Immortalis CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

Lenore despertó con el convencimiento de que todo había sido un mal sueño.

Pero no podía serlo, porque no reconocía las sábanas que había revuelto a lo largo de la noche tratando de zafarse de la pesadilla.

Tampoco la lámpara del techo. Lo que sí le resultaba familiar era el olor masculino que flotaba en el aire y que se había adherido a la ropa de cama, a su propia piel.

Se incorporó con cuidado de no marearse.

Tenía la cabeza embotada y sospechaba que cualquier movimiento brusco desencadenaría un vahído.

Permaneció sentada con las rodillas ladeadas como la cola de una sirena y la cabeza muy lejos de allí.

Concretamente, en las entrañas de la iglesia de St. Stephen’s, donde estaba segura de haberse dejado, si no la mitad del corazón, al menos el motivo que lo había mantenido funcionando las últimas semanas.

En parte se sentía ligera, como si ya no tuviera de qué preocuparse. Pero esto le había salido al alto precio de su obsesión, la que había sido responsable de protegerla de verdades desagradables y, sobre todo, de la temible inmensidad del luto.

De pronto se hallaba perdida y sin objetivos vitales.

Por supuesto, podía levantarse con buen ánimo y citar al doctor Winthrop en Great Ormond Street.

Podía volver sobre sus pasos a la mansión gótica calibrando una venganza acorde al crimen contra su padre.

Podía informar de lo ocurrido a Scotland Yard, aunque por el camino debiera explicar dónde y cómo había obtenido una confesión; aunque estuviera condenada a ser víctima de cuestionamientos y escrutinios e incluso se arriesgara a que la encerraran en un sanatorio mental.

Pero ninguna de las opciones garantizaría su seguridad y la de sus seres queridos. Y ni mucho menos haría justicia.

Dariy la buscaría para matarla. No para silenciarla, pues no la consideraba un peligro real, sino para erradicar la semilla de Gulliver Nightingale. Sí, iría a su encuentro para culminar su plan de exterminación y ella no se opondría a su destino.

Mientras descansaba plácidamente en el mundo de los sueños, Lenore había decidido a un nivel inconsciente, pero con la lucidez de los bendecidos, que la vida no le tenía reservada ninguna sorpresa que mereciera la pena quedarse a conocer.

Gracias a sus estudios había descubierto que existía un espécimen sobrehumano. Dicho espécimen era responsable de al menos tres asesinatos. Jane Mansfield, Samuel Paulson, Gulliver Nightingale. Una verdad se superponía a las demás: no se podía luchar contra él.

Así pues, a Lenore no le interesaba ir más allá, ni siquiera para «curar su inmortalidad», lo que dicho de otro modo sería el modo de destruirlo... en el remoto caso de que existiera veneno capaz de obrar el milagro.

Ahora que se había revelado que el homo immortalis poseía una naturaleza traicionera, era sabio dudar de todo lo que había salido de sus labios. Lenore apostaba por que nunca había querido morir y que en el caso de ansiarlo sabía cómo lograrlo.

Simple y llanamente, había estado jugando con ella.

¿Y qué importaba eso ya? ¿Qué importaba nada?

Sus experimentos habrían sido interrumpidos en cuanto su abuelo hubiese formalizado un compromiso con un caballero de su gusto, compromiso que estaría al caer.

Lenore calculaba que no le quedaban ni dos meses de feliz soltería.

Sus días de libertad estaban contados. Era cuestión de tiempo que dejara de ser una joven con inquietudes intelectuales y un brillante futuro médico para convertirse en la esposa de un hombre que la recluiría en una mansión y se cercioraría de incapacitarla física y mentalmente encadenando un embarazo con el siguiente.

Sobre todo si satisfacía las ilusiones del barón Fellowes desposando a un noble con la obligación de engendrar un heredero.

Lenore se levantó de la cama con dificultad.

En lugar de vestirse, tarea para la que habría necesitado la ayuda de una criada, tomó prestada la modesta bata que el dueño de la casa se ponía para leer junto a la chimenea después del aseo.

Lo sabía porque había observado este comportamiento en el escritor Archibald B.

Whishaw y, para el espanto de ambos, padre e hijo compartían rituales.

Ya acicalada, salió de la habitación frotándose los ojos con los nudillos. Le dolía todo el cuerpo, como si las palabras de Dariy se hubieran encarnado en puñales y hubieran sido su pecho, su espalda los que hubiesen recibido el impacto de la verdad.

Desde el pasillo oyó el tintineo de unas tazas de porcelana y hacia allí se dirigió no sin aprensión, temiendo que Edward le exigiera explicaciones acerca de la crisis nocturna.

Descubrió que era Isobel quien disfrutaba del té de la tarde.

Las luces anaranjadas del ocaso se filtraban a través de las cortinas diáfanas, derramando una riada de luz que parecía miel líquida sobre su vestido de luto, su cabello no menos oscuro y su expresión nostálgica orientada hacia Victoria’s Park, la extensión de verde por la que paseaban los aburguesados residentes del barrio.

Lenore se quedó un momento bajo el umbral contemplando la arrebatadora belleza de su hermana.

Siempre había defendido, a lo mejor para consolar su vanidad, que todas las mujeres bellas se parecían y que no había peor pecado que la renuncia de la originalidad.

Pero el encanto de Isobel tenía algo único de cuento o de leyenda que la diferenciaba no ya del resto de las mujeres, sino que la desvinculaba del mundo: una suerte de melancolía heredada de un linaje real condenado a la infelicidad y la extinción.

A la vez que una criatura de la mitología, Bells parecía exactamente lo que era, una princesa huérfana que consentía entregarse a los perniciosos placeres de la remembranza cuando creía que nadie miraba.

Lenore solía envidiar a su hermana. No ya por las puertas que podría haberle abierto y los favores que le habría concedido gozar de una apariencia solo similar a la suya, sino por el concepto platónico que sostenía que la belleza equivalía a la Idea de Bien y por tanto concedía la felicidad última.

La pequeña había lamentado que se le vetaran las bondades de la alegría por carecer de la moneda de cambio que era el atractivo, pues sus facciones eran más bien mediocres, su cabello muy fino, su figura poco voluptuosa.

A su lado, Isobel era la regia emperatriz Sissy y, a la vez, una mujer proscrita por su poderosa fuerza de atracción, como la Salomé de la danza de los siete velos.

Claro que en la época de sus celos inofensivos la Parca no le había enseñado aún que era inútil flagelarse por la falta de glorias efímeras. Había sido la conciencia de que todos serían algún día polvo y ceniza lo que había aliviado sus miedos e inseguridades superficiales.

La belleza también era algo que la muerte podía solucionar, como todo lo solucionaba la muerte. De ahí que fuera el único dios al que rezarle.

Sería Ella, si no el inexorable paso de los años, lo que marchitaría las virtudes estéticas de ambas Nightingale, y Lenore no esperaba con impaciencia esta inevitable decadencia por envidia, sino por el deseo de que hubiera una segunda oportunidad para las hermanas: al final, si envejecía junto a Isobel, llegaría el día en que ambas serían ancianas, y esto es, libres de los roles que les habían sido establecidos según su aspecto.

Solo entonces podrían ser amigas de nuevo, pues a diferencia de lo que la mayor pensaba, no era su diferencia de caracteres lo que las había alejado, la verdadera razón detrás de su distanciamiento y también de la distinta construcción de sus personalidades no había sido otra que sus diametralmente opuestos grados de hermosura.

El encanto de una mujer determinaba su paso por el mundo para bien y para mal.

Ser bella había condenado a la mayor a seguir casi de manera obligada la senda de la vida social y a atender el deseo de los hombres, ante el que habría de doblegarse con agradecimiento; incluso a comportarse de una determinada manera para no atraer demasiada atención sobre su persona, pues si además de bella fuera ruidosa, empezarían a tildarla de protagonista y la arrogancia excesiva cavaría su propia tumba.

Esta condena de hermosura había abierto desde el principio un abismo de separación respecto de Lenore, que había podido elegir un camino distinto porque no se depositaban esas expectativas en ella.

Ser magníficamente ordinaria, al menos a primera vista, había tenido sus ventajas.

—Parece que estabas cansada —comentó Isobel con una escueta sonrisa. Depositó la taza en el platillo con la gentileza con la que lo hacía todo, como si lo inerte mereciera la misma consideración que lo inmaterial. Eso era ella. Considerada—. Has dormido casi un día entero.

—¿Dónde está Edward? —preguntó sin pensar.

—Atendiendo sus labores en comisaría. Intentó librarse del turno para velar tu sueño, pero un par de agentes se presentaron aquí hará unas horas. Lo requerían de urgencia en Whitechapel.

El pulso se le disparó y, por instinto, dio un tembloroso paso adelante.

—¿Ha ocurrido algo?