CAPÍTULO 22 #2
»Te ruego que no lo interpretes como una acusación en firme —se apresuró a añadir.
Dio un paso hacia delante para tratar de paliar el golpe confiándole su vulnerabilidad—.
No se sostendría como tal, puesto que yo vi con mis propios ojos que te alimentas de mujeres conscientes con su beneplácito.
No tienes ninguna necesidad de dejar un rastro de cadáveres a tu espalda.
Pero si lo hubieras hecho —continuó después de tragar saliva.
Lo miró a los ojos sin darse cuenta de que estaba aterrorizada—, lo entendería.
La depredación es requisito indispensable de tu condición, además del único garante de tu subsistencia, y...
—¿Me has citado aquí para justificar mi presunto delito? —la interrumpió sin necesidad de emplear la intimidación—. ¿O quieres advertirme de que pronto seré requerido en las oficinas de Scotland Yard como primer sospechoso?
—Solo quiero que me digas la verdad. —Se le quebró la voz—.
Tu deseo de abandonar esta tierra nace de la insoportable certeza de que siempre estarás solo, de la condena de ser único en tu especie, por lo que es imposible que estos asesinatos los cometiera otra criatura como tú.
Pero si los crímenes no son la conclusión inevitable de tu hambre, ayúdame a averiguar quién está detrás de la catástrofe poniendo tu mente omnisciente al servicio de la comunidad.
—A mí me es indiferente quién viva y quién muera.
Su frialdad la descolocó.
—He barajado que no los mataras tú, pero te alimentaras de sus cuerpos aún calientes.
Lo comprendería, lo juro —insistió a la desesperada—.
Sé quién eres, conozco las que son tus necesidades.
No puedo juzgarlas del mismo modo que no me juzgo a mí misma por los abusos de poder que podría llegar a cometer en el nombre de mi supervivencia, o solo de mi bienestar; el egoísmo también es propio de mi condición natural...
Dariy la calló avanzando un solo paso. Arrojó al suelo la flor de acónito que había arrancado para girar entre los dedos y le levantó la barbilla con tanta suavidad que Lenore supo que rompería a llorar.
Lágrimas de origen desconocido asomaron a sus ojos en cuanto se encontraron con los suyos, como si su alma por fin hubiera comprendido la verdad insoportable que su mente rehusaba aceptar.
—Me has sacado del ataúd para que te oiga expresar en voz alta tus pesquisas, por lo que ¿a qué se debe ese tono interrogativo? No tienes preguntas, Lenore, sino certezas.
—No, no las tengo. ¡No las tengo! —se repitió, pero mentía.
—En ese caso, permíteme ayudarte a resumir la información.
Felicity sufre la misma enfermedad que mató a tu padre.
Fuera o no casualidad, yo traté con ambos días antes de que comenzara su degeneración —empezó a enumerar en el tono de las sentencias—.
Has averiguado que mi sangre y la de la prostituta presentan los mismos componentes nocivos y, en última instancia, mortales.
Si tengo que sintetizar tus descubrimientos, entonces es cierto que necesitabas un compañero de laboratorio que te ayudara en tus deducciones...
O quizá no. Quizá sabes a la perfección qué significa todo esto, porque te has valido de la leyenda popular de que los lugares sagrados debilitan al monstruo para citarme en una iglesia...
y porque no has dejado de llorar, horrorizada, desde que he aparecido.
Ella se llevó las manos a las mejillas. Confirmó que las tenía empapadas. Había notado los ojos irritados, el nudo en la garganta, pero el miedo a enfrentarse a una cruda certeza la había insensibilizado a la humedad del llanto.
—El cuerpo de mi padre no presentaba incisión de ningún tipo.
No probaste su sangre, lo que significa que no lo contagiaste a propósito como sí pudiste anticipar el catastrófico desenlace de Felicity...
—Recordó la íntima conversación entre los dos que presenció desde el aseo, la compasión con la que Dariy se dirigió a ella y, envalentonada, insistió—: La elegiste a ella para alimentarte y no a otra porque padecía neurosífilis, ¿verdad?
Una enfermedad mortal que no afecta a la coloración, composición y sabor de la sangre, algo que le conviene tanto a tu sentido del honor como a tu hambre.
Fue su diagnóstico lo que le susurraste al oído, ¿me equivoco?
La advertiste de que lo que la esperaba mientras le administraban el placebo en el hospital era una locura vesánica; la demencia del estadio final.
Ella te creyó y, por eso, cuando te preguntó qué hacer con su recompensa, tú le sugeriste que lo invirtiera en un ajuar...
—Así explicado, parece que estés hablando de un hombre con un corazón de oro —señaló con una sorna intolerable.
Una sonrisa ladina se había dibujado en sus labios, de algún modo también torcidos en una mueca cruel—.
Se me podría eximir del delito contra la fulana, pero ¿cómo justificarías que contagiara a tu padre?
Lenore dejó de sentir las piernas.
—No sabías hasta hoy que tus fluidos portaban una enfermedad mortal.
Dariy soltó una carcajada. En el eco de la iglesia sonó como el restallido de un látigo.
—Un tribunal desmontaría esa defensa en un periquete: «Señor Vranitsky, tiene usted más de trescientos años. No se sostiene que en todo ese tiempo no haya averiguado que está muerto, y que, como todos los fallecidos, acumula bacterias tóxicas».
Lenore no podía negarse que hubiera barajado aquella teoría desde el principio, pues ni siquiera la admiración y el amor podían desvincularla de su mente científica: por supuesto que había considerado que un ser que no estaba vivo pudiera, como tantos cadáveres en descomposición, contagiar enfermedades a quienes les pusieran las manos encima.
El doctor Nightingale había esperado a que cumpliera la mayoría de edad para contarle las anécdotas más truculentas de su profesión.
La que más tiempo había permanecido torturando a Lenore había sido aquella protagonizada por una joven de clase alta que había perdido la vida tras una brevísima enfermedad.
El embalsamador había abusado de su cuerpo post mortem sin saber que estaba enferma de tuberculosis y había terminado reuniéndose con ella en el otro mundo poco tiempo después.
Tocar a los muertos, amar a los muertos y jugar con los muertos era peligroso. E incluso si Dariy hablaba, reía y parecía albergar sentimientos tan humanos y conscientes como la melancolía, seguía estando muerto.
—Pero ¡tú nunca atacaste a mi padre! —exclamó en contra del argumento de Dariy; en contra de sus propios argumentos—. Yo lo habría notado durante los preparativos para el velatorio. Tuvo que ser la continua exposición a tu compañía lo que le hizo enfermar. Tuvo que ser un accidente.
Lamentó alzar la vista en cuanto se enfrentó a una sonrisa a caballo entre la condescendencia y la perplejidad.
De seguro un ser centenario habría olvidado los vicios placenteros pero malsanos de la humanidad, como solo podía serlo engañarse a uno mismo, y no podría entender que ella luchara fervientemente contra los hechos.
—Tu padre, Lenore —le explicó en tono afectuoso. Cubrió su mejilla con la mano—, era el mayor hijo de puta que me he cruzado jamás. Si su contagio hubiera sido fruto de un accidente y no el peso de mi venganza cayendo sobre él, habría pasado el resto de la eternidad reprochándome mi compasión.
Lenore reaccionó como si la hubiera abofeteado.
Aterida y sin sentir el suelo bajo los pies, no pudo ni retroceder un paso ni despreciar su caricia envenenada.
El roce del cuero en la piel sensibilizada de la mejilla era desagradable, como asimismo lo estaba siendo sostener la mirada impía del monstruo que había usurpado el cuerpo de Dariy.
¿O se equivocaba, y lo que tenía ante sí era el único Dariy Vranitsky que había existido nunca?
Recordó su aparición en el cementerio de Kensal Green durante el entierro de su padre, el regalo envenenado de la flor de acónito.
En el momento pensó, manipulada por la subjetividad del amor filial, que tenía prisa por estar en alguna otra parte, pero no arrojó el brote con impaciencia, sino rezumando desdén.
Otro recuerdo más reciente la asaltó, así como la revelación que había estado tratando de ignorar.
Aunque le habría convenido huir antes de que la atacara en todo su monstruoso esplendor, no pudo.
Winthrop le había preguntado qué esperaba y ella había sido sincera al decir que ansiaba la verdad sobre todas las cosas.
Alzó la vista hacia él con el corazón en un puño.
—Cuando me besaste, ¿esperabas que me contagiara y enfermase como lo hizo mi padre, como lo ha hecho Felicity? ¿Pretendías matarme?
Su pregunta la hizo comprender hasta qué punto lo admiraba; lo amaba, incluso. Y es que, aun después de sus terribles confesiones, albergaba la esperanza de que hubiera una humanidad que salvar, un modo de justificar la abominación.
Y le pareció verla, tal era su desesperación. Le pareció intuir en el fondo de sus ojos un destello de indignación, como si no pudiera perdonarle que tachara de perversión el único arrebato pasional que le había sobrepasado en la vida.
Entendió que se había estado engañando al oír su llana respuesta.
—Muerto el perro, no se acaba la rabia. Hay que sacrificar a los cachorros. Por desgracia, ya ves que no he tenido éxito.
Lenore sabía que no era anatómicamente posible, pero por Dios que sintió que el corazón se le necrosaba igual que se marchitaba una flor.
Y, aun así, latió rogándole que se quedara en el sitio y, como una amante despechada, exigiera otro tipo de explicación.
Quería que elaborase un mapa de los lugares en los que se habían encontrado, todo un recorrido por las palabras dichas, para ayudarla a distinguir la verdad de la mentira o, en su defecto, la forzara a las malas a aceptar que nada había sido real.