Immortalis CAPÍTULO 23 #2
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CAPÍTULO 23 #2

—Lo desconozco. A no ser que se le someta a un interrogatorio, Edward no suele soltar prenda...

O a no ser que quien pregunte seas tú. El caso es que me pidió que viniera y una vez aquí se disculpó por no haberme contado en la nota urgente que estabas en su casa.

No quería ponerte en un apuro. —Juntó los labios antes de decir algo inconveniente, pero su compromiso con el decoro no tardó en imponerse—.

¿Cómo se te ocurrió presentarte de madrugada en la vivienda de un hombre soltero?

¿Tienes idea de lo que podría haberte ocurrido solo durante el trayecto nocturno hasta el barrio?

Puede que sobre el papel esta sea una zona segura, pero ningún lugar del mundo está exento de peligro para una mujer sin acompañante.

Por no mencionar el problema en el que te habrías metido si los vecinos te hubieran visto, reconocido, y...

—¿Eso es lo que te preocupa? —la interrumpió, perpleja—. ¿Lo que pueda pensar de mí el honorable empresario que vive doblando la esquina de la calle?

Su hermana no podía saber que lo que de veras debería atormentarla era la existencia de un inmortal sediento de la sangre Nightingale, pero reprenderla por su banalidad siempre era superior a sus fuerzas.

Isobel se irguió, escarmentada con el reproche.

Depositó las manos sobre el regazo y la miró largamente.

— Eso no es lo que me preocupa, Lenore —replicó con gravedad—. Tú eres lo que me preocupa.

La hermana pequeña se quedó de pie bajo el umbral un rato más.

A un nivel profundo entendía y respetaba las prioridades de Isobel, pero tenía la mente intervenida por el miedo y no podía pensar con claridad.

Solo era consciente de que en el momento en que diese un paso al frente y se viera a salvo bajo la obstinada protección de Isobel no podría seguir manteniendo la pose indiferente.

Estaba aterrada. Era un milagro que tanta confusión le hubiera permitido dormir.

—¿Quieres compartir conmigo lo que sucedió anoche? —inquirió después de unos minutos de gracia. Empleó el mismo tono conciliador con el que su madre abordaba las disputas entre hermanas.

Lenore sacudió la cabeza y la mayor no insistió. No porque se hubiera rendido con ella —nunca se rendía con ella, fuera Dios a saber por qué—, sino porque sabía cuándo podía presionar y cuándo se había topado con un muro infranqueable.

En silencio, tomó asiento junto a la mesa del comedor y posó las manos en la superficie, como si se estuviera preparando para pronunciar un discurso.

Buscó las palabras adecuadas para consolar a su hermana, a la que sabía que tenía en un sinvivir desde hacía tiempo, pero su cabeza seguía plagada de imágenes de su entrevista con Dariy y ni una sola conclusión parecía capaz de apaciguarla.

—No le digas al abuelo que he pasado aquí la noche, te lo ruego. Primero me castigará sin ver la luz del sol por descocada, y a continuación publicará las amonestaciones de mi casamiento en la puerta de St. Stephen’s.

Isobel no se había movido. Tenía el torso orientado hacia la puerta, donde segundos antes había estado Lenore, pero ahora miraba en su dirección con el cuello rígido.

—¿Tan malo sería? —preguntó sin rodeos. La pequeña agachó la barbilla para huir de su escrutinio, temiendo que descubriera lo que ella no quería admitir—.

Noor... Anoche viniste hasta aquí en un estado de conmoción tal que ni siquiera Edward, con toda su carismática elocuencia, ha sabido describirme.

Viniste aquí, con él —recalcó. En su tono firme pero comprensivo se filtró inevitablemente una nota de celos—, en lugar de buscarme a mí o al abuelo, quienes somos tu familia de sangre.

»Reconozco que durante mucho tiempo he albergado mis dudas, pero ahora comprendo que erraba al intentar hallar la respuesta al misterio en una confesión verbal. Tus actos hablan y siempre han hablado más que mil palabras.

—¿Y qué se supone que dicen? —masculló a la defensiva—. Edward es y ha sido siempre mi único amigo.

Isobel la miraba con una mezcla de exasperación y ternura.

—Una no duerme abrazada a sus amigos, Noor —le explicó despacio.

Debía tomarla por una idiota que no sabía descifrar ni sus propios sentimientos. Lenore rabiaba porque no se equivocaba del todo: los descifraba, pero a continuación los negaba. Incluso cuando clamaban al cielo.

Las amistades inocentes no provocaban oleadas de pasión capaces de llevar a una mujer a las orillas del infierno, donde todo era confuso, desenfrenado y terriblemente agotador.

Lenore era consciente de ello porque hubo un tiempo en el que Edward Whishaw fue el hogar donde su alma iba a descansar y ahora la ponía enferma de deseo.

Dejó correr un silencio necesario con la vista aún clavada en el suelo, temblando para sus adentros.

—¿Qué pensaría papá?

Isobel disimuló un suspiro de alivio, creyendo que por fin había entrado en razón.

—Pongo la mano en el fuego por que bendeciría vuestro matrimonio. Edward era como un hijo para él.

La voz de Dariy se filtró en la conversación.

«Tu padre, Lenore, era el mayor hijo de puta que me he cruzado jamás.»

Tuvo que abrazarse los hombros para controlar el eco de un escalofrío. Con los ojos llenos de lágrimas que no derramaría, asustada y llena de impotencia por todos los hombres que había amenazando su vida, buscó consuelo en la madurez de Isobel.

—¿Crees que era un buen hombre, Bells?

—¿Quién? ¿Padre? —Lenore asintió angustiada.

Verla vacilar y rascarse el cuello con incomodidad, respuesta nerviosa a la que ella misma recurría de manera inconsciente, le hizo temer lo peor—.

¿Por qué no lo sería? Su carrera profesional es la más elocuente manifestación de su consagración al bienestar general, y entiendo que la entrega y la generosidad hacia el prójimo son la última definición de las bondades cristianas.

Los pacientes que gracias a él vivieron para ver un nuevo amanecer no podrían defender una opinión distinta.

Lenore se estremeció con su respuesta objetiva, carente de todo afecto.

—Pero ¿qué opinión tienes tú en concreto? Era bueno más allá de su desempeño médico, ¿verdad? —Sin saberlo, la estaba induciendo a asentir—. Fue un padre ejemplar.

Isobel cabeceó con prudencia.

—Nunca dejará de conmoverme cuánto y cómo se volcó en tu recuperación.

—No es eso a lo que me refiero. Mi enfermedad sigue siendo una cuestión relativa a su vocación —le replicó con el ánimo ensombrecido.

Tenía un mal presentimiento, o quizá solo estaba a la defensiva—.

Papá se preocupaba por nosotras. Ansiaba nuestra felicidad.

Amó a su esposa y, aunque su muerte le partió el alma, no permitió que la desesperación y el luto se interpusieran en la crianza de sus vástagos...

—Su voz se fue apagando poco a poco. La educada cautela de Isobel en un asunto de índole familiar la preocupaba—. ¿No estás de acuerdo con lo que digo?

Ella se disfrazó con la máscara de cordialidad que Lenore siempre había odiado.

—Por supuesto que sí.

—¡Dime la verdad! —exclamó, suplicante—. ¿No piensas que fuera un buen hombre?

Isobel dejó correr un silencio cargado de revelaciones. Terminó desviando la vista al borde de su taza, huyendo de los ojos inyectados en sangre de Lenore.

—No creo que deba pronunciarse una mala palabra sobre quien no puede ya defenderse.

—Yo lo defenderé —le aseguró con vehemencia—. Háblame.

Isobel la miró sorprendida porque estuviera interesada en conocer su visión.

No era habitual que Lenore la escogiera de entre sus referentes intelectuales para intercambiar opiniones de ninguna clase.

Los temas de conversación en los que la mayor podía intervenir con desenvoltura raras veces coincidían con la pasión de la benjamina por asuntos masculinos, y si algún defecto imperdonable a ojos de la buena educación debía achacarse a Lenore, este era su total incapacidad para fingirse cautivada por aquello que le era indiferente.

Isobel se inclinó para arreglar un volante de la falda negra.

—Un proverbio bíblico reza que, cuando viene la soberbia, viene también la deshonra, y san Juan censura a quienes aman más la gloria de los hombres que la gloria de Dios —empezó con tiento—.

Padre no se preocupó tanto de cuidar del prójimo por amor al otro como por amor a sí mismo y a sus capacidades, que entendía ilimitadas y de categoría divina.

Por otra parte, jamás me oirás decir que no te quisiera más que a su vida, pero te aseguro que no lo hizo porque apreciara el regalo de su esposa, o de lo contrario me habría querido a mí también.

Te amaba porque eras su viva imagen y gracias a ti sobreviviría parte de su legado.

La indignación la levantó del asiento.

—¿Cómo puedes decir eso?

Isobel la miró con tristeza.

—Tú me lo has pedido, Lenore.

—Mientes. Me has mentido. Es imposible que creas que no te quería.

—No lo creo. Lo sé —respondió con una franqueza sobrecogedora.

Lenore quiso contradecirla, pero no se podía convencer de nada a quien ya se había resignado ante el dolor—.

En la vida del doctor Nightingale solo había lugar para la ciencia y para aquellos que la practicaran por extensión.

Mientras fuimos demasiado pequeñas para interesarnos por su vocación, le pasé desapercibida en el mejor de los sentidos.

Hasta aceptó mi indiferencia por la ciencia como algo inevitable debido a mi condición femenina y recibí de él un trato condescendiente pero amable.

Luego llegaste tú —continuó con una pequeña sonrisa— y pusiste de relieve mi mediocridad con tu insólitamente temprana fascinación por la medicina.

Entonces padre revisó sus opiniones sobre mí y decidió que no me perdonaría nunca que hubiera abrazado mi feminidad en lugar de rebelarme contra ella.

Lenore sacudía la cabeza, en negación.

—Te atreves a cuestionar el fondo de sus acciones porque estabas tan ocupada atendiendo tus obligaciones como casadera que no lo veías llegar a casa destrozado por no haber podido salvar a un paciente.