Immortalis CAPÍTULO 21 #4
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CAPÍTULO 21 #4

—Hemos observado que los bacilos del sujeto A son indestructibles y que, además de en su sangre, están presentes en su piel y en su saliva, casi como si fueran las células que componen su sistema y no un agente externo que trunca su salud.

En el remoto caso de que esas misteriosas bacterias fueran lo que le hacía seguir respirando, incluso si fuese en un estado que no es ni vivo ni muerto —prosiguió, vacilante—, ¿encontrar la manera de matarlas no supondría asimismo la defunción del sujeto?

No la muerte de quienes porten el virus, como es el caso de Felicity, sino del sujeto que lo generó en un inicio de forma natural.

Reuben dejó correr un silencio incómodo.

—No entiendo lo que quiere decir, señorita.

Si no me equivoco, al decir que «seguiría respirando en un estado que no es ni vivo ni muerto», está sugiriendo que el sujeto A no es humano, y esa no es una teoría que se sostenga sobre las bases de la anatomía tal y como la conocemos.

Ni sobre las bases del sentido común, si a esas vamos.

—Tiene razón —se apresuró a decir, y enseguida esbozó una sonrisa temblorosa. Tenía los ojos vidriosos—. Supongo que he leído demasiados penny dreadfuls y me atrae la idea de combinar la ciencia exacta de la medicina con las infinitas posibilidades del folclore.

Reuben seguía mirándola de hito en hito.

No pasaba por alto que Lenore había realizado su pregunta con el corazón en un puño, y eso, sumado al secretismo que giraba en torno a su investigación, confirmaba que el estudio era un asunto muy personal para ella.

Intuía, no obstante, que por personal que fuese era un problema de gran magnitud e interés general.

—No diría que la medicina sea una ciencia exacta. He observado milagros inexplicables a lo largo de mi carrera profesional. Pero lo que todavía no he visto, señorita —añadió—, es un hombre inmortal.

—Yo tampoco lo he visto —reconoció. Le extrañó que sonara tan sincera y no incrédula o divertida, como si toparse o no con un hombre inmortal fuera una posibilidad perfectamente plausible.

Un rato más tarde, Lenore y Reuben descendían la escalera principal con destino a sus obligaciones.

No les convenía atraer miradas indiscretas sobre su asociación, y cumplir con esta medida prudente exigía respetar el toque de queda de la señorita Nightingale, que debía regresar a Hampstead Heath antes de la hora de cenar.

Reuben, en cambio, no tenía que estar nunca en ninguna parte, pues no le esperaban ni familiares ni amigos, pero podía figurarse cómo reaccionaría la joven si insinuaba que se quedaría trabajando en la muestra un rato más.

No la imaginaba celando a un amante, pero sí a los avances que su compañero de laboratorio pudiera observar en su ausencia.

Reuben le ofreció la mano sana para ayudarla a subir al carruaje. Ella la aceptó a pesar de no llevar guantes y lo miró de soslayo, muy consciente del mutuo atrevimiento, pero distante a su significación.

Porque no la había. No había ningún propósito oculto detrás de su asociación.

Suponía un alivio para ambos.

—Nos veremos pronto, doctor. Intente no dormir apoyado en el lado izquierdo.

—Y usted procure hacerlo con un ojo abierto si pretende seguir con esa actitud insolente.

Le pareció apreciar su sonrisa a través de la ventanilla. No insistió en confirmarlo. Se apartó de la calzada y esperó a que el carruaje se pusiera en marcha para calarse el sombrero de fieltro con cansancio y emprender su camino.

Gulliver tomó una muy buena decisión mudándose a la misma calle del hospital. Claro que le sirvió de poco en su silenciosa competición contra Reuben, quien aun durmiendo en una modesta pensión de Covent Garden se las arreglaba para estar allí antes de que saliera el sol.

Se le escapó una sonrisa aquejada de cariño pensando en el difunto, sonrisa que convenientemente ocultaron las sombras de la noche y la que proyectó su sombrero cuando agachó la cabeza. Manteniendo aún la imagen risueña del doctor en el pensamiento, alzó la vista al cielo y contempló las estrellas.

«Fue divertido, compañero —pensó—. Ahora veo lo que pretendías al entregarme las llaves de tu laboratorio: legarme la sabiduría de tu hija, que no es sino una extensión de ti.»

Los regalos envenenados eran muy propios de Gulliver. Así, y con todo, ambos se habían entendido a la perfección mientras duró su compleja relación amor-odio.

Llegó a las puertas de su reino minutos más tarde, con la luna vigilante sobre la cabeza y una extraña agitación en el cuerpo.

Lo que había descubierto junto a Lenore no era asunto menor, y convenía que se sentara con sus notas en el regazo hasta llegar al fondo de la cuestión.

La muchacha tenía suerte de que a Reuben no le tentara compartir sus teorías, así como el resultado de sus estudios menores, con los pseudointelectuales del círculo científico.

De lo contrario, ni una promesa de sangre la habría salvado de su deslealtad.

Reuben era un perro traicionero y estaba muy orgulloso de ello.

A esas horas de la madrugada solo estaban prendidas las lamparillas de gas justas para que los visitantes tardíos como él no sufrieran un percance orientándose entre pabellones.

Reuben se conocía los pasillos del hospital de Great Ormond Street como las líneas de su mano, si no mejor, y pudo realizar el recorrido de cada noche al tiempo que se quitaba el abrigo y el sombrero.

Los depositó donde le constaba que esperaba el perchero y se dirigió a su despacho, el único espacio privado reservado a un especialista del que disponía el edificio.

Junto con el que ocupó Gulliver, por supuesto. Él no podía ser menos.

La diferencia era que Reuben se había ganado el privilegio por méritos propios, mientras que el doctor Nightingale había podido colgar una placa con su nombre un par de años antes gracias a una generosa donación de su bolsillo.

Cuando Gulliver no podía alcanzar un logro por medio de su talento, no le importaba sacar el talonario. Lo importante era, más que nada, salirse con la suya.