miró esperanzado.
—¿Sí?
Debía decírselo. Debía decirle que había una criatura ni viva ni muerta, incapaz de sentir amor y que se alimentaba de sangre humana viviendo entre ricos y pobres con total impunidad.
Pero Lenore podía imaginarse cómo acabaría la historia si empezaba narrando «Érase una vez un vampiro.
Sí, un vampiro. Como Varney, el protagonista de algunos penny dreadfuls ».
Edward se espantaría y, aterrado por el regreso de su locura, advertiría a toda la familia.
No podía ser ella quien delatara a Dariy. No tenía ninguna credibilidad.
Pero era, por otro lado, la única que podía destruirlo.
Inspiró hondo y lo miró a los ojos con la energía renovada de haber ideado una nueva misión. Una a la que con toda probabilidad no sobreviviría.
¿Y qué importaba? ¿No había ansiado la muerte desde que la conociera a través de su madre?
¿Qué podía quedarle por hacer a una mujer que ya había descubierto el mayor de los milagros de la vida?
Incluso si alguna vez se dignaban a contratarla en un hospital como médico y no como enfermera, incluso si alguna vez le permitían meter sus narices femeninas en un mundo de hombres sin tener que cubrirse el rostro o fingir una identidad masculina para no recibir desprecio tras desprecio, ¿podría asemejarse su labor profesional a los éxitos de Pasteur, entre otros referentes?
Sobre todo, ¿sería responsable de algún hallazgo del calibre de la existencia de Dariy Vranitsky?
Incluso una medalla a la excelencia entregada por la mismísima reina palidecería a su lado a partir de entonces, y si no podía darle valor a su existencia mediante saberes igualmente asombrosos, entonces ¿cómo sobreviviría al sinsentido?
¿Siendo la esposa de alguien? ¿Criando un niño con la ayuda entrometida de una nodriza a la que la criatura crecería amando más que a su propia madre?
¿Acudiendo en verano a bailes de sociedad y languideciendo en invierno en la jaula de oro que era una mansión solariega?
¿Alimentando cada día más un odio visceral —pero no por ello irracional— hacia su marido por gozar de privilegios que a ella nunca le serían concedidos?
Lenore sintió que la embargaba una paz desconocida. La paz de la resignación.
Trataría de detener a Dariy concediéndole su presunto deseo: la cura de la inmortalidad. Se la aplicaría a favor o en contra de su voluntad para que Edward no volviera nunca más a casa alterado por un crimen injusto.
Después, simplemente moriría.
Todos sin excepción llegaban al mundo con un propósito, y el suyo era Dariy Vranitsky.
Pero antes de aceptar la aniquilación de todo futuro posible, necesitaba que alguien volviera a valorar lo único que había tenido sentido para ella: su infancia.
—¿Crees que mi padre era un buen hombre?
La confusión asomó a los ojos de Edward, que muy cerca estuvo de exasperarse con su sentido de la oportunidad.
Le vio la intención de preguntarle en qué se relacionaban tres asesinatos sin resolver con las bondades del doctor Nightingale, pero tuvo que entender que era crucial que respondiera, porque terminó relajando los hombros.
—Por supuesto que sí.
—¿Por qué estás tan seguro?
—No estoy seguro —reconoció. Su sinceridad atrajo la atención de Lenore.
En el fondo la alegró que la hubiera sorprendido, aunque hubiera sido a costa de no contestar lo que ella habría querido—.
Solo Dios sabe lo que hay en el corazón de los hombres.
De lo que sí tengo constancia es de lo que proyectó en el mundo, que es lo único que importa: una generosidad ilimitada.
¿No es acaso lo que le costó la vida? ¿Exponerse cada día a contraer decenas de enfermedades distintas con tal de salvar a sus pacientes?
—¿No crees que solo una ambición desmedida puede motivar a un hombre a arriesgarse tanto?
—Era ambicioso también, claro, pero no es por sus sueños por lo que me has preguntado.
En cualquier caso, anhelar reconocimiento social por la labor propia no anula el fondo honesto que la motiva.
A mí también me gustaría que me ascendieran a inspector jefe, incluso a comisario o superintendente, y de igual modo me estremece la barbarie de la que estoy siendo testigo.
»¿Por qué te ha asaltado esa duda de pronto? —Ladeó la cabeza, suspicaz—. ¿Es por la discusión que has tenido con Isobel? Se marchó antes de que yo llegara y me dejó una nota advirtiéndome de que no estarías de humor, pero que en ningún caso sería mi culpa, sino suya.
—Para ella no fue un hombre excepcional mientras que para mí lo significó todo, y yo necesito saber la verdad. Necesito saber quién tiene razón.
—La verdad no existe. Están tu verdad y la suya.
Deja que ella se haga cargo de la realidad que vivió y tú abraza la que te corresponde.
No arruines un tiempo feliz ni la imagen cándida de su responsable sometiéndolos a cuestionamientos absurdos con la vara de medir de terceros.
Incluso si no era bueno en general, fue bueno para ti. Eso es lo que importa.
—¿Así de egoísta hay que ser para proteger nuestra felicidad? ¿Me tiene que ser indiferente que mi padre o cualquier otro pudiera causar dolor solo porque fuera atento conmigo?
—Puedes tildarlo de egoísmo, si quieres. —Encogió un hombro—. Yo prefiero llamarlo supervivencia. Luego está la sabiduría popular que siempre ofrece una conclusión ingeniosa: cada palo que aguante su vela.