CAPÍTULO 22
Al amparo de la noche, una iglesia gótica parecía el castillo de un príncipe maldito. Eso fue lo primero que se le ocurrió a Lenore nada más cruzar la cancela de St. Stephen’s, la casa de Dios a la que Theresa la arrastraba cada domingo sin falta para oír la misa.
El edificio debería haber estado cerrado al público a altas horas de la madrugada, pero para alivio de Lenore no hubo que emplear la fuerza o el ejercicio de la llave maestra.
Las puertas de madera de roble cedieron al primer empujón ofreciendo apenas un quejido de resistencia.
Su eco resonó en la inmensidad de la nave central como el gemido de una banshee .
Lenore se adentró en el crucero con cuidado de no hacer ruido, si bien se había informado durante el pasado servicio del paradero del clérigo para precisamente evitar encontronazos no deseados.
Por lo que sabía, el padre Featherington dormía en una casita próxima a la iglesia y no en el edificio en sí mismo.
Descubrió enseguida por qué las puertas estaban abiertas.
El sacristán había dejado a medias los preparativos del funeral que se celebraría a la mañana siguiente.
La elección floral delataba la naturaleza de la ceremonia.
Haber despedido a sus dos padres le había enseñado a descifrar el significado de los lirios y las rosas blancas.
Entre los arreglos más comunes de nomeolvides y amarantos, descubrió un brote de acónito.
Recuerdos vívidos relacionados con la flor la hicieron temblar, pero se forzó a recomponerse. La citación la requería lúcida y segura de sí misma.
Tomó asiento en la banqueta más próxima al altar y entrelazó los dedos para disimular el temblor del que se avergonzaba.
Le constaba que Dariy había recibido su nota porque así se lo había transmitido el mensajero: el señor Vranitsky la había leído delante del muchacho, por lo visto con expresión neutra, y a continuación le había cerrado la puerta en las narices.
Esto no confirmaba su asistencia, claro estaba. Solo le quedaba tener fe.
Lenore había procurado atraerlo con la promesa de un avance en el estudio de su inmortalidad, pero no olvidaba que estaba tratando con una criatura poseedora de un poder que excedía toda lógica.
No le habría extrañado que observando los renglones torcidos de su carta hubiera intuido que algo no marchaba bien.
Ella era de la escuela ateísta, pero con matices de su padre.
No creía en Dios a no ser que su mundo se estuviera derrumbando y tuviese que agotar todos los recursos disponibles para promover un milagro.
O, en su defecto, para que la certeza de hallarse sola en el mundo no la hiciera sucumbir a la desesperación.
Dios no existía a no ser que necesitara compañía.
Solo había visto al doctor Nightingale rezar en dos ocasiones.
La primera fue mientras su madre languidecía en el lecho de muerte.
La segunda tuvo lugar no mucho tiempo después: la noche que Lenore intentó quitarse la vida y a punto estuvo de conseguirlo.
En ambos casos lo había cazado arrodillado con devoción a un lado de la cama, como si no hubiera altar más sagrado que la persona que se amaba.
Con la frente tocaba los nudillos crispados por la tensión.
Repetía incesantemente el padrenuestro, la única oración que conocía.
Viendo que al menos en un caso sus plegarias habían surtido efecto, Lenore había decidido adoptar su fe; una fe dependiente del Apocalipsis, pues la condición de que apareciese era la absoluta devastación.
Esperaba que su propio recital del credo sirviera, si no para ayudarla a transitar una situación tan difícil, al menos para concentrarse en la conversación que estaba al caer.
Le exigiría todas sus fuerzas y determinación.
Lenore se envaró al oír el crujido de la puerta.
El eco de unos pasos ligeros como el viento retumbó entre las paredes, a las que imaginó rebelándose contra la intrusión cerrándose sobre ella.
Ciertamente se sintió de pronto atrapada en una celda de su tamaño.
Le costó llenar de aire los pulmones ahora que sabía que no estaba sola y que Dariy, oponiéndose a las leyendas, había podido entrar en el refugio de los cristianos sin ningún percance.
Resistió el deseo de girarse hacia él.
Por casualidad, su vestido coincidía con el que lució la noche que lo persiguió desde el cementerio hasta el callejón.
Parecía que hubiera transcurrido un siglo de aquel momento, pues desde entonces Lenore se había convertido en la peor pesadilla de su abuelo, en la confidente de una criatura inmortal, en una investigadora médica de pleno derecho y en la sospechosa —o al menos cómplice— de un crimen múltiple.
También se había convertido en huérfana.
La gelidez que precedía al homo immortalis como una escolta de vanguardia la advirtió de su proximidad.
Siguiendo una suerte de protocolo ceremonial, Lenore se levantó a toda prisa y se preparó para que su belleza inhumana le recordara que existían los milagros...
y los castigos divinos. Fijar la mirada en su rostro camuflado entre las sombras le hizo recordar que toda belleza exigía un sacrificio y que a veces ella se sentía el cordero.
Dariy se erigía ante sí como la estatua de una cripta, más alto que un hombre promedio y tan inmóvil como solo podía estarlo una criatura congelada en el tiempo.
Con la capa anudada al cuello, la impecable levita y el sombrero de copa aún calado en la cabeza, presentaba el mismo aspecto que un noble inglés.
Quizá eso la había distraído los últimos tiempos; que más allá de la conmoción que causaba tenía una apariencia humana.
En la mano llevaba una flor de acónito, detalle que no le pasó desapercibido y que comprendió que no era azaroso. Tenía que haberla arrancado de la colección de guirnaldas fúnebres que el sacristán había dispuesto en el altar.
—Llevo días tratando de concertar una cita con usted —fue lo primero que le dijo ella, demasiado inquieta para recuperar el grado de complicidad que establecieron en su pasado encuentro—. Me presenté en su casa en dos ocasiones. No me abrió la puerta.
Dariy levantó la cabeza para que el ala del sombrero no le impidiera mirarla.
—No siempre estoy de humor para recibir visitas.
—¿Tampoco para responder un par de notas? Hasta la fecha le he mandado seis.
—Debería haberse resignado después de la primera. No hay nada que clame tanto al cielo como el silencio.
Lenore tragó saliva y se miró las manos, que permanecían convenientemente entrelazadas para disimular un temblor del que no deseaba hacerle testigo. Aunque no pretendía mantener una conversación cordial, se aclaró la garganta y siguió tanteando.
—¿He hecho algo que le haya disgustado? ¿Hay algún problema?
—Hay un problema, sí —la sorprendió diciendo con frialdad—. Un problema de más o menos mi estatura.
—¿Cómo?
—Ha invitado usted a un célebre cirujano a participar en sus investigaciones, Lenore.
Ella lo miró a la cara con los ojos muy abiertos.
No se le había ocurrido pensar que él lo descubriría. ¿Cómo hacerlo, si se reunían a plena luz del día, cuando él no podía abandonar el refugio del sol?
Y, al mismo tiempo, ¿cómo no lo iba a averiguar?
—El doctor Winthrop desconoce el origen de la muestra —le explicó con una paciencia artificial—, y no puede siquiera sospechar que se trata de usted puesto que nadie sabe que mantenemos un trato regular.
—Creía que se fiaba de su propio criterio; que era una doctora convencida. No habla muy bien de sus capacidades que requiera de una segunda opinión para sacar adelante una teoría.
Ella apretó los labios para reprimir un inoportuno puchero.
—No le necesito por una cuestión intelectual —murmuró débilmente—, sino para los momentos en que la razón me abandona y la claridad se desvanece.
Estamos realizando un estudio simultáneo a la cura de la inmortalidad que guarda relación con la bacteria que contrajo el doctor Nightingale.
Hemos descubierto que una enfermedad infecciosa vaga por Londres y, hasta la fecha, ha matado a mi padre y ha intoxicado a una joven prostituta llamada Felicity.
Resulta que esa bacteria —prosiguió con dificultad, y entonces decidió hablarle sin tapujos— también está presente en tu sangre, Dariy.
Y si el doctor Winthrop no estuviera colaborando en mi empeño, jamás me habría atrevido a vincularte con las víctimas.
Dariy ladeó la cabeza. Con el gesto parecía que se inclinara a escuchar lo que le susurraba el diablo del hombro, pues era una misteriosa diablura lo que hacía brillar sus ojos en la oscuridad.
—¿Qué me quieres decir, Lenore? —inquirió con falsa indulgencia—. ¿Para qué me has traído aquí?
Lenore se tragó las lágrimas que le bloqueaban la garganta.
No podía ni quería aceptar que días atrás hubiera compartido con él la intimidad de una pena existencial, de un pasado trágico, y ahora se trataran como a un par de sospechosos.
Pero lo que la química del laboratorio había revelado no era un descubrimiento menor que se pudiera desoír sin que hubiese consecuencias y era preferible que Lenore sufriera esas consecuencias mucho antes que las futuras víctimas de Dariy.
—¿Eres tú quien contagió a Felicity? —le preguntó sin rodeos.
Ya no le servía tener las manos entrelazadas, puesto que el cuerpo entero le temblaba.
Las escondió entre los pliegues de la falda, a la que se agarró con fuerza—.
¿Eres tú quien ha cometido los asesinatos de Samuel Paulson y Jane Mansfield?
Porque los informes médicos señalan que la sangre de sus cuerpos fue drenada hasta la última gota, y, según la policía, el sello de este nuevo asesino en serie es servirse de un conocimiento médico superior para camuflar sus incisiones...