CAPÍTULO 21 #3
Sacudió la cabeza y se adhirió a las prioridades de Lenore, que en el fondo eran idénticas a las suyas.
Él tampoco tenía tiempo para absurdos enamoramientos, y si el amor era una ciencia, por descontado pertenecía a una rama que escapaba a su interés y comprensión.
Mejor centrarse en las materias que prometían la rigurosidad de los valores numéricos y, sobre todo, una maldita solución.
—Por cierto —retomó en otro tono. Se llevó la mano sana al bolsillo y extrajo la nota que Blythe había firmado hacía unas horas—.
Había olvidado informarla de que nuestro amigo químico ha destapado el pastel.
El señor Paulson murió envenenado por aconitina, el compuesto letal de la raíz de la flor de monje.
Un clásico en criminalística por ser un asesino silencioso y accesible por cortesía de los herbolarios —suspiró, aburrido, y se abanicó con el papel antes de tendérselo a la ceñuda Lenore—.
No me extraña que Paulson no se percatara de la disolución en el whisky.
Es inoloro, incoloro y no tiene un sabor característico.
Ella moderó una sonrisa del todo inapropiada considerando el tema de conversación.
—Suena como si lo consumiera a diario con el café, doctor.
—Lo he tomado en pequeñas dosis para inducir el sueño. Es un excelente sedante. Sobre todo cuando a uno le mantiene despierto el inefable dolor de una fisura ósea —añadió con intención.
—Algunos hombres deberían estar obligados a alistarse en el ejército para poner en perspectiva sus padecimientos cotidianos —insinuó Lenore con gesto pensativo.
Seguía con la mirada los renglones breves pero informativos del químico—.
Pobre señor Paulson. Tuvo una muerte lenta y angustiosa.
Debió sufrir muchísimo..., ¿me equivoco?
Según sé, uno permanece consciente pero paralizado hasta que el ataque cardíaco le fulmina.
¿Es así como murió también Jane Mansfield, doctor?
—Jane Mansfield murió asfixiada, pero por la sonrisa pintada en su cara se sospecha que no fue un estrangulamiento violento, sino un juego erótico consensuado.
Lenore alzó la mirada hacia él, contrariada.
—¿Un juego erótico consensuado?
Reuben se encogió de hombros.
—Hay amantes que entienden el sexo como el límite en el que se encuentran el dolor y el placer —hizo una pausa—, pero seguro que no desea que continuemos la conversación por ahí.
—No, gracias —respondió, de pronto crispada.
Plantó la nota sobre la mesa con impaciencia y se giró para que no fuera visible su sonrojo.
Reuben se quedó mirando el atisbo de rubor con un ligero asombro. No había esperado que la señorita Nightingale, entre todas las mujeres, sufriera arranques de mojigatería.
Claro que, como tantas otras cosas relativas a ella, no era de su incumbencia.
Se desentendió del descubrimiento volviendo a su labor: el cultivo de la bacteria que había nadado en el esputo de Felicity.
Mezcló la carne de res ya hervida y filtrada con la gelatina y suspiró porque tuviera que esperar a su solidificación.
Si hubiera tenido a mano agar-agar, un extracto de algas marinas que los grandes científicos exportaban de Japón para sus estudios, el proceso habría sido algo más inmediato.
En tanto que ocurría el cambio de estado, se asomó sobre el hombro de Lenore para vigilar que realizaba la tinción de manera competente.
Exceptuando pacientes que, por razones obvias, debían renunciar a todo decoro, nunca había visto a una señorita sin guantes.
Le resultó hipnotizador el temeroso cuidado con el que Lenore fue preparando el frotis, extendiendo una cantidad razonable de la muestra en el portaobjetos de vidrio, pasando la llama del mechero por debajo y, a continuación, cubriéndola con el cristal donde el colorante ya había adquirido una intensa tonalidad púrpura.
Aunque reproducía los pasos del experimento de Gram muy despacio, no por eso parecía insegura.
No le temblaban las manos y ni necesitó preguntarle qué seguía a continuación ni mucho menos esperó su aprobación.
No le habría pesado esto segundo. Habría sido de justicia poética que la hija de Gulliver Nightingale lo admirase y ansiara desesperadamente su reconocimiento.
—¿Podría no acercarse tanto? —le ladró ella entre dientes—. Le aseguro que no es mi intención prenderle fuego al laboratorio de mi padre.
—¿Ni siquiera estando yo dentro?
—Usted no vale ni la mitad que este microscopio óptico.
—En eso estamos los dos de acuerdo.
Reuben y el morboso placer de provocarla desaparecieron por completo de escena en cuanto transcurrió el minuto de rigor: entonces, Lenore enjuagó la placa con agua y confirmó que el experimento estaba siguiendo el curso estipulado.
Añadió la solución de yodo que fijaría el colorante en la bacteria y esperó otros sesenta segundos en silencio.
Estaba buscando el alcohol etílico cuando Reuben se lo ofreció. Ella le dio las gracias con la misma frialdad que su padre, que solía entrar en un estado de concentración similar durante sus estudios, y aguardó a la separación con el aliento contenido.
La conclusión esperable del experimento era la siguiente: o bien la bacteria retenía el color violeta, lo que significaba que poseía una pared celular gruesa de peptidoglicano, o bien la bacteria se deshacía con el alcohol, lo que determinaría que tenía una membrana externa.
En el primer caso estarían descartando la Salmonella y la Escherichia coli .
En el segundo, podrían tachar de sus anotaciones el Staphylococcus aureus y el ántrax, entre otras.
El problema fue que el resultado de la tinción no fue concluyente en este aspecto.
Reuben tuvo que inclinarse más sobre el microscopio para asegurarse de que no estaba soñando.
La estructura no había retenido el colorante ni antes ni después de su disolución en alcohol y habían aparecido formas filamentosas móviles, señal de que seguían vivas a pesar del tratamiento hostil que Lenore le había brindado.
—¿Qué diablos es esto? —farfulló Reuben.
Buscó en el perfil de la muchacha la conclusión a la que habría llegado él solo si ella no le hubiese iluminado con un adelanto:
—Esto es, doctor, el mismo tipo de bacilo resistente que observamos en la muestra de sangre del otro día. Cabe concluir, pues, que la víctima de la que extraje los fluidos falleció a causa de la misma y misteriosa enfermedad. Ninguna que se conozca aún.
—¿Podría haber sido el sujeto A el portador original de la bacteria?
—Viendo que ella permanecía obstinadamente callada, Reuben trató, casi por primera vez en su vida, de ser conciliador—.
Sé que quiere proteger la identidad de su víctima, señorita, pero le recuerdo que el fulano ya no está en este mundo.
Ni se va a enterar de que andamos criticando su falta de higiene sanguínea, ni le va a importar que divulgue sus secretos.
Con su silencio le está haciendo un flaco favor a nuestra investigación y pone en peligro la salud de los cinco millones de habitantes de la ciudad.
Dígame, al menos, si era alguien que pudiera haber estado en contacto con los burdeles de Whitechapel para aislar del contagio a...
—Sí.
Reuben levantó las cejas, de nuevo atizado por la curiosidad.
¿Sería posible que Lenore Nightingale se hubiera movido por los barrios más peligrosos de Londres y de allí mismo, de un cadáver anónimo y olvidado sobre carne pasada y orín, hubiera extraído su muestra?
¿Era el fallecido ese hombre del que se había enamorado y que pese a su ausencia parecía a punto de causar en la Policía Metropolitana una segunda guerra troyana?
Reuben se rio con amargura para sus adentros, avergonzado de su propia ingenuidad.
¿Qué importaría que el amado de Lenore ya no viviera?
Eso no le impedía seguir siendo la competencia directa del inspector Whishaw.
Es más: que el recuerdo del fallecido, así como su condición inalcanzable, pesaran más que el corazón aún latente del pretendiente vivo advertía de que el inspector adjunto no tenía una sola oportunidad.
Eso bien lo sabía Reuben, al que ninguna mujer con un pálpito vital había conseguido inspirar ni la mitad que la que había perdido.
—¿Qué experimento ha realizado usted? —cambió ella de tema.
Sospechoso también, pero lo dejó estar en beneficio del estudio.
A fin de cuentas, Reuben Winthrop era médico, no inspector.
Con un ademán galante que en él parecía sarcástico, la invitó a desplazarse hacia su espacio de trabajo. Ambos comprobaron que la gelatina se había solidificado. No tuvo que explicarle a Lenore lo que esto significaba. Huelga decir que también había experimentado con caldo de res.
—Ha comenzado el cultivo de las bacterias —señaló ella con un murmullo pensativo—. Supongo que cuando hayan terminado de incubar en el horno empezará a experimentar con sustancias tóxicas para averiguar qué puede matarlas.
—Así es. Al final, estamos buscando una cura, ¿no?
Lenore asintió con aire abstraído. Unos instantes después, se estaba apartando para observar cómo Reuben inoculaba la gelatina solidificada con la muestra de esputo.
Dejarían el cultivo en un lugar cálido entre uno y tres días, lo que habitualmente demoraba en proliferar una colonia bacteriana.
Entonces daría comienzo la segunda parte del estudio.
—Reuben —lo llamó Lenore en voz baja.
Él levantó la cabeza. Procuró disimular su sorpresa ante el exceso de confianza y el acceso de emoción que hacía temblar sus manos.
—¿Sí?
Cayó en la cuenta de que la muchacha llevaba un buen rato sin mirarlo a los ojos.
Lenore se rascó el codo y un punto detrás del lóbulo de la oreja, no supo si solo reflexiva o vulnerable.