CAPÍTULO 23 #3
—A causa de mi matrimonio, me perdí las anécdotas clínicas de sus últimos meses de vida, es cierto —aceptó sin dejarse amilanar—, pero estuve sentada a la mesa en la que compartía sus andanzas los veinte años previos.
Ahí donde tú veías a un hombre compasivo y sentimental, yo veía a un médico que rabiaba de pensar que su diagnóstico pudiera haber sido erróneo y se preguntaba, una y otra vez, cómo es que la solución había escapado a su genialidad.
Lenore apretó los labios para reprimir un puchero.
—No sabía que lo odiaras tanto —le recriminó.
Pero la Isobel que le devolvía la mirada estaba hecha a prueba de balas.
—Nunca lo he odiado. Lo he compadecido. Nadie debería convertir nada en el centro de su mundo, ni una vocación ni a una criatura. Así solo te condenas a la locura una vez la pierdas y te ciegas a otras alegrías.
—¡Eso lo dices porque no has conocido la gloria de tener un motivo para levantarte!
—No lo tengo, eso te lo concedo —accedió Isobel, inmune al rencor de su hermana como a menudo parecía inmune a todo—, pero esta carencia no es algo de lo que me avergüence, sino de lo que me enorgullezco.
El que convierte un sueño en el sol de sus días no volverá a ver la luz cuando se le apague, porque créeme: los sueños también se desvanecen.
Lenore no pudo perdonarle que mencionara en voz alta, aun indirectamente, la causa primera de su melancolía: haber perdido al sol de sus días que fue su madre. Le sostuvo la mirada procurando hacérselo saber, castigándola por su atrevimiento, pero Isobel estaba muy lejos de allí.
Estaba muy por encima de ella, cómoda en su castillo de verdades.
Rehusaba permitir que su visión pesimista destruyera el mito de Gulliver Nightingale y, sin embargo, no era solo la voz de Dariy la que subrayaba cada sentencia de su hermana: «A su padre, señorita Traviata, le fascinaba tener el control de las narrativas, de las que, por cierto, era siempre héroe indiscutible».
Pero ¿cómo no iba a despreciarlo el doctor Winthrop, si había sido su competencia directa desde que coincidieron en el hospital? Era Reuben el verdadero soberbio, el que no podía aceptar la superioridad ética e intelectual de su padre.
Lenore lo pensaba de corazón y, aun así, se acordó de las carcajadas que Gulliver y el doctor Ratcliffe compartían a propósito de los pequeños errores de cálculo de Winthrop, incluso si habían desencadenado la muerte de un paciente.
Se le ocurrió que el buen amigo de su padre solo lo había sido porque encontraba desternillante la maldad con la que hablaba de su némesis, con quien en realidad debería haber unido fuerzas para combatir la muerte.
«No —se dijo con miedo—. No caerás en esta burda propaganda contra él.»
Ansió defenderlo a través de alguna anécdota, pero todas las que le acudían al pensamiento solo confirmarían los argumentos de Isobel: podía imaginarla sonriendo con triste desdén al oír la historia de los puntos de sutura a la muñeca de trapo, con la que interpretaría que solo había pretendido lucir sus habilidades, o asintiendo con la cabeza, dándole la razón como a los locos, si le describía el amor con el que la había mirado de niña, cuando se apoyó en conceptos de anatomía básica para desmentir la existencia del temible Old Bloody Bones.
—Lenore, siento que...
—Quiero estar sola —la interrumpió con un nudo en la garganta.
Aferrada a sus puños crispados, salió del salón tambaleándose y sin saber muy bien dónde refugiarse. Sus pasos la llevaron a la habitación más alejada de la salita principal, que dio la casualidad de ser el despacho y la biblioteca del propietario.
Lenore cerró la puerta velozmente, como si la estuvieran persiguiendo. Retrocedió sin mirar por dónde iba con la vista desenfocada. Momentos más tarde tomaba asiento en un sillón orejero por miedo a una brusca bajada de tensión.
No podía haber estado tan equivocada sobre la naturaleza de Gulliver, ¿verdad?
Era su padre, por Dios santo. La había acompañado durante toda la vida, incluidos aquellos primeros años de los que no albergaba recuerdo alguno.
Y así como él había sido su inseparable camarada, su mentor y referente moral, ella había sido también testigo de su carácter y sus vivencias.
Ni Isobel, ni el doctor Winthrop, ni mucho menos Dariy podían decir lo mismo.
Si debía aceptar una sola perspectiva del hombre que Nightingale había sido para construir una imagen completa y justa con la verdad, ¿lo sabio no sería descartar las visiones sesgadas de quienes no habían convivido con él?
«¿No dirías que Isobel y Winthrop convivieron con él?
¿Quién te dice que Dariy no lo conociera antes de ser padre?
¿Y no está sesgada también tu visión, solo que por el cariño y no por la falta de contacto continuado?
—contraatacó la voz interior—. El afecto sincero ciega tanto como el odio irracional, si no más.
Te convierte en un templario que todo crimen justifica por andar portando el sagrado estandarte del amor. »
Lenore sacudió la cabeza de nuevo.
No podía creerlo. Era imposible que su hermana hubiera vivido una experiencia tan radicalmente distinta de la suya teniendo el mismo parentesco, habiendo escuchado las mismas historias en la misma casa.
Y, aun así, sabía que Isobel no mentía, y ni mucho menos tenía el juicio nublado.
La primogénita poseía una inteligencia natural que no dependía ni de lecturas avanzadas ni estaba sujeta a su nivel de cultura, de por sí elevado en materias alejadas de la ciencia; lo demostraba que la prudencia le hubiera permitido conducirse con éxito por los intrincados caminos de la vida adulta, esos que Lenore encontraba tortuosos.
La lucidez de una mujer que habitaba el mundo de forma consciente, sin dejarse tentar en modo alguno por el refugio de la abstracción o el coqueteo con la muerte a los que ella sí sucumbía una y mil veces, era incontestable.
No supo cuánto rato dedicó a desmontar para sí los razonamientos de su hermana.
Poco le importaba caer en la tiranía de desechar un argumento tan coherente como lo era la realidad de una persona sincera a la que amaba.
Ante todo, debía cumplir su promesa de defender a quien ya no podría hacerlo por cuenta propia.
Pasaron las horas, o tal vez solo fueron minutos. Solo se levantó, exasperada, cuando pensó que podría perder la cabeza y se distrajo deambulando por la biblioteca del despacho.
Sacó una novela al azar y la hojeó rápido con la vista desenfocada.
Al final llegó a una conclusión muy simple.
Isobel también creía conocerla mejor de lo que se conocía ella misma y se equivocaba miserablemente.
Sucedía lo mismo con su padre. Celosos, soberbios y frustrados habían malinterpretado sus buenas intenciones para eximirse de toda culpa.
Era más fácil para Isobel transformar a Gulliver en un padre frío e inconmovible que aceptar que no había sabido ganarse sus afectos, del mismo modo que Winthrop prefería achacarle un carácter altivo, burlón y clasista antes que asumir algo tan simple como que el doctor Nightingale no podía respetar al profesional sin talento que era su competidor.
La voz profunda de Dariy hizo que su consuelo se desplomara.
«Tu padre, Lenore, era el mayor hijo de puta que me he cruzado jamás.»
Le costó tragar saliva.
¿Qué habría motivado a Dariy Vranitsky, marqués de una región lejana, diplomático rumano en Londres y criatura no-muerta, a denostarlo con semejante vehemencia?
Algo le decía a Lenore que un ser que ya caminaba entre las sombras antes de que Dios creara la luz no acostumbraba a dictar sentencias sobre la naturaleza de nadie, ni mucho menos de un humilde mortal al que habría tratado con brevedad durante una de sus infinitas vidas.
—Gracias al cielo... Aquí estás.