CAPÍTULO 24
Aunque Edward se manifestó con cuidado de no sobresaltarla, el libro casi se le cayó de las manos. El corazón le apretó en el pecho. Su cuerpo era más consciente que su propio raciocinio de la intimidad compartida la noche anterior.
Se giró hacia él con un ardor solo sofocado por el miedo a una explicación. Nada más verlo, sin embargo, la invadió la serenidad. Esbozó una pequeña sonrisa que podía servir de agradecimiento tanto por haberla cuidado en plena enajenación como por haberla salvado de sus sórdidas reflexiones.
—Estaba averiguando si este es nuestro ejemplar compartido de La isla del tesoro —dijo ella con aplomo.
Pasó las páginas hasta llegar al pasaje que buscaba, ahora con intención, anclada de nuevo al mundo y a la tierra gracias a él—.
Lo he sospechado al ver el lomo desgastado, pero ha sido esta mancha de tinta lo que lo ha delatado.
Edward sonrió sin moverse del sitio. Ni siquiera se había quitado el sobretodo, y a juzgar por el estado del flequillo y el rubor de las mejillas, había entrado en casa con la urgencia de quien había recibido un aviso de hurto.
Lenore intentó no pensar en las gotas de agua que se le derramaban mejilla abajo, remarcando las líneas masculinas del mentón y los pómulos.
Fuera se desataba una tempestad de plaga bíblica que cualquier ciudadano prudente habría evitado permaneciendo a cubierto hasta que amainara.
—¿Cómo no iba a conservar semejante tesoro... nunca mejor dicho? Esa novela fue la causa de que me pasara dos años tratando de descubrir cómo formarme para ser pirata.
Lenore le lanzó una divertida mirada de arriba abajo. Ella misma notaba, sin embargo, que debajo de su intención amistosa hervía un profundo anhelo.
—Recuerdo que te dije que primero tendrían que serrarte una pierna. No te habrían dejado subir con dos pies sanos a ninguna embarcación marcada por la bandera negra.
Edward se quitó el sobretodo con movimientos lentos, en calma ahora que tenía la seguridad de que Lenore no pretendía marcharse. Los extremos inferiores chorreaban. Las gotas de agua más perezosas habían desertado de la carrera para anidar en sus sienes y en el borde de la mandíbula.
—Siempre podría haber achacado mi excelente estado de salud a mi amistad con una joven doctora —resolvió con naturalidad.
Depositó el abrigo en el respaldo del sillón y caminó hacia ella—.
Además... Yo no habría querido ser un pirata cualquiera, sino el pirata que comanda la tripulación.
Si ni siquiera el capitán hubiese tenido ambas piernas, habría sido como si un ciego liderara a los ciegos, y el dicho reza que al menos el rey debe ser tuerto, ¿no?
Con la garganta atorada por los nervios de virgen que tanto odiaba, Lenore solo se atrevió a asentir. Luego carraspeó.
—Lo teníamos todo organizado, ¿te acuerdas? —Posó la palma de la mano sobre el libro abierto y lo acarició distraída—. Tú querías ser Long John Silver y yo me convertiría en el doctor Livesey.
—Ese era el plan, sí, pero el doctor Livesey era un médico sensato y honorable, y creo que tú te habrías dejado regir por principios alejados del sentido común...
—meditó con una sonrisa tierna—. Sobre todo en un barco perdido de la mano de Dios, donde no habrías tenido que responder a ninguna norma social.
—¡Tú tampoco encajabas como Long John Silver! —se rio ella—. Puede que seas un listillo con carisma, y eso solo cuando te conviene, pero nunca responderás al título de villano.
Él enarcó la ceja.
—Lo que precisamente caracteriza a Long John Silver es que tiene luces y sombras, como todos los seres humanos.
Una sonrisa entristecida apagaba la expresión de Lenore cuando apartó la vista de Edward.
Volvió a acariciar el libro, ahora sin energía.
—Tú no tienes sombras suficientes.
—¿Qué se supone que significa eso? ¿Que solo soy medio humano?
—Que eres medio perfecto —murmuró con un hilo de voz.
Se arrepintió de haberse sincerado en cuanto el aire entre los dos se tornó irrespirable.
—¿Por qué lo pronuncias como si fuera un problema?
Lenore no se atrevió a levantar la barbilla, de nuevo acorralada por la timidez.
Odiaba que con Edward no se pudiera avanzar. No importaba si la noche anterior había podido confesarle sus sentimientos con besos ardientes; al día siguiente tenía que volver a empezar. Era como empujar la piedra a la cima de la montaña sudando la gota gorda para que luego cayera rodando.
Para el inspector no debía ser mucho más sencillo. Edward debía poner una y mil veces la misma energía y empeño en ablandarla. Aunque perdía los nervios, siempre tenía éxito recordándole que como nunca correría peligro sería descubriéndose vulnerable ante él.
Por suerte y por desgracia para ella, a Edward no le importaba persistir en su empeño.
—No es un problema —reconoció Lenore después de tragar saliva—, y nunca permitas que te haga pensar lo contrario, te lo ruego.
Tu integridad es admirable. Sigues las normas, pero entiendes que de vez en cuando conviene pasar por encima de ellas, por lo que no eres un alienado obsesivo, sino una persona con criterios flexibles.
Proteges a tus seres queridos y a menudo parece que no le temas a nada, ni siquiera a tus deseos.
Cualquier mujer se sentiría afortunada de tenerte.
Muy despacio, Edward le apartó la muñeca del libro y lo cerró para asegurarse de que le prestaba atención.
Ya con las manos vacías, a Lenore no le quedó más remedio que mirarlo a los ojos, ojos en los que ardía la pasión de la noche anterior pero multiplicada por mil infiernos.
Al menos, por el infierno de haber pasado el día entero alejado de ella.
Lo vio tragar saliva, intimidado por la sentencia que venía después.
«¿Pero?», creyó que iba a responder. «Todo eso que he descrito es el “pero” —le habría contestado ella—, porque yo no soy íntegra.
No respeto otro criterio que el mío. Defiendo la justicia y la verdad por encima de ninguna otra cosa.
Y desearte a ti, mi némesis, me resulta aterrador. »
Sin embargo, Edward la sorprendió cambiando de tema.
—Nada me complacería más que hablar contigo, si bien ahora mismo lo único que quiero es besarte —reconoció en voz baja, con cuidado de no romper el hechizo—, pero tanto tú como yo lo sentiríamos como una traición...
o como una terrible omisión. No me perdonaría imponer mis deseos al motivo que me ha arrancado de tu lado esta mañana.
Su solemnidad la preocupó.
—¿Qué ha ocurrido?
—El asesino se ha cobrado una nueva víctima, esta vez en el hospital de Great Ormond Street —señaló con lentitud para darle tiempo a asimilarlo. Le acunó la mejilla con la mano y procuró sonar compasivo al decir—: Sé que el doctor Barnes y tú teníais una estrecha amistad. Lo siento, Noor.
«El doctor Barnes», repitió para sí.
Lenore dejó de sentir el suelo bajo sus pies.
—¿Cómo ha sido? —atinó a preguntar.
—Ha seguido el modus operandi habitual. Primero...
—trató de encontrar un eufemismo para que la imagen mental le resultara menos desagradable, pero acabó rindiéndose— lo mata y luego drena su sangre.
El doctor Winthrop se ha encargado de la autopsia y ha establecido que la causa de la muerte fue una «embolia aérea».
Me ha mostrado el brazo de la víctima para sustentar su teoría.
Lo tenía amoratado por la presión de la aguja.
Le inyectó aire en la vena y le provocó una parada cardiorrespiratoria.
—Dios mío —balbuceó.
—Eso no es todo. El doctor Winthrop asegura que el blanco original era él.
—¿Cómo?
—Un desconocido armado con una jeringuilla lo atacó hace un par de madrugadas en su despacho del hospital. Afortunadamente pudo defenderse, pero se ve que el hambre del asesino no acepta prórroga y no iba a quedarse sin la víctima de la semana.
La asociación entre la palabra víctima y el médico la estremeció.
Estaba muerto. Lo habían matado.
Y ella tenía una muy buena idea de quién había sido.
Se acordó de la amable sonrisa del doctor Barnes, el único profesional de toda la plantilla de la clínica que nunca la había mirado por encima del hombro.
En un primer momento tuvo sus reticencias, por supuesto.
Había sido, al fin y al cabo, un hombre criado en el seno de una familia con valores tradicionales.
Pero una vez comprobó de primera mano que la hija del doctor tenía talento además de la disposición de aprender, la incentivó a perseguir su sueño.
Nunca le impidió asomarse a su cuaderno de anotaciones ni examinar a los que eran sus pacientes —siempre con el permiso de los mismos, que no siempre cedían—, y en una ocasión hasta le pidió opinión para revisar un diagnóstico.
Fue recordando su optimismo y la dulzura con la que trató a los pacientes cuando cayó en la cuenta de que su padre había carecido de miramientos similares.
Cuántas veces no habría tocado con los nudillos a la puerta de la sala de cirugía, abochornada por interrumpir la alegre conversación entre el doctor Barnes y el recién operado: cuántas veces no habría confundido a uno de sus pacientes con un viejo amigo o incluso un familiar, tal era la complicidad que forjaba con ellos con independencia de su edad, género y clase social.
Solo él se había dignado atender los ardores estomacales de un jovencito que ejercía la prostitución disfrazado de mujer, así como la cojera del criminal más temido del distrito.
Había sido indudablemente el alma del hospital. Su entrega era sincera e incondicional.
La conversación con Isobel había desenterrado recuerdos que por conveniencia habían permanecido escondidos de su razón, como el comentario desdeñoso con el que el doctor Nightingale se desentendió del presunto sodomita: «Por una gripe rusa podría plantearme atenderlo, pero un simple ardor estomacal no basta para que sacrifique mis principios».