Immortalis CAPÍTULO 22 #3
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CAPÍTULO 22 #3

Por primera vez, el instinto de supervivencia se impuso a sus deseos.

Fue como si el espectro de su padre le susurrara al oído que echara a correr y con su garra espectral la arrastrara fuera de la iglesia.

¿Cómo no obedecer? Le lanzó apenas una mirada ahogada en lágrimas, el cuerpo todavía entumecido por el espanto, y huyó como alma que llevaba el diablo a través de la nave principal.

Él la quería matar, ¿no era esa la conclusión?

«Entonces ¿por qué no me sigues? —pensó, rabiosa—. ¿Por qué no me matas?»

Se repitió la misma pregunta en todo el trayecto, que hizo sin ver por dónde pisaba o el lugar al que se dirigía.

¿ Por qué no me sigues? ¿Por qué no me matas?

Ahora es el momento. El beso no constituía ningún ritual, ahora lo veo claro.

No servía para nada porque quiero destruirte.

Voy a destruirte. Tu magia negra no va a detenerme. Nada podrá hacerlo .

Pero no iba a destruirlo esa noche, porque las piernas a duras penas sostenían su peso, temblaba como un pajarillo con un disparo en un ala y las sombras se oponían a su propósito de encontrar refugio.

Se abrazó los hombros, atrapada en la opresión del desamparo, y mirando a su alrededor se percató de que no había nada.

Su padre había abandonado este mundo, su madre lo hizo solo un poco antes, y la habían dejado a merced de las bestias al otro lado de un puente que no podía cruzar sola.

No sin llevar a cabo un acto contranatural y radical que sus parientes directos rehusarían perdonarle desde dondequiera que estuviesen.

«¿Por qué no me matas tú? —se repitió cargada de rencor—. Ese es tu castigo, ¿verdad, Dariy? Dejarme vivir es tu venganza porque sabes que la muerte es lo que quiero.»

Solo quedaba una persona sobre la Tierra en cuyos brazos podía celebrar estar viva.

Y si bien en otro momento se habría planteado seriamente las consecuencias de obedecer un impulso así, no las contempló esta vez; no contempló nada ni la mitad, ni un tercio de cuanto lo había estado contemplando los últimos años.

Se subió al único coche de punto disponible a esas horas de la noche y le rogó entre sollozos al chófer que pusiera rumbo al barrio elegante de Victoria Park Village, un lugar que nunca había pisado y que nunca pensó que la acogería de madrugada.

En la media hora que duró el trayecto no dejó de llorar.

«¿Por qué no me has matado? ¿Vas a venir a matarme después?

¿Me vas a atormentar a través de tu recuerdo?

¿A través de las preguntas que no has respondido?

No hay peor castigo que la incertidumbre de una traición, y tú lo sabes como lo sabes todo; como siempre lo has sabido todo.

Qué cómodo has estado en tu trono de certezas mientras yo me arrodillaba pidiéndote que le dieras un sentido a mi vida. »

Se apeó a las puertas de una casa adosada con jardín entre Lauriston Road y Victoria Park. Las calles estaban tan tranquilas como cabía esperar en una zona residencial.

La única vez que oyó hablar del barrio procuró mostrarse distante, pero en cuanto la visita volvió por donde había venido, se abalanzó sobre un mapa y recabó cuanta información había disponible sobre el censo de la población, los espacios naturales que lo bordeaban y sus comunicaciones vía ómnibus, desesperada por confirmar que era un lugar digno de su nuevo vecino.

Era tal y como lo había imaginado: terraced houses con fachadas de ladrillo visto, ventanas de guillotina, aldabas y buzones pintados a gusto del propietario.

Lenore aporreó la puerta de una de las pocas viviendas de la calle que gozaba de un pórtico columnado coloreado de azulejos.

Había esperado que le abriera la puerta un criado con expresión somnolienta.

Debería haber imaginado, no obstante, que el dueño de la casa no sacaría de la cama al servicio para atender una visita intempestiva, como tampoco se asomaría a verle la cara al atrevido sin un arma en la mano.

Edward no blandió el garrote con actitud belicosa, pero lo primero que recibió de su parte fue una mirada recelosa. Luego su ceño se relajó y fue inmediatamente sustituido por la preocupación.

—¿Noor?

Lenore se arrojó a su cuello llorando con amargura.

—Perdóname, Edward —le rogó entre hipidos.

Él no tardó en soltar el arma y rodearla con los brazos. Hundió el rostro en la melena que la carrera le había soltado, electrizado y enredado, y le besó la sien.

Para Edward, ser afectuoso con ella era tan natural como respirar.

—¿Por qué?

—Por no saber lo que en realidad es bueno para mí.

Él se separó en contra de su voluntad para mirarla a los ojos, como hacía siempre que ella se ahogaba en sus emociones y, al ser incapaz de expresarse mediante la palabra, requería de un intérprete.

Edward estaba especializado en su lenguaje de miedos.

En este caso le sería imposible averiguar lo que la había llevado hasta allí, pero al menos podría reconocer gracias al conocimiento de toda una vida que su dolor era insondable y tendría que resignarse a compartirlo con ella desde la ignorancia.

Le secó las lágrimas con los pulgares, las que ya corrían mejilla abajo y la segunda tanda, que habría hecho el mismo recorrido de no haber sido por sus cuidados.

Le besó las comisuras de los ojos, los laterales de la nariz y el borde de la mandíbula con la paciencia de un santo, y santo era, eso por descontado, por no sucumbir a sus impulsos de inspector interrogándola sin clemencia.

Lenore le cubrió el rostro con las manos con una mezcla de perplejidad y amor contenido y procuró no respirar, no moverse, mientras le recorría las líneas de expresión con los dedos.

Se le había pintado una especie de admiración recelosa en la cara, algo muy alejado de la paz mental, pero a Edward le valía por el momento.

Respetaría cualquier emoción positiva que fuese barrera entre el sufrimiento y la serenidad, lo que quiera que pusiese fin a su llanto.