CAPÍTULO 22 #4
Le pareció que lo estaba viendo por primera vez sin el dolor del luto reciente, el ardor de las obsesiones y los prejuicios hacia el hogar que representaba interponiéndose en su raciocinio.
De pronto, la tranquilidad que le ofrecía se le antojó el mejor de los estados; el árbol donde un pájaro extraviado como ella debía poner el nido.
Edward dejó de acariciarla y exhaló un suspiro entrecortado.
Sabía mejor que Lenore lo que seguía a continuación.
Quizá en otras circunstancias se lo habría negado por orgullos absurdos, por demostrarse a sí misma que podía vencer burdos impulsos, por el gusto de alzarse victoriosa frente al mundano deseo.
Pero esta vez no.
Y, además, no había nada de mundano en el deseo.
Acarició la mejilla rasposa por la barba, acuciada por la tierna pasión que le despertaba aquella cara familiar y al mismo tiempo nueva, aquellos ojos de dulzura insoportable.
Rabió al encontrar en el contacto de sus labios exactamente lo que había temido: una pasión que correspondía —si no superaba— la suya, capaz de despojarla de todas las inhibiciones reguladas por el rigor espartano del decoro.
Estaba prohibido encontrarse a solas con un hombre, y ahí estaba ella.
Estaba prohibido tocar de manera indecente a un hombre, y ahí estaba ella.
Estaba prohibido permitir que un hombre le quitara el guante, le agarrase los pechos, le subiera la falda, y ahí estaba ella, gozando de todas esas fatalidades que echaban a perder el honor femenino.
Sobre todo estaba prohibido confesarle sus sentimientos de forma directa, y ahí estaba ella, más elocuente que nunca.
Lo besaba con el furor desmedido de quien trataba de ocultar algo más fuerte, más poderoso que sí misma, solo que lo que se esforzaba por tapar no era la decepción y el miedo al futuro cercano, sino los anhelos por largo tiempo contenidos.
Edward la tomó entre sus brazos y cerró la puerta con un puntapié.
Lenore no fue consciente de adónde se dirigió ni cómo lo consiguió valiéndose de los sentidos, que de todos modos ella se estaba encargando de anular cubriéndole de besos la cara, el cuello, y tirándole del escote de la camisa que usaba para dormir.
Por supuesto que un hombre tan masculino, abogado de la sencillez, desdeñaría los camisones de los grandes señores.
Por supuesto que desdeñaría también todo miramiento para tender al origen de sus desvelos en una cama que olía a él para batallar con la botonadura de un vestido que esa noche lo había presenciado todo.
Lenore jadeaba sin control mientras Edward demostraba su destreza en asuntos del amor desnudándola a una velocidad hipnótica.
Así como había sido incapaz de mirarlo a los ojos en el último año, ahora no podía apartar la vista de él, de los rizos rubios cayéndole sobre la mirada atravesada, convertida ahora en la de un toro furibundo; del pecho esculpido que la luz de las lamparillas coloreaba de sombras ámbar y el sudor hacía brillar.
Apoyó una mano temblorosa pero segura sobre su corazón. Y como si hubiera activado el mecanismo que detenía todo movimiento, Edward dejó de pelearse con sus pololos y se detuvo a contemplarla con la respiración agitada.
Lentamente, cubrió el dorso de Lenore con la palma. Abrazó su mano con ternura y la mantuvo en el sitio, gesto que unido a su mirada luminosa declaró más sentimientos que un manifiesto verbal.
—Mi Lenore —murmuró sin separar apenas los labios. Ella cerró los ojos un instante, sobrecogida por las noches en vela que encerraba su tono anhelante. Notó que se inclinaba despacio sobre ella y la besaba en la punta de la nariz, en la frente, luego con suavidad en los labios—. Mi Lenore...
Su corazón latía a un ritmo desaforado bajo el tacto de la joven. Habría querido darle una orden de sargento: continúa, no te detengas, esto es lo que quiero y esto es lo que harás. Pero el temor le había secado la garganta.
Siempre había sabido que sus sentimientos por él la aturdían y tenían el poder de enloquecerla, y, sin embargo, comprobarlo había supuesto la perdición definitiva.
Había necesitado correr un peligro de muerte para atreverse a equilibrarlo con una amenaza no menor: asomarse al precipicio del amor incondicional.
Lenore le acarició la cara con la mano libre y pestañeó deprisa para limpiar los ojos de lágrimas.
Un profundo alivio suavizó la expresión de él.
Tuvo que encontrar en su gesto una motivación más importante que la satisfacción de un deseo momentáneo, porque se apartó de ella para tenderse a su lado y le rodeó la cintura para atraerla hacia sí.
El abrazo se le antojó tan íntimo de esa manera, ambos semidesnudos en la tentación de un dormitorio vacío, que se ruborizó. Escondió el rostro en su hombro y presionó los labios contra su piel caliente.
Edward le cubrió la coronilla con una mano protectora.
—Duerme, mi amor —le susurró él—. Yo velaré tus sueños.
Lenore cerró los ojos y se entregó al hechizo de Morfeo. Pero aun exhausta y con un pie en el mundo de la fantasía, oyó el murmullo vehemente que Edward pronunció contra su pelo: «Solo espero que mañana me sigas queriendo».