Immortalis CAPÍTULO 21 #5
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CAPÍTULO 21 #5

En eso andaba pensando, corroído de celos, cuando alertado por una presencia tenebrosa frenó en seco bajo el umbral. Reuben había vivido el tiempo suficiente al amparo de la noche para descifrar ya en una primera instancia un desorden en el ambiente; la alteración de un elemento dispar.

Y no se equivocaba, pero tampoco tuvo tiempo para defenderse de la figura que se abalanzó sobre él.

Con ayuda de la iluminación exterior, percibió que el atacante portaba en su mano derecha un brillo plateado.

Lo asoció a una jeringuilla momentos más tarde, cuando notó que, en vano, intentaba penetrar su brazo herido.

Gracias al cielo —o a Lenore Nightingale—, el cabestrillo se interpuso entre sus dudosos objetivos y la carne.

No pudo evitar, sin embargo, que el desconocido lo placara contra el suelo. Empleó una fuerza desmedida que, aun dentro de su aturdimiento, tachó de sobrehumana.

En casos en los que la vida de uno corría peligro, de poco servía pararse a negociar.

Se palpó los bolsillos del chaleco con la mano libre mientras usaba la dureza del brazo enfermo como protección.

Tuvo que controlar un aullido de dolor al forzar la articulación, pero más le habría dolido que el atacante encontrara la vena: estaba seguro de que la jeringuilla contenía, si no acónito, un veneno lo bastante potente para mandarlo al otro barrio.

Reuben encontró lo que buscaba, la larga y gruesa aguja de metal que cargaba consigo como un talismán.

Se trataba de un accesorio femenino con filigranas plateadas que en otra vida había recogido el más hermoso cabello castaño.

Además de bonito, era práctico: lo empuñó como un punzón e hizo un cálculo veloz de dónde se encontraría el cuello del atacante considerando hacia dónde respiraba, a qué altura zarandeaba la jeringa y por qué parte lo inmovilizaba con las rodillas.

Hundió el extremo punzante en carne blanda y presionó hasta la empuñadura. Habría jurado, por la sensibilidad de la zona y el gorjeo ahogado que emitió el atacante, que le había atravesado la garganta casi de un lateral a otro.

Menos mal que Cecily se pirraba por los adornos decorativos más aparatosos de Bond Street. Con una aguja normal, el contraataque no habría tenido éxito.

Oyó un sonido inhumano, una especie de gemido bestial, y momentos más tarde sintió elevarse el peso de su pecho.

Reuben quiso incorporarse rápido para verle la cara al hombre —porque era un hombre, teniendo en cuenta sus dimensiones—, pero ya estaba huyendo para cuando logró reponerse de la confusión.

Echó todo el peso en el costado sano e hizo acopio de sus fuerzas solo para sentarse en el suelo. Jadeaba con dificultad y sudaba a raudales. Estaba desentrenado, pensó. Hacía tantos años que no trataban de matarlo que ya ni siquiera tomaba precauciones.

—No llegarás muy lejos, bastardo —masculló.

Reparó en que había olvidado la jeringuilla. Alargó la mano y presionó el émbolo con la aguja apuntando hacia la palma. Reconocería el veneno con el olfato, y si no, llevándose la yema del meñique a la punta de la lengua.

Pero nada salió. La jeringuilla estaba vacía.

Reuben alzó la mirada hacia el quicio de la puerta, por donde el misterioso atacante había salido volando. Allí mantuvo la vista, como si así pudiera averiguar sus objetivos.

Lo único que sacó en claro fue que no era un malandrín al uso, como tantos otros con los que se había topado —y hasta entablado amistad— durante su juventud. Ningún ratero del East End sabía que inyectando aire en una vena se causaba la muerte súbita por paro cardíaco.

Inspiró hondo y asintió para sí mismo muy despacio. El movimiento le ayudaba a reflexionar.

Cuando estuvo en condiciones de moverse, se levantó y guardó la jeringuilla en el cajón de donde el atacante la habría tomado prestada.

Sustituyó el arma por otra más contundente y que sabía usar mucho mejor: el garrote que utilizaba para ahuyentar a los ladrones y vagabundos que por las noches se asomaban al hospital en busca de alimento, objetos de valor o una aventurilla que los distrajera para olvidar el hambre.

Se dirigió sin prisa hacia la salida, convencido de que encontraría un cadáver ahogado en sus propios fluidos o, en un caso aún mejor, a un hombre derrumbado y agarrándose el cuello entre toses sanguinolentas.

El único desenlace posible después de atravesar la carótida era la muerte por hemorragia masiva.

Y, sin embargo, no encontró a nadie en el rellano del hospital, a las puertas del mismo o en las proximidades de la calle.

No le quedó otro remedio que bajar el garrote y resignarse a no consumar su venganza. Luego regresó a su despacho y sacó su tabaco parisino del cajón, un lujo que se permitía de vez en cuando. Haber sobrevivido a un intento de asesinato bien valía un cigarrillo.

Lo prendió abstraído en sus pensamientos. El chasquido de la cerilla fue el único sonido que se oyó en toda la clínica, y su rostro sombrío todo cuanto iluminó la llama.

Estaba seguro de tres cosas. Lo primero era que alguien había premeditado su asesinato. Lo segundo, que lo único que merecería que lo asesinaran sería que salieran a la luz sus últimos descubrimientos.

Y, por último, que quienquiera que lo hubiese atacado no era mortal.